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03/12/2021 16:36 CET | Actualizado 03/12/2021 16:36 CET

Tina Díaz

La escritora riojana sigue engrosando su colección de libros La saga de las mujeres heridas.

COMUNICACIÓN CALIGRAMA
Huidos.

La escritora riojana Tina Díaz (1942) sigue engrosando su colección de libros La saga de las mujeres heridas. Consta de los títulos: Transición. Transacción. Ventas, Fortuna, Tiramisú, Fotografías y Huidos, la última novela. Publicados en la editorial Caligrama, más que un fresco, representan los lienzos de una España olvidada. La novelista retrata la posguerra en la ciudad de Logroño, con sus miserias y sus aires de venganza; las luchas obreras femeninas en el País Vasco con el dictador vivo; el Madrid teatral donde la mayoría quieren ser alguien y los que lo fueron intentan mantenerse en la ola; la lucha de la clandestinidad dentro del PSOE; la Transición; el gusto por Iberoamérica; todo contado por mujeres rotas entregadas a los fantasmas de sus sentimientos desdibujados por el paso del tiempo o no alcanzados por la macabra pirueta del destino. Su último trabajo nos habla de la banda terrorista ETA y de lo que aconteció en la ciudad de San Sebastián. 

Lean Huidos, si devoraron Patria de Aranburu, Huidos masticará sus conciencias. Aquí se habla de las víctimas cuya memoria vocean los parlamentarios sin respetarla, aquí la verdad duele, la oficiosa, que los malnacidos etarras (el odio lo incubaron en sus familias) merecen cumplir las condenas integras, sin paños calientes ni arbitraje en el discurso político.

Fabula la autora a vueltas con los recuerdos, el viejo placer y la antigua constancia de los buenos escritores, porque los otros, los que no lo son, utilizan las fechas pretéritas como justificación de la materia literaria, no como la piedra angular de lo que destila imaginación. Tina Díaz construye en presente y en pasado, alternando los calendarios al hilo de un impulso, pero no el propio, el de sus personajes. La masculinidad ha escapado de sus novelas y se ha convertido en una broma de lo que significa ser hombre, salvo la novela sobre Antonio Amat, el hombre de acción del PSOE durante la larga noche franquista.

En el juego de arenas movedizas donde los caballeros nunca ejercieron educación alguna y algunas mujeres ya eran libres en los años sesenta, peleando a diente y a cuchillo contra lo establecido, la autora libera sus demonios, que son los nuestros. El satánico instinto de desfallecer en la lucha de las libertades, en lo que es justo y hermoso. De esa fealdad donde los personajes viles ensucian sus novelas, nacen las escenas luminosas de sus personajes femeninos, malditos, sí, heridos, sí, aunque con el pundonor del que ha hecho de la resistencia una forma de vida.

Este, arbolar las naves en un océano lluvioso, con la muerte llamando a reclamo en cada isla, es el gran logro de la autora. En literatura las novelas son fascinantes cuando el protagónico agoniza en cada capitulo avecinándose a un final implacable, que logra sortear sangrante, alcanzando la victoria pírrica que le redime desde lo laico, y a nosotros con su lectura. Pasar de ser un vagabundo sentimental a un ser confeccionado de tristeza. Recoger los pedazos de piel del suelo y ser capaz de pegártelos con la remembranza de la sonrisa del amado. Bucear en las incapacidades hasta rescatar la virtud de asumir que lo humano falla. No rehuir la derrota y conocer su duro y a la postre útil aprendizaje. Gente que fue una agarradera y que al cabo de los años demostraron que no merecían nuestra atención porque no estaban a la altura de nuestras tribulaciones. Todo lo anterior es lo que rezuma en las novelas de Tina Díaz, la veracidad de reconocer la grandeza del desastre.

En lo referido a la estructura de una saga, cada novela avisa de la siguiente, pues se encadenan en temas recurrentes. El autor, cualquiera que pueda ser llamado así, cuenta con un solo tema de fabulación que deriva en varios tratados en sus trabajos. Lo que hacemos en realidad los escritores es hablar a través de la palabra impresa de lo mismo. En Tina Díaz el tema es la cercanía, en la infancia inclusive, de la muerte de los familiares. Con semejante argamasa hace sus libros entretenidos, pues habla de lo universal desde lo particular, la ciudad de Logroño vieja y nueva a modo de barco de arrastre de los demás paisaje y paisanajes. Descuella la autora en la descripción de los lugares, sitios de serrín, humo y oxido. En consecuencia, no necesita describir en detalle el físico de sus heroínas. Lo que hace es volcar las pulsiones femeninas en la noche y obligarla a resplandecer con el destello fabuloso de los fantasmas que ya no existen pero que nos acompañan, eso que se llama amor impregnado de memoria.

Y destaca, en lo que es el estilo, la búsqueda incansable del castellano, en sus muchas vertientes, y el rescate de las palabras ocultas del riojano.