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24/11/2018 09:33 CET | Actualizado 24/11/2018 23:53 CET

Bebés prematuros y leche materna

EFE
Un bebé prematuro.

Ninguna madre está preparada para conocer a su hija rodeada de cables, sin formar y luchando por vivir. Y esa es la primera imagen que tuve yo de Bárbara. Enfrentarte a eso es demoledor. No hay palabras que lo describan. Entrar en la Uci neonatal es estar en un mundo aparte. Han pasado 3 años y aún recuerdo con nitidez los pitidos de las máquinas. Mi hija fue una prematura extrema: 25 semanas, 800 gramos. Una superviviente. Una gladiadora. Una niña feliz y sana.

De nada sirvieron los meses de embarazo en reposo absoluto. Y todos esos sueños y planes que tenía para mi tercera hija. Quería disfrutar con ella del que sería mi último embarazo y por supuesto de la lactancia materna, tal y como lo hice con mis dos hijos anteriores. Pero el destino me tenía preparada una sorpresa. Rompí la bolsa amniótica de 24 semanas y mi cuerpo no aguantó más: Bárbara nació de 25 semanas. Diminuta. El pronóstico no era muy favorable.

Estar durante semanas en la UCI neonatal es como hacer equilibrios en una cuerda floja. Caminas siempre al borde del precipicio, mirando al vacío, con la sensación de que puedes caer en cualquier instante. Cada día el pronóstico médico y nuevos riesgos. Un paso para adelante, dos para atrás. Los prematuros se duermen y se olvidan de respirar. La máquina pita y tu corazón se sale del pecho. Cada día que superan es un reto cumplido. Todo allí es intenso. La delgada línea que separa la vida y la muerte. La fragilidad de esos diminutos cuerpecitos que se aferran a la vida. Un lugar en el que la luz natural se ve por la ventana. Todo pasa al otro lado de la ventana. Dentro el tiempo está detenido.

Estar durante semanas en la UCI neonatal es como hacer equilibrios en una cuerda floja. Caminas siempre al borde del precipicio.

Recuerdo aquellos días de una forma borrosa... estadísticas devastadores, mensajes médicos. Cuando di a luz tuve muchas cosas que decidir y asumir, cosas muy duras... y una de ellas era darle o no lactancia materna a mi hija.

Consulté esta decisión con el equipo médico y viendo mi caso me dijeron: "No vayas de valiente, estás muy débil, tu cuerpo está agotado, tienes otros dos hijos y tienes por delante meses muy duros. Reserva fuerzas para lo importante, sacar a tu hija de la Uci"

Pero mi cabeza no dejaba de darle vueltas a la idea de cómo negarle a mi hija algo como la leche materna, algo clave para su supervivencia. Entonces en el hospital La Paz me informaron que tienen un Banco de leche materna. Firmé la autorización y a Bárbara le dieron leche de otras mamás.

Bárbara luchaba cada día, superaba pruebas e iba ganando gramos. Y la leche materna en estos casos es tan importante...

Mamás que han dado a luz, que tienen leche de sobra y que la donan generosamente para casos como el mío. Los bebés prematuros son prioridad en el hospital porque ellos necesitan más que ningún otro bebé ganar peso. Al principio Bárbara se alimentaba por sonda. Pero no olvidaré en mi vida el primer biberón de Bárbara. Era una jeringuilla con un poquito de leche. Fue un momento maravilloso. Bárbara luchaba cada día, superaba pruebas e iba ganando gramos. Y la leche materna en estos casos es tan importante...

Los 3 meses que estuvo ingresada tuvo lactancia materna. No mía, pero eso daba igual. Por eso me parecen maravillosos los actos como el congreso de Suavinex y su campaña y productos para apoyar la lactancia materna. Ojala todos lo hiciéramos. La lactancia materna salvó a mi hija.

Bárbara luchó y ganó. Cuando se lucha tanto por vivir, es para ganar. Hoy Bárbara es una niña absolutamente normal y maravillosa que venció a todas las estadísticas que me dieron el día que nació. Y gracias a ella yo soy mejor persona y mucho más feliz.

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