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04/05/2020 11:07 CEST | Actualizado 04/05/2020 11:07 CEST

Pelotones de fusilamiento en las redes sociales

Estos días todos hemos vivido situaciones por encima y por debajo de la línea que delimita el patetismo. En algunos casos se podía justificar por el estrés. En otros no.

Manu Villena

Cuando yo era pequeño los imbéciles tenían una visibilidad limitada. Muchos eran hasta secretos y solo lograban la celebridad en prensa y televisión algunos por razones de varios tipos. Estaban los imbéciles que hacían carrera política, los que habían heredado y los que habían tenido suerte. Generalmente la imbecilidad de alguien no trascendía más allá de la calle de uno, el barrio o, si se era muy imbécil, la ciudad en que se vivía.

Hoy, sin mucho esfuerzo, se puede llegar a ser un imbécil global.

Las redes sociales han amplificado nuestra voz de una manera tan poderosa que, sin darnos cuenta, hemos hecho la revolución. Estamos esperando una revuelta social armada pero la auténtica revolución ocurre bajo nuestros dedos, en el teclado o la pantalla táctil: hay un mundo antes de las redes sociales y otro después. Esta ha sido una revolución total sin bombas y, como todas las revoluciones, ha tenido dos caras. Los avances son incontables, empezando por una facilidad de acceso al conocimiento. Nunca ha sido tan fácil acceder a él y nunca hemos accedido tan poco. La cara B de esta democratización de los contenidos ha sido una superficialidad muy notable por nuestra parte a la hora de hacer uso de ellos, me refiero a aquello del océano de conocimiento con un dedo de profundidad. Otra ventaja es el crecimiento exponencial de la velocidad en la comunicación y la difusión de mensajes. La cara B es, evidentemente, el uso de esta comunicación por la nueva forma de fascismo que ha crecido a la velocidad de las redes. Una tercera ventaja sería la manera en que las posibilidades comerciales se han ensanchado con el comercio online. La cara B es que, comprando en Amazon, hemos hecho rico a un solo hombre como deberían serlo millones de tenderos que han tenido que cerrar sus negocios. Bueno, a uno y al que le vende los cartones para las cajas.

La imbecilidad en las redes en los tiempos del coronavirus sería un buen título para un libro. Estos días todos hemos vivido situaciones por encima y por debajo de la línea que delimita el patetismo. En algunos casos se podía justificar por el estrés. En otros no, porque el que es imbécil es imbécil siempre, y de esos hemos tenido miles. Hablo de políticos con cuentas falsas respondiéndose a sí mismos, desquiciados bebiendo desinfectante, tontos difundiendo bulos sobre el Covid… 

Son los censores que persiguen todo lo que envidian, los que destruyen la belleza de la libertad y la comunicación humana porque no son capaces de nada bello ni noble.

Hace unos días me ocurrió algo en Facebook. Alguien anónimo me había denunciado y me castigaban tres días sin publicar. Aproveché para vivir en la realidad, algo que se nos está olvidando en estos días en los que tendremos que recuperar de las redes la vida que antes del confinamiento hacíamos en la calle. Cuando volví a publicar me llegó otra denuncia. Alguien había dedicado horas, tal vez días, a buscar en mis publicaciones (siempre en abierto) memes, palabrotas y frases controvertidas. Me denunció once veces por decir que prefería a Lorca y Camarón antes que a la historia bélica española y cosas por el estilo. La empresa de Zuckerberg me castigó un mes sin publicar, lo cual fue una oportunidad de oro. Desconecté una semana y pude terminar de escribir un libro que debía a mi editor. Cuando acabé abrí otro perfil e invité solo a mis amigos. Cuando Facebook me devuelva el primer perfil será profesional y el nuevo personal. La denuncia había sido providencial.

Ayer, mientras abría la nueva cuenta, detecté un mensaje privado que no había leído. Era de hacía una semana. Lo firmaba un pintor aficionado de Madrid que desconocía. Me había pedido amistad en algún momento y, como a todos, lo había aceptado. Tenía un grupo en el que colgaba unos desnudos kitsch, retratos de Sánchez Dragó y consignas políticas entre naif y tremendas. Un día me apareció una, no recuerdo de qué era. Le manifesté mi desagrado con un chiste y abandoné el grupo. No pensé que el tipo seguía en mi lista de amigos. Pasó días rebuscando en mi vida para censurarme.  

Por pura curiosidad fui a su grupo para descubrir que se quejaba de que le censuraban unos desnudos de estilo indefinible que copia a óleo de fotografías. Pedía “Livertad” (sic.) y volvía a colgar sus “albunes” (sí, sin acento y con “n”). Pedía “livertad” para él y censura para mí. Yo creo que le censuran los cuadros no por desnudos sino por mal gusto.

Estos días todos hemos vivido situaciones por encima y por debajo de la línea que delimita el patetismo. En algunos casos se podía justificar por el estrés. En otros no.

Es un episodio irrelevante, algo que olvidaremos cuando acabemos de leer este artículo, pero a la vez significativo. Estamos rodeados de perfiles como el que he descrito. Escondidos en la oscuridad de sus habitaciones y, probablemente, de sus vidas, llevan el nivel medio hasta la alcantarilla. Son los censores que persiguen todo lo que envidian, los que destruyen la belleza de la libertad y la comunicación humana porque no son capaces de nada bello ni noble. Son aquellos que viven el navajeo y el rencor hasta que descubren un tipo de venganza mediocre y maloliente que los convierte en un anónimo pelotón de ejecución que cada día fusila la libertad y la inteligencia.

Esos anónimos son el vertedero que aparece, en una esquina, en el paisaje de la contemporaneidad. 

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