'Perra'

Relatos a la sombra: los cuentos de Abraham García.
'Perra', los cuentos de Abraham García.
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'Perra', los cuentos de Abraham García.

Ajeno a sus jipíos, su padre, arrastrándola de la correa, sacó la perra al corral.

- ¿Cuántos tiene? Cinco, ¿no? Pues elige el que te pete. Uno, ¡uno solo! —gritó—. Y mejor que sea hembra. Que los machos comen más. Al saco con ellos, o mejor los metes en un costal, que es más tupido, para que se ahoguen antes, y los tiras en medio de la zarzalera, que ahí no entran ni los buitres.

Mate, sin reprimir sus lágrimas y en cuclillas en aquel rincón de la cuadra, cálido por el vaho de las mulas que rumiaban, se demoraba en la elección.

¡Termina de una puta vez cojones, que esta se está volviendo loca! ¿Qué quieres? ¿Qué me muerda?

Salió el niño abrazando el costal como si de una criatura se tratara.

—¡Deja de gimotear, hostias! ¿Qué íbamos a hacer con esa reala que, para colmo, no sabemos ni con quien chingó esta? Tranquila, tranqui, Canela.

—¿Eso importa padre?

—Hombre no me compares. ¿Acaso es igual el hijo de un chucho matagatos que el de un mastín leonés? Además, ya te lo había advertido, hijo: criamos uno y basta. Te lo anticipé desde que la supimos preñada, uno solo. Bien que te lo advertí. Te-lo-di-je, ¡cojones!

—He salvado a la careta, padre. Ya le he puesto nombre.

—¡Venga, lárgate ya! Ata bien el costal y lo traes de vuelta.

Mate, ante la inmensa zarzalera, palpó por última vez el bulto y notó que aún bullían. Derrochando las fuerzas que no tenía, se acercó al tronco de un fresno y golpeó reiteradamente su carga. Fuerte, más fuerte, para no escuchar sus propios gemidos. Así, hasta que al albo costal le florecieron amapolas.

A sabiendas de cómo se las gastan las zarzas, que tantas veces le habían rasgado mangas y muñecas mientras buscaba nidos o espárragos, no quería que los infortunados cachorros sufrieran.

Vaciado el contenido en la maraña verdosa, se colocó el costal al cuello como una estola de sangre. Buscó un venero próximo donde lavarse las manos y refrescarse y, dando un rodeo para que nadie viera su desazón, entró por la puerta del pajar y se acurrucó en la mullida paja.

¿Dónde anda el chico?, preguntó la madre a la hora de la comida.

Lo mandé a despedirse de los cachorros y se fue de mala gana, haciendo pucheros.

¿Por qué no los enterraste tú, calzonazos?

Sabes que la partida de los domingos es sagrada, mujer… y le dije que los tirara al zarzalón, para que no tuviera que ir cargando con el pico con esta solanera.

Pues está tardando…, dijo la mujer sin inquietud.

Andará robando peras o bajo una higuera, matándose a pajas.

¡Qué borrico eres Mateo, por Dios!

Aquella noche, a Mate, para cenar, hubo que arrastrarle a la mesa del cocedero como su padre a la perra para que abandonara a la cachorrilla.

No probó bocado pese a la insistencia de la madre y, arrebujado como un perro, humedeció la almohada hasta que el caritativo sueño consoló sus penas.

Al día siguiente, Mate, dubitativo mientras acariciaba a la perra, pensó si esos lamentos que le herían serían por las criaturas perdidas o por el dolor de la ubre. Mimándole el lomo vio que había sangre en las pajas. Levantó a la cría, negra como la noche y con la luna en la cara y, viendo que rebosaba salud, suspiró hondo y la soltó aliviado.

A la mañana siguiente, Canela aún seguía aullando.

—Mateo, por favor, ¡haz algo con esa perra! —imploró Dorotea mientras removía las migas—. Mate está desazonado y yo hasta aquí —se tocó el moño.

—¿Y qué puedo hacer, mujer…?

—De momento, coges el botijo y le refrescas las tetas. ¡Ay! Qué poco sabéis los hombres. Como no parís…

—¿Y el chico? ¿Aún no se ha levantado?

El ruido de la puerta de la cuadra alertó a Mate, que soltó a la cría y se levantó bruscamente.

—Siempre es así hijo. En un par de días se le pasará.

“A mí no”, pensó el niño.

—Anda, vete sentando a la mesa mientras descuelgo unas uvas. Por la perra no te preocupes; estará sin comer hasta que se deshinche, y a la cachorra le saldrá la leche por las orejas. ¿Cómo le has puesto?

—El abuelo Olegario decía que con los nombres no hay que precipitarse, que trae mala suerte, padre.

La primera en notarlo fue Dorotea.

—Tssss, chacho. ¡Despierta!, que duermes como un hurón. ¿No notas qué peste? —se palmeó la nariz—. ¿Cuánto hace que no retiráis el estiércol?

—¡Coño, es verdad!… Pero si la cuadra está como una patena. A que va a ser lo que me barrunto… —se golpeó la sien.

El hombre, descalzo, atravesó la cocina, bordeó las pesebreras, observó el morro arañado de Canela y levantó a la perra de su querencia.

Una varada nauseabunda le hizo retroceder. En medio de aquellas carroñas que ella, afiebrada, habría traído de uno en uno, temblaba la perrita careta sobre pajas de sangre.

En estas, tapándose la nariz, se acercó Dorotea.

—¿Ves? Si los hubieras enterrado… pero te puede el vicio —e hizo un gesto como si distribuyera los naipes—. Vamos, antes de que se enfríe el ajocano y se levante el niño, entiérralos en la barrera, ¡ya! Y bien hondo.

—¿También esta noche vas a salir, Mateo?

—También. Por cierto, en cuanto puedas visitas al practicante y que te venda un frasco grande de alcohol, dile que es para la perra, que como es vieja ha tenido un mal parto. ¿Aún guardas aquellas toallas que te trajo tu prima de Lagartera?

—¡ chasco!

—Pues ya las estás haciendo trizas, que necesito vendas.

—¿Y no podrías apañarte con una sábana vieja?

—No, que esas no empapan. Anoche —y bajo la voz— hirieron a Hilario, mi pariente. Estaba de guardia y se adormiló.

—Le descubrirían por el olor a vinazo —ironizó Dorotea—. ¿Y está grave?

—La bala le atravesó una pierna. Pero sale. Me ha traído el aviso Isaías, que los avistó temprano cuando subió a revisar las colmenas.

—¿También Isaías está en el ajo?, —exclamó la mujer abriéndose de brazos.

—No hagas preguntas mujer. ¡Ah!, y echa al talego todo el tabaco que puedas, que no se te olvide.

—De eso quería hablarte Mateo; la de la tienda, cuando le pedí tres paquetes, me preguntó que si Mate ya fumaba. ¡Menuda lagarta! La despisté diciendo que, como se acerca la fiesta de San Mateo, quería que tuvieras reservas para tu santo. Sabes que no duermo hasta que no vuelves. Y menos mal que la perra ha dejado de dar la tabarra. Mucho cuidado que los tricornios andarán al acecho.

—Los nuestros han cambiado de nido, mujer… Además, yo sé cuidarme, Dori —y le pasó la mano calluda por el rostro.

—Quien dudo que vea el amanecer es Canela. El parto no le vino bien, me temo que aún no ha expulsado la placenta y, a pesar de todo, se trajo a sus crías.

—Amor de madre —sentenció Dorotea—. Además, ya es vieja, Mateo. ¿Cuándo nos la regaló tu padre?

—En el treinta y uno, el año de la República. Qué triste que va a acabar igual, desangrada —musitó Mateo.

Con sus tres años, la careta se había convertido en el terror de los conejos. Olía sus vientos a leguas. El último que la había regateado, entre ladridos y jaras, buscó desesperadamente su madriguera, pero Mate ya había tapado la entrada con un pedrusco.

Antes de que chillara, ya estaba el conejo junto a sus albarcas.

¡Qué buena eres, mi perra, mi perrita! —musitó acariciándola y demorándose en los posesivos.

Luego la premió sacando de la penumbra del macuto un currusco de pan y un cacho de morcilla.

Alguna vez se preguntó, avergonzado, si no quería más a la careta que a su madre. Madre y padre había sido para ella, a la que, huérfana a los tres días de vida, amamantó con leche de cabra y un biberón de caricias.

Abrió la cabritera y, sin importarle que fuese una hembra preñada, destripó el conejo. Buscó la sombra de un espino, lo cubrió con unas hojas de chaparra antes de esconderlo con una lancha musgosa. “Mañana, conejo con tomate”, pensó relamiéndose.

Voceó a las cabras que ramoneaban, y, ufano, se sentó sobre unos pedruscos para meterle la navaja sin prisas a la hogaza que su madre había preñado con un huevo y pisto y un pedazo de queso.

En esto, la perra, inquieta, estiró el cuello y ladró hacia el camino. Por la vereda, los verdes a caballo hacían su ronda.

Sabedor de que le harían bajar, guardó las viandas en el macuto y descendió con desgana. La perra le siguió.

¡Buenas, chaval! —saludó el sargento, que se había adelantado a su colega, llevándose la mano al tricornio de manera mecánica.

Pie a tierra, le palpó el macuto sin pudor.

—¿Qué pasa, liante? ¿Hoy aún no has tocado pelo?

Mate, encogiéndose de hombros, negó con la cabeza.

Vamos, que a nosotros nos la vas a dar. Hemos escuchado claramente los jipíos, que eres más espabilao que tu perra, chaval.

La llevo por si los lobos.

¿Conejera y sin carlancas? ¡Venga ya! ¿Acaso ahora atacan de día?

—En las nevadas sí —farfulló incómodo.

—Pero hoy no está el día para manta, ¡no jodamos!

Mate carraspeó antes de añadir:

—La ladra de antes debió ser a una jineta o a una zorra, ni me dio tiempo a verla.

—Menudo zorro estás tú hecho. ¿No sabes que es tiempo de veda? ¿Acaso no te lo ha dicho tu padre?

—Ya no tengo… Bueno sí, algo había oído —improvisó sin levantar los ojos de los hierbajos.

—Por cierto, ¿cómo te llamas? Por si volvemos a vernos.

—Mate. Mateo, para servirle a Dios y a usted —rectificó.

—¿Y la lobera? —ironizó con sorna señalando a la perra.

—“Telodije”.

El bofetón le hizo trastabillar.

¡A mí de usted! ¡Y un respeto!

Sus lágrimas se fundieron con la frescura del venero, en cuya poza, habitada por renacuajos, introdujo la cabeza buscando alivio para su mejilla ardiendo.

Después pensó cuán distintas son las lágrimas: aquellas olvidadas cuando despenó a los perritos; las de impotencia el día de la nieve, cuando los lobos le mataron dos cabras; las de felicidad cuando la careta, aún imberbe, atrapó en la viña la primera liebre; las que llegaron después desbordadas, arrasando días, semanas, meses... las que le avergonzaban por ridículas y que se quitaba a manotazos, llorar porque estás llorando. Y ahora, las de la humillación, que, pese a estar diluidas en el agua verdosa, al tocar los labios dejaron un sabor acre como bayas de torvisca.

El número, inclinándose en la montura, se giró hacia el sargento.

—Discúlpeme, mi sargento, pero si no se lo digo reviento, perdóneme… Creo que el cachete sobraba.

—A estos les das la mano y te la muerden. ¡Menudas ínfulas tiene el chaval!

—Es que… —carraspeó— este ya tuvo lo suyo. Aunque han pasado ya más de tres años, bien me acuerdo del chico. Se le escapó a su madre y vio a su padre, un tal Mateo Aceituno, tirado sobre unas angarillas y más agujereado que un harnero. Era el enlace de la banda del Chaqueta Negra que nos acarreó tantas desgracias. Yo estuve aquella noche, menudo fregado… También uno de los nuestros entregó las botas. Gran tipo y bragado el malagueño. Se llamaba Cristóbal, pero le nombrábamos Tobalo.

Teodora, ¿o se llamaba Dorotea? Era una buena moza, y una hembra “echá pa´ lante. No se le pudo probar nada, pero… ya ve usted, ni eso la libró del ricino y andar con la cabeza en rastrojo algún 18 de julio.

¡Volvamos! —le interrumpió bruscamente el sargento tirando de las riendas. Tal vez avergonzado, quizás dolido.

Mate vio la nubecilla de polvo y le entraron los temblores.

—¡Tú no te muevas!. Quieta ahí. ¡Quieta, Telodije!

Pero la careta caminó a su sombra.

Descabalgó el sargento y apoyó la mano en el hombro de Mate para disculparse con palabras sentidas. Luego se hurgó en la faltriquera y extrajo un puñadito de monedas que, ante la indiferencia de Mate, que permanecía contraído protegiéndose el ombligo con las manos cruzadas, depositó sobre la hierba.

—No es gran cosa, pero te puedes dar un capricho en las fiestas, que también este año vendrán las turroneras.

En su afán de congraciarse con el chico, esbozó una mueca de sonrisa e inquirió señalando:

—Oye, ahora en serio, tu fiera, ¿cómo se llama?

Mate se enderezó bruscamente, buscó sus ojos inexpresivos y escupió como una blasfemia:

—¡Perra, señor! ¡Se llama Perra!

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