Sibaritas, la complacencia por la suntuosidad

Desde un orinal hasta unas fresas, pasando por un Vesper, así son los sibaritas.
Strawberry on pink background. Creative food concept. Close up.
FabrikaCr via Getty Images/iStockphoto
Strawberry on pink background. Creative food concept. Close up.

Durante siglos las fresas estuvieron unidas a Venus, la diosa del amor. La mitología nos cuenta que el origen de este fruto tiene lugar tras la muerte de Adonis, y es que surgieron en el preciso momento en el que las lágrimas de Venus tocaron el suelo. Su forma de corazón la convirtieron en símbolo de pureza y pasión, al tiempo que objeto de deseo por parte de literatos y pintores.

Por eso no debe extrañarnos que Otelo le regale a Desdémona un pañuelo decorado con fresas como símbolo de su amor eterno o que en El jardín de las delicias de El Bosco aparezcan formando parte de las frutas del paraíso.

Quién les iba a decir a estos personajes que siglos después las fresas quedarían indisolublemente unidas a un torneo de tenis, al de Wimbledon. Al parecer el inicio de esta tradición se la debemos al rey George V que acudió –en 1934- al All England Club acompañado de la reina Mary y ambos degustaron fresas con crema durante el torneo.

No pasando mucho tiempo fueron las fresas de Elsanta, cosechadas en Mereworth (Kent) las que se asociaron definitivamente al torneo de tenis. Al parecer se recogen a las 4 de la mañana y tienen que ser acompañadas de crema. Para que nos hagamos una idea del cariño que las tienen, en la última edición del torneo se consumieron 27 toneladas de fresas de Kent y siete mil litros de crema.

El torneo de Wimbledon tiene otras singularidades así, por ejemplo, es el único en el que se exige que la vestimenta, tanto masculina como femenina, sea casi del cien por cien de color blanco; el torneo comienza a las seis de la mañana antes del primer lunes de agosto y termina a los quince días, respetando siempre el Middley Sunday –el domingo del medio-. ¿Se puede ser más sibarita?

De los creadores del orinal

Si hacemos caso a la RAE un sibarita es una persona natural de Síbaris, una ciudad italiana ubicada en el golfo de Tarento y que fue fundada por los aqueos allá por el siglo VIII antes de Cristo.

En la antigüedad se hizo célebre por la riqueza y refinamiento de sus habitantes, de ahí el término que nos ha llegado para calificar a los amantes de los placeres exquisitos. Y es que a ellos las fresas de Kent les parecería poca cosa.

Para evitar romper la paz y el sosiego de los ciudadanos de Síbaris estaba terminantemente prohibido ejercer dentro de la ciudad los oficios más ruidosos, como podría ser el de herrero o carpintero, profesionales que estaban obligados a ubicar sus talleres extramuros. Al igual que tampoco estaba permitido tener gallos intramuros.

Al parecer fueron los sibaritas los primeros en usar orinales, un utensilio que habrían diseñado para evitar tener que interrumpir sus opíparos banquetes. Y es que ya lo dijo Diodoro de Sicilia, un historiador griego que vivió en el siglo I antes de Cristo, “la gente de Sybaris son amantes del lujo y esclavos de su vientre”.

Los habitantes de esta urbe italiana también eran famosos por sus originales y sofisticadas recetas, tanto es así que llegaron a decretar una ley para protegerlas. La justicia otorgaba exclusividad de explotación de los nuevos platos durante el periodo de un año, garantizando de esta forma los derechos de autor.

El espía más sibarita de la historia

La sofisticación de los gustos etílicos de James Bond es más que conocida, con su famoso vodka Martini “agitado pero no mezclado”. Los que quieran saber cómo se prepara no tienen más que leer Casino Royale (1953), el primer libro de la saga, o simplemente ver la película homónima protagonizada por Daniel Craig (2006).

En ella Bond nos aclara su fórmula: tres partes de ginebra, una de vodka y media de vermú Lillet, agitado con hielo y servido con una piel de limón. Por cierto, a este cóctel lo bautiza como Vesper, en honor al personaje femenino principal –Vesper Lynd-.

Su paladar de gourmet también está acorde con su sibaritismo enólico. Tomen nota: caviar Beluga, cangrejos con mantequilla derretida acompañados con Dom Perignon, café turco dulce, un solomillo de buey acompañado de patatas y regado con un Rotschild del 47. Pues eso… un sibarita pero sin orinal.