Viva la televisión (X): La tele que vimos con nuestros padres

La gran fiesta sucedía, como en tantas casas, con el 'Un, dos, tres'.
Narciso Ibáñez Serrador (Chicho) con laz azafatas de 'Un, dos, tres'. 
Narciso Ibáñez Serrador (Chicho) con laz azafatas de 'Un, dos, tres'. 

Los programas que vimos con ellos, con los nuestros, en la sala de estar. Nuestros padres en el sofá y nosotros y nuestros hermanos, tumbados en el suelo, en la alfombra. La tele que nos unía los sábados por la tarde. La tele que ellos no nos dejaron ver. La que vimos con ellos y se nos quedó en la cabeza para siempre. El creador de Mujeres Desesperadas, Marc Cherry, el cómico Dani Mateo, la presentadora Eva Hache, el modista Lorenzo Caprile, el periodista y escritor Roberto Sánchez, el actor Juan Echanove, el analista de televisión Mikel Labastida... también tienen memoria televisiva. Todo eso, para la serie #vivalatelevision es estos días de confinamiento.

El 20 de junio de 2001, Andrea Yates, una madre americana de 37 años, de Houston, ahogó a sus cinco hijos en la bañera. Había tenido depresión post parto, psicosis post parto y esquizofrenia. La noticia, evidentemente, abrió informativos y conmocionó a todo EEUU. Los periodistas hablaban de Andrea como una madre perfecta. Ese día, Marc Cherry (guionista de series como Las chicas de oro, en bancarrota tras dos años en paro) estaba en casa viendo la televisión con su madre. Comentó con ella cómo se podía hacer algo así y su madre le contestó: “Yo me he visto muchas veces así de desesperada, así de triste, así de angustiada”.

Aquello lo resultó desasosegante. Pensó en lo poco que sabía de su madre, de su vida, de su familia. En las zonas de sombra encerraba esa frase enigmática de su madre. Y ahí, en ese instante televisivo nació la serie Mujeres desesperadas, que narraba la historia de familias aparentemente perfectas, que no lo eran.

Tenían relaciones complicadas, tenían secretos, tenían dilemas. La serie, con la que quiso contar la otra cara de un grupo de mujeres americanas de clase media, supuestamente ejemplares, la salpicó de asuntos propios (su madre es como una de las protagonistas, muy correcta y obsesiva con el orden). Años atrás, Marc le había confesado a su madre que era homosexual a lo que su ella respondió: “te querría incluso aunque fueras un asesino”, la misma frase que el guionista puso en boca de una de las protagonistas de la serie, Bree Van de Kamp.

La serie fue un bombazo y la vida de Cherry cambió totalmente, para bien. La madre de Cherry, su historia, su vida, sus sacrificios, salpicaron la escritura de esta ficción. “Yo creo que si un guionista puede captar la verdad que se esconde detrás de una sola mujer, puedes captar lo que se esconde detrás de millones de mujeres”, confesó a la revista Time, en 2006, que lo citó como uno de los hombres más influyentes del mundo, tras el éxito de la serie. Ha contado en alguna entrevista que si ese día hubiera estado viendo la televisión a solas, probablemente nunca habría creado la serie, no habría saltado la chispa. Y nos habríamos quedado sin escenas como la que protagonizaron Bree y Gabriele. La primera, que acaba de sufrir un importante reverso económico, ella que siempre había sido adinerada, se lamenta ante su amiga. A lo que Gabriele, acostumbrada a salir airosa de diferentes contratiempos le espeta:

-He estado arruinada muchas veces en mi vida, pero nunca he sido pobre. La pobreza es una actitud.

La tele que nos unió

Cuando le pregunté a Dani Mateo, en la serie de El Huff tituladaY tú qué miras, cuál era su primera imagen televisiva, no lo dudó. “Recuerdo la tarde de los viernes como la mejor de la semana. Ese día daban la serie Sherlock Holmes (la de los 70, claro) y yo no me la perdía nunca. Después venían mis abuelos, cenábamos juntos y mientras tanto veíamos el Un, dos, tres”.

A todos los entrevistados en esta serie les he hecho la misma pregunta, y casi sin excepción, todos han respondido de inmediato y con cierto fulgor en los ojos, porque la infancia televisiva está ahí, detrás de muchas cosas, bonitas casi siempre. El Un, dos, tres, aparece, por cierto, en una buena parte de los casos. Fue sin duda un programa proverbial. Me pasó con Eva Hache, que también tuvo ese espacio “como liturgia” y que recuerda especialmente, porque “me gustaban mucho”. Por supuesto, lo veía en familia.

Lorenzo Caprile tampoco se lo perdía nunca. Ni eso, ni Heidi, ni Mazinger Z, ni el anuncio Vamos a la cama, con la familia Telerín, ni Los Chiripitifláuticos, que era básicamente lo que le dejaban ver. “Tengo, eso sí, un trauma infantil con Curro Jiménez, que me encantaba. Yo empezaba a verlo con mis padres y con mis hermanos, pero a las diez y media, en el intermedio me enviaban a la cama. No me dejaban ver el desenlace. Al día siguiente en el cole todos hablaban de la serie y del final, y yo tenía que fingir que lo había visto para no quedarme fuera de la conversación”.

“La gran fiesta sucedía, como en tantas casas, con el 'Un, dos, tres'.”

Roberto Sánchez, mi compañero en La Ventana fue un niño pegado a la tele y, como Caprile, también se quedó prendado con Los Chiripitifláuticos, con Barullo y Locomotoro, con La casita del reloj, con Un globo, dos globos, tres globos y con Vicky el vikingo. Le pedí que buceara en sus recuerdos infantiles y, como es un genio, ha sabido concretar dónde y en qué momento vio cada uno de esos espacios históricos. “Los Chiripitiflaúticos, por ejemplo. En blanco y negro, sentado en el suelo (un clásico) junto a un vecino mayor que yo, porque no tenían tele en su casa. Merendábamos pan con chocolate o una torta Inés Rosales. Un Globo… lo vi por primera vez en casa de mi amigo Ricardo Marcos, mientras montaba un fuerte Comanchi, y para ver Vicky el vikingo me escapaba a un club de tenis cercano a mi casa en Cerdanyola para verlo en color”.

Pero la gran fiesta sucedía, como en tantas casas, con el Un, dos, tres. “Los viernes por la noche era el gran encuentro familiar. Con ese programa creo que entendí la referencia del valor del dinero, porque aquella tele en color que no teníamos en el salón costaba alrededor de lo que mi padre ganaba en tres o cuatro meses, si no más”.

“Y de adolescente, mi gran juerga de madrugada me llevó a Querétaro. Mundial de México. Una noche de bochorno insoportable en Barcelona. Mi padre nos despertó sobre las 2 y pico a mis hermanos y a mí para que viéramos juntos lo que acabó siendo un espectáculo de la generación del Buitre, un gran show comandado por su magia. Sí, yo soy del Barça. No pasa nada. Lo grabamos en el vídeo sistema 2000. Creo que fuimos los únicos en España que tuvimos ese sistema. Llegó como pago de una deuda de un cliente de mi padre. Aquel vídeo 2000 que grababa por las dos caras y era un armatoste fue lo único de valor que le quedaba en la tienda de electrodomésticos al cliente hasta la fecha moroso”.

Los veranos del niño Roberto fueron distintos, nada televisivos. “Los pasaba en Antequera, en casa de mis abuelos y allí no entró el aparatejo del demonio hasta que ya fui mayor”. Así que se puso a leer lo que pillaba por allí desde las Rimas y Leyendas de Bécquer, hasta los cómics de Los Pitufos de mi vecina Vivi. Un secreto: ella sí tenía tele. Por la noche había lo indecible para que me invitara un ratito y ver a José María Íñigo. A todo color”.

Mi colega Mikel Labastida, analista de televisión de Vocento y editor jefe de la web del periódico Las Provincias (lo podemos escuchar además en el podcast, Laboratorio de Series, en Podiumpodcast) tiene también una hermosa historia de infancia televisiva:

“Uno de mis recuerdos de adolescente y posiblemente una de las primeras aproximaciones a mi padre de un modo adulto fue con el concurso Cifras y letras. Yo tendría 14 o 15 años y una relación poco cercana con él, en el sentido de que no teníamos gustos comunes ni charlas habituales. Y sin embargo aquel concurso se convirtió en un encuentro entre ambos diario, en algo que no nos saltábamos. De un modo nada premeditado, nos poníamos los dos después de comer con papel y boli a sacar palabras y resolver operaciones. En realidad nunca valoré aquello pero ahora con el tiempo, pensando en mi padre se me aparece bastante aquella imagen de mediodía de los dos frente a la tele por fin compartiendo algo. Y hablando de concursos hay otro que durante muchos años ha sido tema de conversación recurrente con mi madre, Pasapalabra, que para ella era religión. Una vez ya fuera de casa, recuerdo llamarla y que lo mismo me hablase de alguna de mis hermanas que del último concursante que había ganado el rosco. Me gusta pensar en la tele como elemento capaz de crear vínculos”.

El actor Juan Echanove tiene adicción a ver en la tele los acontecimientos en directo, que tal y como me recuerda que decía el guionista Rafael Azcona, “es para lo que de verdad vale, para comprobar que han matado a Kennnedy, que han disparado contra el Papa, etc”. Y esa afición tiene que ver con el niño que fue. “Yo debía tener unos seis años. Era el día en el que el hombre iba a llegar a la Luna, y mis padres lo organizaron todo como la ocasión especial que era. Mis hermanos y yo, que tenían diez y once años, nos queríamos quedar despiertos para verlo. Recuerdo a mi padre diciéndonos que nos fuéramos a dormir, que no estaba claro cuánto quedaba, que igual pasaban horas, que ellos nos despertarían… pero nosotros aguantábamos, no queríamos irnos a la cama…Así que nos quedamos allí, en el suelo, viendo toda la programación. Recuerdo a Hermida perfectamente, hablando de aquel cohete como si fuera un hijo suyo... Y llegó el momento, justo cuando yo me había dormido. Nadie se dio cuenta y no me despertaron. Cuando abrí los ojos, todos estaban diciendo la maravilla que había sido, ¡el hombre había llegado a la luna y yo me había dormido justo en ese instante!. Me pesó toda la vida, de hecho, desde entonces no me pierdo ningún acontecimiento relevante en directo, es efectivamente, una adicción”.