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08/05/2018 07:34 CEST | Actualizado 08/05/2018 07:34 CEST

El viejo principio que explica por qué somos adictos a las redes sociales

Photo by Ardeshir Etemad at Pexels.com

Es llamativa la cantidad de veces que nos sorprendemos a nosotros mismos comprobando una y otra vez si nuestras publicaciones tienen el éxito que esperamos. Y en ocasiones nos preguntamos si, tal vez, estamos demasiado enganchados. Quizá un síntoma claro de que alguien tiene realmente un problema de dependencia es empezar a sospechar que tal vez lo tiene. Por eso siempre es bueno saber por qué pueden producirse este tipo de adicciones.

La verdad es que, por nueva que parezca la tecnología que está detrás de las redes sociales, uno de los principios que explican por qué pueden producir dependencia fue formulado hace mucho tiempo por un científico de Harvard llamado Frederic Skinner. Y los experimentos que lo demostraron se llevaron a cabo, entre otros procedimientos, con ratones atrapados en jaulas. Una metáfora de las redes sociales tan cruda como posiblemente real.

Lo que nos hace verdaderamente dependientes no es el refuerzo en sí mismo, sino el no saber si después de una conducta aparecerá o no

Es muy sencillo de entender: la conducta de las personas está mantenida por lo que llamamos refuerzos, que son un tipo de consecuencias que tiene nuestra conducta. Es muy evidente que, si durante una visita a su abuela, un niño se arroja en sus brazos y le da un beso, y a continuación ella le da un euro, la próxima vez que la visite tenderá a hacer lo mismo de nuevo. De igual manera, es esperable que, si alguien se libra de un dolor de cabeza de manera casi instantánea tomando una determinada pastilla, la próxima vez que le duela buscará ese mismo comprimido. En el primer caso se trata de un refuerzo positivo y en el segundo de un refuerzo negativo.

Sin embargo, lo realmente interesante es que las conductas que son permanentes, y de las que es difícil librarse, no están mantenidas por refuerzos continuos, sino intermitentes. Es decir, lo que nos hace verdaderamente dependientes no es el refuerzo en sí mismo, sino el no saber si después de una conducta aparecerá o no. El ejemplo más claro son las máquinas tragaperras. Si alguien supiera de antemano que uno de estos aparatos nunca da premio, jamás jugaría. De igual manera, si la máquina siempre devolviera la misma cantidad que el jugador introduce, tampoco tendría ningún tipo de interés (el tercer caso posible, que es que siempre dé premio es obviamente inviable). Lo que engancha de estos aparatos es que jugar a veces tiene recompensa y a veces no.

Lo que nos pierde de las redes sociales es que a veces tenemos más interacciones y a veces menos, y ese juego nos atrapa

Piénsalo bien: si siempre que subieras a tu perfil una foto tuviera exactamente el mismo número de likes, las redes sociales rápidamente perderían su interés. Es más, aunque el número de likes subiera con cada imagen, pero el incremento siempre fuera el mismo (por ejemplo, un like más en cada foto), tampoco tendría gracia alguna. Lo que nos pierde de las redes sociales es que a veces tenemos más interacciones y a veces menos, y ese juego nos atrapa.

Es posible que pienses que tú no eres del tipo de personas que suben fotos, pero aun así el principio es el mismo. Cuando entramos en las redes sociales, o en los grupos de WhatsApp, buscamos algo que nos guste, que nos distraiga o que nos divierta. Y, cuando lo encontramos, nos sentimos recompensados por nuestra conducta de haber entrado. Es decir, reforzados. Sin embargo, como en el caso de las máquinas tragaperras y los likes, esto no ocurre siempre. Y eso es lo que nos engancha. Si siempre que entráramos encontráramos algo interesante, incluso muy interesante, las redes perderían su encanto. Porque hasta el mejor vino cansa si se bebe todos los días.

Así pues, la próxima vez que te entre la tentación de mirar tu móvil sin un objetivo concreto, piensa en aquellos ratones de Skinner: encerrados en jaulas, desesperados por conseguir su comida, apretando frenéticamente pulsadores sin saber cuáles funcionan y cuales no y, sobre todo, sin apenas poder intuir que su vida transcurre en un experimento en el que están siendo manipulados.

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