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13/04/2018 07:31 CEST | Actualizado 13/04/2018 07:31 CEST

Amor que duele, amor 'fou'

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Dice Isaac Rosa en el prólogo de Amor Fou que la de Marta Sanz es una obra dotada de una coherencia poco habitual en la literatura española contemporánea. Y define la prosa de la narradora madrileña como una de las mejores que hoy se escriben en castellano, algo con lo que estoy muy de acuerdo. Su estilo narrativo está marcado por temas que siempre están de actualidad: la familia como fuente de conflicto, la culpa, la doble moral, el cuerpo y su declive -no se pierdan, si no las han leído, Clavícula y La lección de anatomía, ambas marcadas por una carencia de pudor imprescindible cuando uno analiza el mundo que lo rodea y el papel que desempeñamos en él-.

El amor, otro de esos temas eternos que jamás se agota, le sirve como contenedor de todos esos temas en Amor fou, una novela incisiva que Marta Sanz escribió en 2004 y que Anagrama acaba de reeditar.

En 'Amor fou' hay dolor, trampas, engaños, personajes que caminan con sus cicatrices a la vista de todos

Siempre he entendido la literatura como un bisturí que abre una herida y luego la cauteriza. Y esta escritora se maneja muy bien escribiendo sobre las heridas y sobre la utilidad de estas como forjadoras del carácter. Al fin y al cabo,para Marta Sanz el cuerpo es un texto, y cuando escribe notamos algo esa vocación de cirujana en ella. Leída en clave feminista, además, siempre resulta interesante. En más de una entrevista ha señalado con valentía que el mundo de la literatura no es ajeno al machismo que domina otros ámbitos de la sociedad. Defiende que se espera de las escritoras que sean "modestas y comedidas".

En Amor fou hay dolor, trampas, engaños, personajes que caminan con sus cicatrices a la vista de todos. Nada, por otra parte, ajeno al mundo cotidiano -salvo en el universo de las redes sociales, donde todos aparentamos ser estupendos y felicísimos-. También hay preguntas, hay un diálogo intenso con el lector, como en toda buena obra. Decía Kafka que un libro ha de ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro.

No sabe este ser sin ojos, sin oídos, sin boca lo que en el fondo le agradezco que desapareciese ni la falta que me hace mi marido. Adrián me inducirá a la benevolencia y me hará reinterpretarme a mí misma como una mujer diminuta y cariñosa cuando experimente el impulso de agarrar el cuello de Raymond y de apretar, apretar con muchísima rabia para demostrarle, en una impostura, lo fuerte y lo poderosa que soy.

Anagrama presenta la obra como un cuento de hadas salvaje, sin censura.Escrito, tal vez, con esa honestidad que es capaz de romper ese mar de hielo del que hablaba Kafka. Es fácil darse cuenta de que la palabra censura es el último calificativo que se podría aplicar a esta historia, concebida sobre un triángulo formado por Raymond, un narrador que analiza y se ve consumido por la relación actual que su ex pareja, Lala, mantiene con otro hombre.

La mujer para el hombre puede ser carne y tierra. Fútil elegancia. Molleja o vapor. Sin embargo, las mujeres no podemos satisfacernos solo con la carne de un hombre, porque alguien nos mirará por la calle y nos señalará con el dedo para murmurar que estamos enchochadas, que somos sucias, viciosas, que nuestro clítoris es un pellejo alargadísimo que refregamos contra las esquinas de los sanitarios del cuarto de baño. Las mujeres tenemos que buscar en los hombres sabiduría y templanza. Y puede ser así, pero no necesariamente.

Amor fou, con ese título tan irónico, y escrito hace más de una década, casi saca de quicio a su autora. Sufrió numerosos rechazos y, según podemos leer en la contraportada del libro, casi logra que Marta Sanz dejara de escribir. Menos mal que estamos ante una autora que parece necesitar mucho más que eso para dejar de lado el bisturí con el que nos disecciona a todos, empezando por sí misma.

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