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24/02/2018 10:00 CET | Actualizado 24/02/2018 10:00 CET

Las bondades de vivir en España

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Hace un año me mudé a Barcelona. Echo de menos a México, quizá cada día un poco más. En estos 365 soles, sin embargo, también he descubierto las maravillas de un lugar que te acoge sin preguntar nada. Y no me refiero solo al pedazo de tierra que despide magia entre el mar Mediterráneo y las montañas, tampoco únicamente a Cataluña como comunidad autónoma. Hablo de un país, entero y lleno de complejidades.

Cuando le pregunto a mi marido qué significa ser español, en sus respuestas oscila una mezcla de confusión y de amor. El vínculo a una nación que goza de cinco lenguas oficiales, climas dispares, políticos satirizados y una bandera asociada a la monarquía es algo difícil de explicar. Me resulta curioso cómo los alicantinos señalan las diferencias entre los vascos y los andaluces, o bien los gallegos entre los catalanes y los madrileños.

Mi percepción es distinta. A pesar de que mi abuelo nació en Madrid hace casi un siglo, de que mis parientes heredaron su pasaporte y de que varios de mis amigos más entrañables también portan la nacionalidad, yo veo a España con ojos de extranjera. En mi escuela, durante las clases de historia, aprendí poco de sus reinos y mucho de sus conquistadores. Hace tiempo, cuando tuve la oportunidad de viajar por primera vez a su capital y de conocer algunas de sus ciudades lo hice como turista, sin enterarme de las grietas ideológicas que vive su gente más allá de su geografía.

Ojalá todos se pudiesen dar cuenta de ese calor común que yace bajo lo que en apariencia les divide.

Y hoy, tras experimentar meses de tensión ante un posible referéndum, cacerolazos, un atentado terrorista, manifestaciones, lluvias y calores, afirmo lo que antes intuía. Los españoles están empeñados en encontrar sus diferencias, cuando lo que les une es muchísimo más grande y valioso. Es una pena que algunos no puedan ver que la unión hace la fuerza. Tampoco me atrevo a juzgar, hay cargas emocionales que impuso la historia más allá de mi comprensión.

Quizá sentirse español tiene poco que ver con la sangre o con un linaje propio de un territorio. Tal vez responda a cierta sensibilidad compuesta por mil factores: la gastronomía, la variedad de paisajes, los legados literarios, el arte, las tradiciones, la belleza de las calles, la lengua, el afán por la fiesta, los vinos y hasta la selección de fútbol. Hay mil y una razones para amar a este país.

España es un crisol donde conviven la pasión y la nostalgia, donde las panaderías son aliadas de las sobremesas, donde las familias se aferran a la receta de la abuela para hacer croquetas de jamón, donde las hazañas de sus héroes aún resuenan en el corazón de su gente. Ojalá todos se pudiesen dar cuenta de ese calor común que yace bajo lo que en apariencia les divide.

Yo solo siento gratitud. Dejar mi país no ha sido fácil, aunque tampoco complicado. Que mi lengua materna sea el castellano ayuda, por supuesto, pero creo que las muestras de cariño que he recibido y las posibilidades que he encontrado son consecuencia de una energía que fluye desde la frontera portuguesa hasta los Pirineos franceses. En España es posible vivir bien y eso es gracias a las personas.

¿Qué va a pasar en unas décadas? ¿Se van exacerbar las discrepancias? ¿Se disolverá el país? ¡Ojalá que no! Mientras tanto, un brindis para todos los españoles, incluidos los catalanes, los vascos o los que no se sientan del todo parecidos. ¡Salud por dejarme claro que las diferencias sirven para encontrar lo que nos hace iguales!

Este post se publicó originalmente en el HuffPost México.

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