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Por qué no debes demonizar tu estrés

Estas son las cinco principales nuevas fuentes de estrés en el mundo contemporáneo.

Todos sabemos lo que es el estrés. “No me estreses”, me dicen mis hijos adolescentes. “Las vacaciones son para desestresarse”, dicen otros. “Hay que eliminar el estrés para tener una vida larga”, dicen los médicos.

Decimos que estamos estresados cuando nos sentimos agobiados, cuando no somos capaces de interactuar con nuestro entorno y responder como se espera de nosotros. Una importante carga de trabajo, una situación compleja, una larga espera, pueden originar estrés.

El estrés es la respuesta que ofrece nuestro organismo ante situaciones en las que se ve amenazado, como una señal de alarma que nos anima a ponernos en marcha. Es lo que se llama una respuesta adaptativa, es decir, nos ayuda a sobrevivir, a nosotros y a todos los animales con quienes compartimos esta antigua reacción.

El estrés se manifiesta en el organismo en tres niveles:

  • Fisiológico: Se acelera el ritmo y la presión cardíaca, se dilatan las pupilas, aumenta el ritmo de la respiración, sudan las manos, etc.
  • Cognitivo: El cerebro se para y se concentra en la amenaza. El oído se vuelve más sensible y la vista se agudiza.
  • Motor: Los músculos se tensan y nos animan a movernos, a salir corriendo, a empuñar un arma. Nos agitamos.

Esta respuesta puede marcar la diferencia entre vivir y morir en la selva. Pero ¿y en la ciudad?

Naturalmente los riesgos a los que nos enfrentamos hoy en día nada tienen que ver con los de antes y, sin embargo, mantenemos el mismo modo de reaccionar. En lugar de eliminar la respuesta del organismo a la amenaza que ya no existe, hemos desplazado el elemento que la origina, y el dientes de sable ahora es nuestro jefe, la sequía el desempleo y la epidemia el desamor.

Una de las consecuencias de responder a las amenazas de hoy en día con los mismos mecanismos de hace milenios, es que el estrés puede llegar a desbordarnos; lo que ocurre cuando el malestar sigue presente ya sin amenaza o cuando es desproporcionado para la importancia real de lo que ocurre.

“Al estrés no hay que demonizarlo. En ciertas circunstancias puede ser un gran aliado, pero debemos aprender a controlarlo.”

Las fuentes de estrés van variando con el tiempo, pero no nuestra respuesta. Hoy no tenemos miedo a que una tribu bárbara entre en nuestro barrio a hacer tropelías, o a que una epidemia asole nuestra ciudad. Tenemos miedo a que nos despidan, a que nos deje nuestra pareja, a tener un accidente con el coche o que les hagan algo a nuestros hijos.

La era digital ha traído nuevas circunstancias que también son potenciales generadores de estrés. La llegada tan abrupta de las nuevas tecnologías a nuestra vida nos obliga a cambiar nuestros hábitos y adaptar nuestra conducta sin ningún posible periodo de rodaje. Somos los mismos con circunstancias diferentes. Estas son las cinco principales nuevas fuentes de estrés en el mundo contemporáneo:

  1. Las relaciones interpersonales: Las nuevas formas de comunicación nos permiten llegar más rápido a más personas. Lo que antes le contábamos a cinco personas, ahora lo hacemos con 200 o más. Esta gran cantidad de destinatarios es un crisol de individuos de toda condición que reciben lo que decimos con diferente sensibilidad. Cuando nos dirigimos a todos ellos a través de una red social tenemos que pensar cómo, en su conjunto, van a ser recibidas nuestras palabras. El miedo a ser desautorizado, vilipendiado o reprendido puede llevar incluso a la autocensura y que se opte por no comunicar ante el temor de ser agredido por la audiencia.
  2. La necesidad de aprender: El mundo cambia, cada vez más rápido. Lo que hoy es válido deja de serlo mañana. La digitalización de tareas que antes eran desempeñadas por personas cambia el entorno en que vivimos y trabajamos. Aprender a desenvolverse bien en la era digital depende de cada uno de nosotros, no de las instituciones. El autodidactismo es hoy además de una virtud una necesidad. No se debe esperar de manera pasiva a ser formado, cada uno debe identificar y elegir aquello que le va a permitir seguir en el tren del progreso.
  3. La competitividad: Hace cinco años apenas conocíamos Netflix. Hoy son varias las plataformas que compiten para que nos subscribamos a sus contenidos. Lo mismo es aplicable a los vehículos urbanos de tiempo compartido, el mismo móvil que llevamos en el bolsillo. Toda la sociedad de consumo está en una constante reinvención. No basta con ofrecer una novedad cada año, no, ahora hay que estar constantemente lanzando soluciones que sean más innovadoras que las de los demás. No hay descanso posible. Lo que tú no hagas, lo hará tu competencia y te arrebatará tu público.
  4. Las tensiones personales: La crisis económica de hace 10 años ha dado como resultado un mundo más desigual donde la mayor parte de la población debe hacer esfuerzos ímprobos para mantener un estado de bienestar. Alcanzar el nivel adquisitivo de nuestros padres es una utopía. Necesidades básicas como la vivienda solo se cubren de forma precaria en edad adulta. La paternidad y la maternidad deben ser reprimidas sencillamente porque ahora no es posible. La frustración, los sueños inalcanzados o las ambiciones desinfladas crean individuos sensibles, más irritables que los de generaciones anteriores.
  5. La disponibilidad: Todos tenemos en el bolsillo un teléfono móvil operativo las 24 horas del día. Nos permite comunicarnos con los demás como jamás ha ocurrido en la Historia de la humanidad. Pero, también los demás se pueden comunicar con nosotros. Además, esos que nos contactan esperan una respuesta inmediata, de lo contrario se sentirán agraviados. Las vacaciones con conexión permanente con el trabajo hacen que nos llevemos en la maleta todas las emociones que nos genera nuestro jefe, compañeros o clientes. Suena el móvil, entra un mensaje y nos ponemos en guardia, de nuevo como hacía aquel antepasado nuestro cuando escuchaba un rugido en las montañas.

Al estrés no hay que demonizarlo. En ciertas circunstancias puede ser un gran aliado, pero debemos aprender a controlarlo. Aunque lo más sencillo es recurrir a los fármacos como los ansiolíticos, por ejemplo, existen otras opciones que usadas de manera habitual nos empoderan para ser dueños de nuestras emociones y sensaciones. Hablamos de actividades que tienen contrastada evidencia como: mindfulness, meditación o yoga.

Y en los casos extremos visite al psicólogo. Él sabrá orientarle y proponerle el método que mejor se adapta a sus circunstancias, sabrá marcarle el camino para ser más feliz y le acompañará en el viaje.