Zahara, Berto Romero o Hernán Zin: estrategias artísticas ante la pandemia

Elusión, evasión o asunción.
Imagen promocional del disco Puta (Zaharra, 2021).
Imagen promocional del disco Puta (Zaharra, 2021).

Georges Didi-Huberman escribía en 2008 que es difícil hablar de “aquello a lo que uno mismo está directamente, vitalmente, expuesto”. A este respecto recoge en su obra Cuando las imágenes toman posición una entrada del diario personal de Bertolt Brecht, fechada a 16 de septiembre de 1940.

Allí expresaba el dramaturgo la inquietud con la que seguía la Batalla de Inglaterra, y la facilidad con la que, pese a todo, lograba trabajar en su obra El señor Puntila y su criado Matti:

Puntila casi no significa nada para mí, la guerra lo significa todo; sobre Puntila puedo escribir casi cualquier cosa, sobre la guerra, nada. Y no quiero decir que no “deba” escribir, sino que realmente no “puedo”.

La decisión de atender al presente dignifica la práctica artística. Pero resulta llamativo, sobre todo en el caso de activistas notables, que a veces se imponga el silencio o la huida allí donde uno está directamente concernido. Para Brecht, el escenario fue la guerra; para los artistas contemporáneos, la pandemia por coronavirus.

El relato artístico de la pandemia dará comienzo cuando sea cosa del pasado. Aunque ya existen indicios suficientes que indican que las estrategias creativas frente a ella serán tres: la elusión, la evasión o la asunción.

Eludir para sobrevivir

La fatiga, sea o no pandémica, también acosa a los artistas. De ahí que la elusión de lo inmediato no siempre pueda interpretarse en términos de huida o de mirar para otro lado: se trata, en ocasiones, de un repliegue. Una estrategia elusiva.

El último disco de Zahara, Puta, compuesto en plena pandemia, no habla sobre el confinamiento. Tampoco del coronavirus. No significa que no le importen: también a ella le afectó “el golpe de la realidad”. Pero, en su caso, la urgencia del presente puso de manifiesto sus propias necesidades. En una entrevista declaraba:

Lo he pasado fatal y el disco es el resultado de sesiones de terapia que desembocan en un hundimiento total con la pandemia. En mi intento de sobrevivir he escrito estas canciones.

El disco es el fruto amargo de un repliegue creativo, en buena medida catártico. Compuesto en una clave autobiográfica que no tarda en volverse colectiva, Zahara ha sido capaz de conectar a través de su música con otras víctimas de acoso escolar, maltrato psicológico o violencia machista. Hay otros virus además del coronavirus. Hay muchas pandemias que atender.

Fugas ‘tonificantes’

La noción de estrategia evasiva describe aquellas prácticas artísticas orientadas al cese pasajero y paliativo de la realidad. No se trata, por lo tanto, de eludir la pandemia para afrontar otros problemas, sino de abordarla desde una perspectiva compensatoria.

Esta opción suele ser un blanco habitual de la crítica. Desde un punto de vista creativo, corre el riesgo de alentar un arte diletante, carente de crítica y no combativo. Bajo otra perspectiva, existe la amenaza de una dulcificación de lo real o de una deserción optimista del presente.

Algunos estudiosos contemporáneos, como Erik Erikson, Terry Eagleton o Adam Kadlac, han prevenido contra los riesgos que entraña el optimismo si se elige como actitud ante la vida y abandona su estatuto de rasgo de carácter. La causa estriba en su capacidad para aplazar la gravedad de lo real y debilitar, con ello, nuestro mecanismo adaptativo. En este sentido, la realidad es terca: hasta en la última sonrisa del cortometraje Pandemic (Sebastian Jern, 2020) se asoma una tristeza incombustible que obstaculiza el final feliz.

No obstante, cuando no son programáticas, sino ocasionales, las fugas de ida y vuelta tonifican el ánimo. Son pequeñas píldoras con prospecto. Y a ello responden proyectos literarios como Érase un tal vez, puesto en marcha por la agencia Utopicum y con el propósito de crear, a través de microrrelatos acompañados de imagen, “el futuro en el que nos gustaría vivir cuando todo esto pase”.

La imposible nitidez

Las estrategias de asunción tienen por objeto la incorporación de la catástrofe en la vida cotidiana. Para ello, sin embargo, hace falta tiempo. Las emociones vividas han de cristalizar en recuerdos que, al ser contados, se conviertan en relatos para el desahogo personal y colectivo. Ahora estamos demasiado inmersos en lo que pretendemos asumir. La nitidez es imposible. La mirada, borrosa.

El artista plástico Yan Pei–Ming retrata esta desconcertante condición en su última obra, Pandémie (2021), expuesta en el Musée Unterlinden (Colmar, Alsacia). Así se expresaba para The Art Newspaper:

Esta es nuestra enfermedad. Doy una interpretación de una época que no viví y también, hoy, una representación imaginaria del Covid. Es negro, oscuro, del color del carbón. Estoy en la pintura, con una mascarilla. No soy médico ni cuidador, ¿qué puedo hacer para ayudar a combatir el Covid? Hay dos gatos junto a la Basílica de San Pedro en Roma; los gatos a menudo se asocian simbólicamente con la curación.

Pandemie.
Pandemie.

El museo, ubicado en un antiguo monasterio, alberga el Retablo de Isenheim (1515-1516) de Matthias Grünewald. Ambas obras conversan sobre la salvación, la fragilidad de lo profano y la urgencia de un consuelo trascendente.

Retablo de Isenheim (Matthias Grünewald, 1515-1516).
Retablo de Isenheim (Matthias Grünewald, 1515-1516).

El arte muestra así su vocación auxiliadora en tiempos de penumbra. En el retablo de Grünewald se aprecian, incluso en la oscuridad, los contornos de Jerusalén; lo único que se ve con nitidez en el de Yan Pei-Ming es la silueta luminosa de San Pedro de Roma. Símbolos de esperanza entre la ruina.

Crear sin la distancia necesaria

Esta claridad imposible no ha impedido que algunos creadores ya hayan intentado, en línea con las Lecciones sobre la Estética de Hegel, mitigar la intensidad del sentimiento mediante su representación: “ya en las lágrimas, decía el filósofo, hay un cierto consuelo”. El arte cumple para ellos la función de separar lo que estaba unido de forma incapacitante.

Esta decisión trae consigo dos consecuencias. En primer lugar, la transformación del espectador en el testigo interpelado de una pena que también es la suya. Además, cuando el artista sacrifica el paso del tiempo para forzar la comprensión y liberarse de sus emociones, la claridad sólo es posible si mira las cosas con lupa. En otras palabras, si abandona la ficción.

Así sucede en 2020, documental de Hernán Zin (2020), quien registró la actividad hospitalaria durante la primera ola; o en la obra de teatro documento I’m a survivor, de la dramaturga María San Miguel, donde escenifica, junto a su propia madre, el duelo tras la muerte de su padre.

Humor, bendito humor

Una aliada indispensable durante toda esta locura ha sido la comedia. Los cómicos se hicieron con el estandarte de la calma. Y detectaron dos fenómenos: la necesidad de confirmar que aquello no era broma; y la urgencia del humor para sobrevivir. Con rapidez inusitada pusieron de relieve las incongruencias de la nueva normalidad y lograron extirparlas de nuestro día a día: piezas absurdas de un extraño puzzle.

Los cómicos colaboran de esta forma para ayudarnos en esta asunción de lo extraordinario: tras el primer fin de semana de confinamiento, Andreu Buenafuente presentó su Late Motiv “en casa” y Berto Romero siguió atendiendo su consultorio “confinado”; tras cada desencuentro político, había una viñeta de Sansón, Peridis o JM Nieto, por citar sólo algunos; a los pocos días de la declaración del estado de alarma, los chicos de Stay Homas publicaron el tema Gotta Be Patient (Confination Song VI):

Tal y como describía el filósofo John Morreall en Comedy, Tragedy, and Religion (1999), la fuerza de lo cómico reside en su visión pragmática del mundo. Conforme a ella, la felicidad no forma parte de las promesas de un nuevo y normal mundo perfecto. Es algo que habrá que improvisar aquí y ahora.

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation.