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22/06/2019 09:35 CEST | Actualizado 22/06/2019 09:35 CEST

Mi marido y yo dejamos a nuestra pareja para estar juntos. Esto es lo que he aprendido del amor

Mi familia ha acogido a Paul y a sus hijos con los brazos abiertos, aunque su familia me sigue considerando una furcia.

Ruby McConnell

Paul y yo fuimos amigos durante 16 años antes de descubrir que estábamos enamorados. Cuando nos dimos cuenta, tardamos menos de una semana en tomar la decisión de dejar a nuestra respectiva pareja para estar juntos.

Pero no es tan simple como suena. Voy a explicarlo.

Para empezar, no éramos amigos en el sentido tradicional de la palabra. En realidad, apenas nos conocíamos. Nuestra amistad se limitaba a los confines de una hamburguesería en la que ambos habíamos trabajado en el Oregon Country Fair, un festival de verano que dura tres días.

Cada julio, el Oregon Country Fair (o simplemente la Feria, para la familia de más de 20.000 miembros que lo han sacado adelante durante los últimos 50 años) convierte temporalmente varios cientos de hectáreas de praderas y robledos en la tercera ciudad más grande de Oregón. Para quienes no lo conocen, la Feria es un festival de música y arte inspirado en los cuentos de Ken Kesey y en la primera época de la banda Grateful Dead. A primera vista, es el predecesor del Burning Man, un evento de siete días lleno de hippies en un ambiente psicodélico. Profundizando un poco más, la Feria es un lugar al que la gente acude en busca de algo nuevo en sus vidas, algo trascendental o algo que los saque de la complacencia de su día a día, aunque sea simplemente pasar un buen rato.

Con tanto trabajo y con la constante rotación de personal, hasta pasados tres años no logramos recordar nuestros nombres.

Paul y yo estábamos relativamente al margen de la fiesta y éramos dos abejas obreras que manteníamos el panal en funcionamiento. Ambos llegamos a esa situación siendo adolescentes a través de la enorme y compleja red de empresas sumergidas y círculos sociales mantienen en marcha la Feria. Nos conocimos porque éramos madrugadores por naturaleza, algo difícil de ver en los festivales. Yo trabajaba en el turno de los desayunos cortando patatas en el puesto de comida y Paul se sentaba sobre una nevera cercana para tomarse el café y hablar con otras personas. Unas horas después, él manejaba la parrilla y cocinaba hamburguesas en pleno calor de verano para la muchedumbre de hippies hambrientos y otras personas que venían a observarlos. Aunque la cercanía implicaba que nos llevábamos bien, con tanto trabajo y con la constante rotación de personal, hasta pasados tres años no logramos recordar nuestros nombres.

Al final, sin embargo, lo hicimos.

Cuando por fin nos enamoramos, estaba sentada cortando patatas sobre una mesa e intercambiamos una mirada que mantuvimos un buen rato hasta que un adolescente atravesó la cocina y la interrumpió. A día de hoy, sigo sin saber qué provocó esa mirada, pero sí recuerdo que Paul se sorprendió tanto que casi se le cae el café y que yo tuve que llevarme la mano a la garganta, que se me había sonrojado tanto que quemaba al tocarla. Uno de los dos dijo algo de traicionar nuestra buena imagen. Una idea gestada muy dentro de mi corazón llegó a mi cabeza: Igual es Paul. Igual después de toda una vida intentándolo con otras personas, el elegido era alguien que había estado delante de mis narices durante años. Igual era Paul.

Continuamos nuestras labores (patatas y hamburguesas), pero había sido un descubrimiento devastador. A esas alturas de nuestra vida, ambos teníamos pareja, teníamos treintaipico años, unos trabajos reales y grandes compromisos. Ninguno de los dos era feliz y, para complicar más las cosas, él tenía hijos.

Después de esa semana, cuando su esposa y sus hijos se fueron de vacaciones para visitar a unos familiares durante el resto del verano, me invitó a comer a un campo de arándanos que había en una propiedad rural cerca de su casa. Era la primera vez que nos veíamos fuera de la Feria.

A esas alturas de nuestra vida, ambos teníamos pareja, ninguno de los dos era feliz y, para complicar más las cosas, él tenía hijos.

Durante el transcurso de los siguientes días, abrimos nuestro corazón. Descubrimos que éramos dos adultos ambiciosos a punto de emprender nuevas aventuras (yo estaba a punto de publicar mi primer libro y él estaba poniendo en marcha una empresa) y que nos sentíamos atados por parejas que no nos apoyaban, por amigos tóxicos y por un abrumador sentido de la responsabilidad de cómo “debíamos” vivir. Notábamos tan claramente que teníamos que estar juntos que nos resultaba doloroso separarnos. Aunque habíamos pasado bastante tiempo juntos a lo largo de los años en la Feria, sabíamos muy poco el uno del otro. Parecía una locura pensar que pudiéramos estar enamorados de un modo real o duradero, pero al estar con él, todo iba bien, como si hubiera estado a mi lado todo este tiempo.

Esa misma semana, la primera noche que pasamos juntos, nos quedamos dormidos con la cabeza apoyada la una en la otra y nos despertamos ocho horas después sin habernos movido. Las horas pasaban mientras permanecíamos en silencio viendo cómo la Luna cruzaba el firmamento. Esto no era algo que pudiéramos ignorar. Conscientes de que no podríamos hacer frente a una vida de engaños, de que la verdad siempre es mejor que la ficción y de que los padres infelices crían hijos infelices, asumimos que necesitábamos dar el salto. Y rápido.

A lo largo de las siguientes cuatro semanas, conforme decidíamos qué hacer, mi mente y mi consciencia me hablaban a gritos. ¡Los hombres casados nunca dejan a su esposa!, oía que me decían mis amigos (y la mayoría de las películas que veía) en mi cabeza, sobre todo si se trataba de padres muy implicados en sus hijos, como era el caso. El mensaje que me dieron los pocos amigos a los que les conté mi situación fue unánime: yo podía salir de mi relación si quería, pero Paul no lo iba a hacer. Aun así, eso fue justo lo que hice. Hice las maletas mientras mi entonces pareja con tendencia a cabrearse estaba fuera de la ciudad “con los colegas”. Nos cruzamos de casualidad y apenas nos dirigimos unas palabras. Treinta minutos después de salir de la casa, recibí un mensaje predeciblemente inexpresivo de mi nuevo ex: “Supongo que eso ha sido todo”. No volvió a hablarme directamente, y su rechazo casi absoluto a comprometerse fue la única prueba que necesité para saber que irme era la decisión correcta.

Hice las maletas mientras mi entonces pareja con tendencia a cabrearse estaba fuera de la ciudad “con los colegas”.

Con las voces de mis amigos aún resonando en mi mente, me encerré en el dormitorio para invitados de un amigo y me quedé esperando a que Paul hiciera acopio de coraje.

Unos días después, ahí estaba conmigo en esa habitación diminuta. Le había dado la noticia a su esposa en cuanto llegó de las vacaciones. Su mujer le obligó a decírselo a sus hijos menos de un día después con la esperanza de que la culpa fuera demasiado para él y cambiara de opinión. Después de hablar con ellos y de que ella siguiera sin aceptar que se había terminado, Paul dio un paso más y le dijo que lo nuestro no era un rollo ni una aventura, que pretendía estar conmigo el resto de sus días. Quince horas después, metió toda su vida en la camioneta del trabajo, les dio un beso a sus hijos, les prometió volver a por ellos y dejó atrás toda la vida que había conocido hasta entonces.

La primera etapa fue brutal. Las críticas llegaron a coro por parte de personas que nos sermoneaban diciendo que aunque comprendían que no fuéramos felices en nuestras relaciones, la que acabábamos de empezar estaba sentenciada. Habían visto con sus propios ojos nuestro sufrimiento y nuestros problemas para lograr que funcionara nuestra relación previa, pero al parecer no teníamos permiso para hacer esto. Lo decían en serio, pese a los errores que hubieran cometido ellos mismos en su vida en contra de sus palabras, y lo plantaban como si volver con nuestra pareja fuera una opción a esas alturas.

Las críticas, sin embargo, fueron la menor de nuestras preocupaciones. Estábamos enredados en la infernal batalla legal entre Paul y su ex. Al mismo tiempo, intentábamos ingeniarnos el modo de empezar una nueva vida juntos lidiando con la falta de tiempo y atención que tantas ganas teníamos de dedicar a sus hijos.

Paul les dio un beso a sus hijos, les prometió volver a por ellos y dejó atrás toda la vida que había conocido hasta entonces.

Pese a todo esto, éramos felices. Hubo baches, por supuesto. También tuvimos la fortuna de que apenas un par de semanas después de acabar en la casa de nuestro amigo pudimos mudarnos a una casa que tenía Paul en propiedad, cuando el inquilino decidió marcharse por sorpresa. Pero la brusquedad de la situación, junto con los predecibles conflictos abiertos con nuestra respectiva expareja, implicó que tuvimos que dejar atrás muchas de nuestras posesiones (y algunas amistades). No teníamos ollas, sartenes ni mesa en la cocina y el inquilino anterior había dejado varios agujeros enormes en las paredes del dormitorio. Teníamos nuevos caminos para ir al trabajo, nuevos vecinos, nuevos bancos, nuevos supermercados y poco dinero.

La vida fue tan caótica durante las primeras semanas viviendo juntos que un día me perdí y tuve que recorrer el barrio entero porque no estaba segura de cuál era mi calle. También tuvimos que aprender pequeños detalles el uno del otro, como cuándo preferíamos cenar (pronto), qué clase de películas nos gustaba ver (ninguna, preferimos leer) y qué hacíamos los domingos por la mañana (salir a pasear). Estuvimos meses turnándonos hasta que supimos qué lado de la cama preferíamos para dormir. Lo que más nos sorprendió fue lo poco que importan estos detalles cuando sabes que estás con la persona adecuada.

Nos casamos un año después de aquella mirada larga y encendida que intercambiamos en el puesto de comida en el que tantas veces habíamos estado en el Oregon Country Fair. Trabajamos un año más en la Feria, satisfechos porque por fin habíamos encontrado lo que llevábamos años buscando.

Este año vamos a celebrar nuestro cuarto aniversario, que nos parece una vida entera y, al mismo tiempo, un chispazo. Este es el primer año que estamos libres de disputas legales y que hemos recuperado la estabilidad financiera, problemas que al principio provocaban tensiones y discusiones entre nosotros.

La casa ya está reparada, pero necesitará una mano de pintura cuando termine de pasar la tormenta. El año pasado cultivamos suficientes frutas y verduras en nuestro jardín para superar el invierno, ahora por fin nos llevamos bien con los vecinos y conocemos las tiendas locales de comida. Ya no me pierdo de camino a casa. A ninguno de los dos nos gusta mucho socializar, pero tenemos un pequeño grupo de amigos que nos apoyaron, además de los que nos hemos encontrado por el camino. No hemos echado de menos a los amigos que perdimos, que no fueron muchos. Mis padres y demás familiares han acogido a Paul y a sus hijos con los brazos abiertos, mientras que su familia me sigue considerando una furcia. No hemos ganado todas las batallas.

La felicidad, tal y como hemos aprendido, lo cambia todo, aunque para llegar a ella a veces sea necesario perderlo todo primero.

Tenemos un matrimonio feliz. Dimos un volantazo a nuestra trayectoria profesional poco después de casarnos. Convertirnos en autónomos facilitó el ensamblaje de nuestra nueva vida. Viajamos un montón durante los dos primeros años (viajes por carretera, acampadas y la gira promocional de mi primer libro) lo que nos ayudó a conocernos mejor y a aprender de las experiencias mutuas.

Lo más complicado está siendo integrar a los niños, que aún sufren un choque cultural cuando llegan a una casa sin apenas pantallas y donde se come lo que ellos tachan de “comida de hippies mayores”, aunque se la zampen bien a gusto. Pero al final, nos hemos convertido en una familia. Los fines de semana por las mañanas vamos al parque y por las noches leemos un libro en voz alta (estamos ahora con uno de Laura Ingalls Wilder). Tienen amigos en el barrio, muchos de los cuales también son de familias recompuestas o viven entre dos familias.

El tiempo nos ha aportado perspectiva. La felicidad, tal y como hemos aprendido, lo cambia todo, aunque para llegar a ella a veces sea necesario perderlo todo primero. El amor, especialmente cuando se da en etapas avanzadas de la vida, deja espacio para la adaptación, para empezar una vida con un propósito, para una amistad e igualdad en la pareja que muchas veces no se da en las relaciones surgidas por el deseo o condicionadas por las expectativas de cómo debería ser. Esta relación no basa su desarrollo en las emociones fuertes. Es una clase de satisfacción silenciosa en la que ambos miembros se encuentran en paz el uno con el otro. Por eso es posible mantener y expandir la relación lo suficiente como para abarcar a unos niños que, en sus propias palabras, han visto lo infeliz que eran sus padres juntos y lo feliz que es ahora su padre conmigo, de modo que lo asumen con calma.

Aún no sé bien qué sucedió aquel día en la mesa de cortar las patatas, pero estoy segura de que no haría las cosas de otro modo si pudiera volver atrás. ¿Y esas parejas que llevan mil años casados? Tienen razón, cuando encuentras a la persona adecuada, lo sabes. Años después, Paul y yo seguimos unidos y confiamos en que sabemos quiénes somos como individuos y como pareja. Hicimos lo correcto, sé que puedo ser valiente y que él siempre estará a mi lado.

 

Ruby McConnell es escritora, geóloga y defensora del medio ambiente. Su trabajo se centra en la intersección entre el paisaje natural y la experiencia humana. Ha escrito ‘A Woman’s Guide to the Wild y ‘A Girl’s Guide to the Wild. Siempre la encontrarás en algún bosque. Si quieres saber más de su trabajo, puedes visitar su Instagram y su Twitter.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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