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17/09/2013 07:28 CEST | Actualizado 16/11/2013 11:12 CET

¡Que vivan los Horners!

La esperanza de vida se ha disparado y una o un cincuentón está en plenitud de facultades físicas y mentales: tienen experiencia y una perspectiva más amplia y menos cortoplacista de todo lo que sucede. Sin embargo, se han convertido en los nuevos parias de nuestro sistema productivo.

Hace apenas unos lustros, cuando sobrepasaban la cincuentena, las personas arreglaban sus papeles y se ponían a bien con Dios. Hoy, gracias a los avances de la medicina, esa edad equivale a los treinta y tantos de épocas pasadas. La esperanza de vida se ha disparado y una o un cincuentón está en plenitud de facultades físicas y mentales: tienen experiencia y una perspectiva más amplia y menos cortoplacista de todo lo que sucede.

Sin embargo, se han convertido en los nuevos parias de nuestro sistema productivo. El baremo para los despidos que continúan asolando las empresas no es la capacidad, ni la actitud, ni el entusiasmo, sino la edad.

Si tienes más de cuarenta y cinco o de cincuenta años, a la calle. Te pagamos lo que haga falta pero no queremos verte más por aquí. O se les arrincona en cualquier trabajo humillante para que sean ellos mismos los que se vayan: no son ni uno ni dos los casos que conozco de estupendos profesionales que, tras años de brillante carrera se ven abocados a preparar cafés o a hacer fotocopias. Los veteranos son caros, nativos analógicos, desechables y hay que sacrificarlos al dios de la eterna juventud, deben ser sustituidos por empleados con veinte años menos, que hagan el mismo trabajo por una tercera parte de lo que la empresa pagaba antes.

Todos estamos concienciados con el drama del paro juvenil, de la generación del futuro, pero no reparamos en la del presente, en la masa de baby boomers que ven los lunes desde su ordenador, buscando ofertas de trabajo a las que nunca les contestarán. Porque son demasiado viejos. Porque les consideran demasiado viejos.

El camino de la emigración también resulta más difícil, con hijos en edad escolar, padres mayores e hipotecas pendientes. Y encima el gobierno les pide que se jubilen a los sesenta y siete para acceder a su jubilación, como si eso fuera posible, como si alguien les fuera a permitir conservar su puesto de trabajo hasta entonces.

Por todos estos motivos, el colectivo de los cincuentones desechos de tienta tenemos que buscar la esperanza en cualquier noticia que nos dé ánimo, que nos afirme en nuestra certeza de que aun valemos. Como el triunfo del estadunidense Chris Horner en la Vuelta a España.

Aunque no nos guste el ciclismo, aunque habitualmente no nos parezcan adecuados los recurrentes paralelismos con el deporte. Pero que un tipo de cuarenta y dos años (el equivalente a los sesenta y muchos en la vida real), al borde de la retirada, con una trayectoria honrada pero sin grandes logros, calvo como una bola de billar, consiga vencer a un pelotón de jovenzuelos después de 21 días y más de 3.300 kilómetros de durísima carrera es una reivindicación de esos intocables a los que la sociedad se empeña en echar a la cuneta. Una demostración de que, aunque nos quieran hacer sentir viejos y cansados, esta generación tiene mucho talento, ideas e ilusión que ofrecer al mundo, que no estamos para hacer calceta o sudokus sino que nos quedan muchos años buenos por delante, subiendo el Angliru, en las empresas, en los hospitales, en las universidades, en una sociedad que entienda que la experiencia es un valiosísimo activo y no una enfermedad terminal.

Por eso no puedo dejar de gritar, ¡qué vivan los horner! Todavía tenemos mucha guerra que dar. Y si no que se lo pregunten a Valverde, Nibali, Purito y compañía.