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07/06/2019 07:42 CEST | Actualizado 07/06/2019 07:42 CEST

'Oyana' o los puentes imaginarios

Ni el País Vasco fue más reprimido que el resto de España en la dictadura ni hubo un “conflicto vasco”

BrasilNut1 via Getty Images

Encontré el otro día en mi buzón del portal un sobre con un libro, una novela. No todos los días le pasan a uno estas cosas. Me lo enviaba un viejo amigo animador del ateneo libertario de Burdeos, lugar que antaño era un agujero más allá de lo underground en lo sonoro y en todo lo demás, y ahora alberga entre otras cosas una cada vez más nutrida librería de inspiración anarquista.

El libro en cuestión es Oyana, de Éric Plamondon (Quidam ed.). Me lo enviaba tras una polémica en redes donde afeé a mi amigo el hecho de estrenarse en el reciente boom editorial post-ETA eligiendo presentar precisamente un libro que refuerza el aura romántica de la banda terrorista tan cultivada durante años y que tan buena prensa ha tenido durante décadas al otro lado de los Pirineos.

Me replicó acertadamente que quizás debiera leerlo antes, y que a ver desde cuándo la creación literaria está sujeta a la corrección política… A los pocos días me llegó el libro con la siguiente dedicatoria: “No es más que un libro, pero es el libro escrito por mi mejor amigo. Quiero creer que podemos hacer puentes entre la memoria de unos y la mirada de otros. Todo es perfectible en nuestra manera de pensar el porvenir. La amistad debe ayudarnos en este camino”.

Eso es un amigo.

Nunca he sido muy de tragarme los símiles sobre trincheras o puentes en lo relativo al País Vasco. Son explicaciones binarias que sirven para poder encuadrar la realidad en un reconfortante blanco y negro. Ahora que tanto se denuncia cómo el populismo propone soluciones sencillas para problemas complejos validando dicho argumento para su descrédito, hay que decir que el nacionalismo vasco nos lleva vendiendo desde hace lustros “la teoría del conflicto”, ese relato sencillo para un problema complejo como es la pluralidad de la sociedad vasca. Sobretodo desde que abandonó, cuando remitía el eco del terror, la elaboración de teorías complejísimas y complicadísimas para eludir responsabilidades y posicionamientos que, ahí sí, eran bastante sencillos por no decir elementales y básicos... 

Con todo, prometí a mi amigo una ficha de lectura, y espero que estas líneas sirvan como heterodoxo cumplimiento de dicha promesa.

Oyana es literatura menor, obviamente, pero de la buena. De la que se lee fácil y engancha. Es una especie de road movie con escenas memorables y gran sorpresa final. Es la historia de un imposible regreso del “exilio” (más bien destierro) canadiense de una vascofrancesa colaboradora -fortuita según ella- de la banda terrorista ETA en los primeros 90. El relato se estructura en dos partes, desgranando en la primera a modo de carta de despedida a su pareja, toda la historia personal que durante años le había ocultado. El detonante para la ruptura es el recientemente televisado fin de la banda que llega hasta Montreal y remueve equilibrios internos de Oyana y los cimientos de su vida canadiense empujándola a volver a su añorada tierra natal.

Supongo que habrá que asumir que la historia de terror que ha asolado a los vascos en las últimas décadas es ahora un terreno fértil para la ficción.

Como era de esperar, a lo largo de esa larga carta, Oyana va desgranando uno a uno todos los tópicos justificativos y falsas verdades que el ultranacionalismo radical ha desplegado durante años. Desde el bombardeo de Guernica como detonante y justificante de la “lucha armada”, la excepcional represión contra el País Vasco, la opresión lingüística, la democracia española como continuidad de la dictadura franquista, hasta el “conflicto milenario” entre vascos y españoles... en fin, todos y cada uno de los clásicos a los que nos tiene acostumbrados la matraca nacionalista. Con cierta distancia y bien pensado suena todo enternecedoramente infantil.

Lo cierto es que ni el País Vasco fue más reprimido que el resto de España durante la dictadura, ni hubo un “conflicto vasco”, y si lo hubo no fue entre entre vascos y españoles ni entre nacionalistas y constitucionalistas, sino entre totalitarios y demócratas. La historiografía reciente ya se ha ocupado y se sigue ocupando diariamente de desmontar y despejar la bruma mitológica con la que el nacionalismo ha envuelto la violencia terrorista que ETA desplegó en nombre del pueblo vasco. Desde la teoría del conflicto hasta la supuesta mayor represión de la dictadura franquista en Euskadi como recientemente han señalado historiadores de la categoría de Raúl López Romo o pensadores como Ruiz Soroa. Así que no me entretendré mucho más al respecto. Si bien, convendría reflexionar algún día sobre por qué a pesar de todo ello siguen operando los mitos románticos y revolucionarios sobre el terrorismo etarra y en particular al otro lado del Bidasoa.

La segunda parte de la novela sorprende más, y encierra un leve atisbo de autocrítica  entre líneas, provocado en gran medida por que la realidad vasca que Oyana encuentra a su regreso no coincide con la ensoñación congelada y cultivada durante su destierro. También hay algo de arrepentimiento. Un arrepentimiento un poco a lo Iñaki Rekarte, más preocupado por haber jodido su propia vida que la de los demás, pero arrepentimiento al fin y al cabo. E incluso críticas a la banda y reconsideración de postulados, también entre líneas. Así como comentarios desmitificadores de lo previamente ensalzado. No todo el monte es orégano en la verde Euskal Herria de algunos. Aunque afirmaciones del tipo “el nacionalismo es algo justo para los pobres que quieren liberarse de los que les oprimen, pero resulta monstruoso cuando los poderosos lo usan para oprimir a los pobres” le dejan a uno perplejo. ¿Cuándo ningún nacionalismo liberó a los pobres? ¿Se puede ser más ingenuo?

El final sorprende y es un crescendo muy cinematográfico.

Por edad, fechas y localizaciones, suponiendo que Oyana sea un personaje cuya historia está basada en hechos reales (algo más que probable) y habiendo estudiado en el único instituto público al sur de Bayona, (el liceo Maurice Ravel de San Juan de Luz) y en la misma época de la novela, uno no puede evitar la sensación de haber conocido personalmente al personaje. ¿Será en realidad aquella compañera de instituto guapa y callada que desapareció misteriosamente a mitad de curso? Y más: Al haber practicado exactamente los mismos lugares que aparecen en la novela, de los paseos de la costa hasta los bares de Ciboure, de las calles de Irún hasta el propio Burdeos, Oyana genera la misma extraña sensación de cotidianeidad y familiaridad que la novela gráfica de Álvaro Zapico Los puentes de Moscú (otra vez una de puentes...), una sensación mezclada de “Sí, yo estuve exactamente allí, pero la cosa no fue tan así...”.

Lo cierto es que ni el País Vasco fue más reprimido que el resto de España durante la dictadura, ni hubo un “conflicto vasco”.

Supongo que habrá que asumir que la historia de terror que ha asolado a los vascos  en las últimas décadas es ahora un terreno fértil para la ficción, como lo han sido otros muchos. Desde la Irlanda de los tiempos del IRA, hasta los narcos latinos, pasando por el yihadismo. La clave reside en saber qué tipo de reflexión quiere provocar el escritor usando dichos contextos, o si simplemente los utiliza como mero contexto para la acción. En cuyo caso las más de las veces se corre el riesgo de reforzar los clichés, las falsas verdades y las visiones maniqueas que posteriormente animan a imaginar bienintencionados puentes de unión.

No hay reconciliación que invocar ni puentes que tender o convivencia que construir en Euskadi, convivir con asesinos y con ideologías tóxicas es lo que hemos hecho demasiado tiempo. Es más sencillo que todo eso. Se trata simplemente de aplicar la ley y administrar justicia, como en todas partes, y de integrar el deber de memoria para con las víctimas en nuestra vida diaria. Ni más ni menos. 

* * * 

Existe sobre el Bidasoa un puente llamado Puente Internacional. Es un puente de verdad, cargado de historia grande y pequeña a la vez, testigo de acontecimientos históricos de primera magnitud y de muchas vivencias cotidianas bien reales, sublimes e infames como la vida misma que bien merecería una novela. ¿Algún voluntario?

 

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