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11/12/2013 07:41 CET | Actualizado 09/02/2014 11:12 CET

Cambio generacional en la CEIM

Más allá de las formas, su lógica empresarial apenas varía de la que se considera caduca, ya que se trata de un empresariado que vive fundamentalmente de los contratos con las administraciones públicas y, por lo tanto, de tener buenos canales de comunicación con la política y los políticos.

En la próxima primavera, habrá elecciones para la presidencia de la asociación de empresarios de Madrid, CEIM (Confederación Empresarial de Madrid). El presidente actual es el omnipresente -y omnipresidente- Arturo Fernández, que ya ha presentado su candidatura de cara a esta convocatoria. Ahora bien, a estas alturas, en la gran familia que conforma la patronal madrileña -CEIM- y la Cámara de Comercio, ambas instituciones presididas por Fernández, todos dan por descontado que éste no será reelegido. El único que no parece saberlo es él. Pero, aunque parezca extraño, es lo que dice la historia política de esta patronal. Como la letra de algunos boleros, la historia reciente de la Cámara de Comercio de Madrid está llena de grandes traiciones. A Fernández Tapias, le traicionó Gerardo Díaz Ferrán y Arturo Fernández vendió a su amigo Salvador Santos Campano.

La actual debilidad política de Fernández, rodeado de escándalos y denuncias en los medios (pagos en negro a los trabajadores, actuaciones como consejero en la antigua Caja Madrid, la situación de sus negocios, etc.) parece dejarle pocas opciones. Aunque sea sólo por cuestión de lavado de imagen. Una sustitución que no aparece tanto en lo que se dice en los discursos, en la parte pública del ceremonial, cuyos contenidos tienden a la ramplonería y manifestar lo que ya todos saben sobre las visiones del asociacionismo empresarial de la evolución macroeconómica española o territorial, madrileña. Lo relativamente importante parece cocerse por debajo, como casi siempre: de puertas adentro, en los pasillos, en los cuchicheos y en los móviles.

Por primera vez en la historia de CEIM, hay más de una candidatura para presidir la asociación empresarial. De momento, la del propio Fernández y la de Hilario Alfaro. Éstas son las oficiales, las conocidas, porque, a la sombra de estas dos, el equipo de confianza de Arturo trabaja para el tapado que es Juan Pablo Lázaro. El principal valedor de esta candidatura oculta es Miguel Garrido de la Cierva, gran amigo de Lázaro, ya que ambos compartieron situaciones en la Asociación de Jóvenes Empresarios de Madrid (AJE).

¿Y qué es lo que pasa? Se está fraguando el cambio generacional. Gente con menos edad que los actuales dirigentes y, como ellos mismos dicen, menos caspi o, lo que es lo mismo, con exposiciones públicas más cuidadas, más formales y, en general, como de mejor familia. De hecho, los dispuestos a suceder a lo que consideran una vieja clase empresarial en declive -de modales discutibles, más propios del nuevo rico- pertenecen en mayor medida a esas clases medias-altas madrileñas que tan bien retrató Manuel Longares.

En los entresijos de CEIM se representa la lucha de élites que describió Vilfredo Pareto hace un siglo. Los que se suponen de mejor calidad y conocimiento -y hacen ostentación de ello- se organizan y desplazan calladamente a la élite en el poder, que, consciente de su debilidad, apenas ofrece resistencia, entregándose a los sustitutos. Sin exhibición de fuerzas. Sin violencias, ni estridencias.

Los potenciales sustitutos en el poder de la CEIM se organizan fuera. Miguel Garrido de la Cierva, actual director de la Cámara de Comercio y presidente de la Academia de Gastronomía de Madrid; Alfonso Carcasona García, consejero delegado de Camerfirma, constando como administrador de empresas de consultoría empresarial; y Juan Pablo Lázaro Montero de Espinosa, presidente del Club Financiero Génova y vicepresidente de CEIM, vinculado a consultoras financieras y empresas del transporte urgente. Se conocen de la AJE, y ya se sienten preparados para poner en marcha el motor de la circulación de las élites. Hay que subrayar que, más allá de las formas, su lógica empresarial apenas varía de la que se considera caduca, ya que se trata de un empresariado que vive fundamentalmente de los contratos con las administraciones públicas y, por lo tanto, de tener buenos canales de comunicación con la política y los políticos. Se trata, una vez más, de ese capitalismo de BOE que genera tantos liberales de boquilla. Esa proximidad entre empresa y política a la que estamos tan acostumbrados en nuestro país y que puebla con excesiva frecuencia las portadas de los medios de comunicación. En este aspecto, parece que todo seguirá igual y que no habrá perfil realmente empresarial en el nuevo asociacionismo. Seguirá sin emprendedores -término ya saturado- que logran sus éxitos empresariales sin cobertura de los poderes públicos y que, en general, lo único que quieren de éstos es que paguen a tiempo y, sobre todo, les dejen trabajar en paz.

Desde fuera, tal vez sea el momento de preguntarnos para qué sirven estas organizaciones e instituciones. En Madrid y en el resto de España. Los empresarios de verdad, que se supone que son los representados, desconocen la respuesta. Viendo qué personajes esconden -Díaz Ferrán, Arturo Fernández, Carlos Fabra, que ha sido plenamente apoyado por la Cámara de Comercio de Castellón tras la sentencia por delito fiscal- y qué personajes acuden a ellas, encontramos parte de la respuesta a la pregunta. Sabemos a quiénes sirven. Si, además, tenemos en cuenta que algunas de estas instituciones, como buena parte de las Cámaras de Comercio, cuentan con un importante capital acumulado por decenios de cuota obligatoria. Interesa a los que están, que serán prácticamente los mismos que estarán. Cambio de élites dentro de la misma clase social.