'El rictus': No nos metamos desnudos donde abundan las ortigas

Es como una contracción del alma, que a veces nos deja sin respirar.

A veces vas a cruzar una calle por un paso de cebra cuando un coche que debería parar no lo hace. Y casi te atropella. A pesar del susto miras fugazmente en su interior y a menudo ves la misma estampa: un conductor, hombre o mujer, con la mirada fija, como si estuviera ido y no viera lo que tiene justo enfrente, que es el paso de cebra y a ti sobre él. Pero no es una mirada cualquiera: es una mezcla de tensión y preocupación, como si esa persona condujera angustiada, sobrecogida: es El rictus. Ni siquiera te preguntas si es que no te ha visto, porque es evidente que no lo ha hecho. Ese conductor, prodigiosamente, va al volante sin ver la carretera ni a los peatones. A veces ni los semáforos. Por eso ha estado a punto de atropellarte.

Otras veces ocurre en la cola del supermercado. Estás pacientemente esperando con tus compras y de repente alguien se cuela delante de ti. Tampoco te preguntas si es que no te ha visto, porque es igualmente evidente que no: El rictus en su rostro te informa de que esa persona tampoco está exactamente en el supermercado en ese momento. Por eso no te ve.

A veces sucede en las salas de espera y en muchos otros sitios donde te encuentras con otras personas, muchas de las cuales portan esa misma expresión enajenada. Y también pasa con compañeros de trabajo, cuando te cruzas con ellos, a no ser que sean amigos. Es muy sorprendente, porque son muchas las ocasiones en las que, incluso a pesar de que tú saludas, el destinatario no contesta. Ni te mira. Porque tampoco te ve. Es El rictus.

“Es como una contracción del alma, que a veces nos deja sin respirar.”

El rictus es otro de los signos de nuestro tiempo. Se dirá que es una consecuencia de la pandemia provocada por el SARS-CoV-2, pero en realidad este fenómeno solo lo ha hecho un poco más visible. El rictus ya existía antes y probablemente existirá después, sobre todo en las grandes ciudades. Es esa preocupación constante, instalada en nuestra conciencia, acerca de acontecimientos que no están ocurriendo ni en ese lugar ni en ese preciso momento. Es como una contracción del alma, que a veces nos deja sin respirar momentáneamente, sin que apenas nos demos cuenta. O como un trastorno de ansiedad generalizada, salvo que lo que sentimos no es exactamente angustia, sino más bien una tensión constante, como consecuencia de todos los aspectos que rodean nuestra vida, coronavirus incluido.

A veces el causante es algo nimio que, sin embargo, se nos aparece como una calamidad, como por ejemplo una avería en la caldera. Y en otras ocasiones tiene que ver con la anticipación de un desastre, como cuando hemos decidido, o han decidido por nosotros, que lo mejor es divorciarse. En otros momentos lo que nos tensiona son preocupaciones que nosotros mismos provocamos, como cuando decidimos celebrar el quinto cumpleaños de nuestro retoño con una fiesta que sea la envidia de la clase. O como cuando nos empeñamos en hacer un viaje que sea perfecto. Sin más: perfecto. Y por supuesto, todas las personas que comparten con nosotros la vida son caldo de cultivo para El rictus: jefes, compañeros de trabajo, hijos, suegras, amantes y exparejas, y a veces hasta las parejas titulares. Todo nos ocupa y todo nos preocupa.

“Para eliminarlo no basta con ejercitar la presencia, sino algo mucho más complejo.”

Dirán los teóricos y prácticos del mindfulness que todo esto tiene que ver con la desatención, con no estar en el aquí y en el ahora. Pero El rictus no es solo eso: es ausencia, sí, pero además es un secuestro emocional. Es decir, no es solamente estar distraído con otro asunto, sino también la emoción turbadora que genera ese asunto. Por eso es El rictus, y no solamente una expresión más. Y por eso para eliminarlo de nuestra vida no basta con ejercitar la presencia, sino algo mucho más complejo, que es intentar poner la gestión de nuestra vida en perspectiva y, tal y como suena, no tomarnos todo tan a pecho. Amar la imperfección y la nada, vivir una vida más fácil no metiéndonos desnudos donde abundan las ortigas y, sobre todo, reírnos un poco más. Quizá si no se hubiera perdido el segundo libro de La Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia, tendríamos una mayor devoción hacia el humor y menos hacia el drama, que es la base de El rictus.

Sea como sea habrá que extremar las precauciones porque El rictus, aunque es un fenómeno ciertamente extendido y constatable, no sirve de atenuante en un caso de atropello.