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24/12/2019 06:06 CET | Actualizado 24/12/2019 06:06 CET

Navidades "güi güel raquich"

Estas fiestas, de alguna retorcida manera, se parecen a mí.

Me encanta la Navidad, no puedo evitarlo. Me gusta a pesar de que las mías nunca sean perfectas, en ellas siempre falle todo y cada año espere al siguiente para encajar en el ideal de lo que son, o deberían ser, estas fiestas.

La Navidad me engatusa porque es caótica; no importa lo ordenada que yo sea, lo bien que la organice, lo planificada que la tenga. Siempre hay mudanzas, contratiempos y malentendidos; es imposible que no aparezca un inconveniente, un aprieto, un imprevisto muy superior a los habituales.

Cada año proyecto la Navidad con meses de antelación, e instauro los pasos a seguir para que, alguna vez, todo salga como espero: encontrar muérdago, comprar el calendario de Adviento, elegir los regalos. A pesar de ello, nunca lo consigo. Lo peor es que el desengaño navideño me empuja al existencialismo, a pensar en Albert Camus y en su ensayo El mito de Sísifo, en el que narraba cómo el pobre Sísifo era feliz a pesar de su bagaje inútil. El peñasco nunca llegará a la cima y, de llegar, caerá montaña abajo de inmediato. 

Cada temporada sucede lo mismo, la expectativa de una Navidad digna de una tv movie me obliga a redoblar esfuerzos para que, al año siguiente, sí tengan buena resolución, lo cual me empuja a seguir planificando, pensando y aspirando sine die a una Navidad ideal. Como Harrods, dentro de poco mi campaña comenzará en agosto.

Las fiestas de Navidad, de alguna retorcida manera, se parecen a mí. Aunque soy organizada hasta la extenuación, siempre pululo a expensas del arbitrio del destino. Soy la chica que se enamora de su compañero el último día de clase; la amiga que acude a una cita con una pashmina sintética que le deja el pelo como a Cameron Diaz en Algo pasa con Mary. Soy la Frances Ha de las clases de ballet; la Fleabag de las reuniones y, sobre todo, la Lucille Ball de las fiestas familiares.

Desde hace años recomiendo I love Lucy y nunca me canso de hacerlo. Y es que Lucille Ball es un desastre porque no tiene más remedio. Al contrario que Bridget Jones o que Kristen Wiig en La boda de mi mejor amiga, Lucille Ball sí intenta llegar a todo, pero le es imposible.

En estos días de frío y ventisca, he podido revisar una película paradigmática de Ball llamada Yours, Mine and Ours (1968, Melville Shavelson). Esta cinta, antecesora de La tribu de los Brady y basada en la novela autobiográfica de Helen Beardsley, Who Gets the Drumstick?, narra las peripecias de una mujer viuda (Ball), madre de ocho hijos, quien conoce a otro viudo (Henry Fonda) cuya troupe filial asciende a la decena. Ella es enfermera y él oficial del ejército y, aunque saben que juntos su vida será un desbarajuste, deciden embarcarse en un matrimonio que augura un auténtico fracaso.

Y sí, efectivamente, la unión deviene desconcierto, frustración y, cómo no, apelotonamiento; pero las primeras navidades que viven juntos obran el milagro: un nuevo niño llega al hogar y todos se convierten en una auténtica familia.

Aunque las resoluciones en el cine tienden al happy ending y resuelven la necesidad psicológica humana de que todo, tarde o temprano, vaya a acabar bien, no deja de ser cierto que la vida, a pesar de las circunstancias, siempre puede tomar otro viraje. 

Es muy probable que, en lugar de tener una Navidad de película, vengan unas fiestas plagadas de imprevistos. Pero eso ya no es excusa, habrá que disfrutarlas.

Hace unos días, sucumbiendo como todos a la vorágine del consumismo que sostiene nuestro sistema, me abstraje por un momento observando el árbol de Navidad de un centro comercial. Sus dimensiones eran épicas y su cadena de luces led podría iluminar toda la Tierra Media. A sus pies descansaban decenas de regalos, vacíos por lo que intuyo, y otros tantos niños los rodeaban mientras jugaban y corrían absorbidos por el entusiasmo. 

De repente, dos hermanos, de unos ocho y diez años, se pusieron a cantar. De primeras, me sorprendió la canción elegida, pero en un segundo estadio, lo que me llamó la atención fue su letra: “Güi, güel, güi, güel ¡raquich!”. Volví a escucharlo para cerciorarme: “Güi, güel, güi, güel ¡raquich!”, repetían.

No sé por qué un par de niños se sintieron inspirados por la Navidad para cantar, ahora sí, el “We will rock you” de Queen, pero escuchándolos entendí que también ellos vivían unas Navidades parecidas a las mías. 

Porque sí, es muy probable que, en lugar de tener una Navidad de película, vengan unas fiestas plagadas de imprevistos. Pero eso ya no es excusa, habrá que disfrutarlas. Y si no, siempre nos quedará recurrir a un árbol cualquiera (un ficus, un limonero o un granado, lo mismo da) al que cantar “güi güel raquich” con todo nuestro fervor. 

Y es que no es necesario que el tono, la letra ni la canción sean perfectas, solo tienen que responder a nuestra propia pulsión. Felices fiestas. 

 

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