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07/02/2018 07:27 CET | Actualizado 07/02/2018 07:29 CET

El futuro de la UE a debate: por una candidatura paneuropea al Parlamento y la Comisión Europea

JFLA

La semana pasado tuvo lugar en Bruselas, bajo auspicios de El País, un importante foro de debate sobre el futuro de Europa en perspectiva española. Intelectuales de fuste como Mario Vargas Llosa y estadistas experimentados como Felipe González, contendieron en paneles con mandatarios de la UE aún en activo como el Presidente Juncker y periodistas especializados como Xavier Vidal-Folch y José Ignacio Torreblanca.

Como era de esperar, la cita ofreció reflexiones dignas de reseña. Pero un punto de interés seguramente singular resultó ser la expresión de preocupación a propósito del declinante peso específico de España en el timón de mando y toma de decisiones relevantes en la UE. Habiendo perdido últimamente el envite planteado por la candidatura de Barcelona como sede en la que albergar la Agencia Europea del Medicamento (en beneficio de Ámsterdam, en los Países Bajos, que ya cuenta con Europol y Eurojust, además de la sede del Tribunal Penal Internacional en La Haya...), España parece tocar en este momento fondo por la ausencia de españoles en posiciones de liderazgo en la estructura de la UE y en la constelación de sus Agencias y organismos.

El contraste con la línea de éxitos encadenados en Europa por nuestro vecino Portugal (en Europa y en sus relaciones exteriores) resulta revelador

El contraste con la línea de éxitos encadenados en Europa por nuestro vecino Portugal (en Europa y en la arena de sus relaciones exteriores) resulta revelador. Portugueses han sido el anterior Presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, y el hasta hoy Vicepresidente del BCE, Victor Constancio. Portugués es el flamante Presidente del Eurogrupo, Mário Centeno; portugués es el Secretario General de la ONU, António Guterres; y portugués es también el nuevo Director in péctore de la Organización Internacional de Migraciones, António Vitorino.

Del mismo modo en que durante un tiempo pudo afirmarse que España "boxeaba por encima de su peso" en los asuntos europeos, parece cada vez más palmario que ahora lo hace por debajo. Ausencia de estrategia europea y de claridad de ideas, "daños reputacionales" contra la imagen de España causados dolosamente por los responsables del pulso secesionista catalán... y -por qué no reconocerlo- ausencia de proficiencia lingüística persuasiva en candidatos españoles a puestos en el exterior, concurren en la explicación de un cuadro de situación del todo insatisfactoria y, por tanto, preocupante.

Este último aspecto parece haber concurrido en la explicación del desdichado episodio -saldado con un fracaso en el pasivo del Gobierno del PP- en torno a la problemática terna a la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa para cubrir la plaza de magistrado español del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. De lo que, me comprometo, hablaremos en una próxima entrega de esta misma tribuna. Pero, en lo que nos importa, resalta el contraste español con nuestro vecino Portugal, cuyos representantes en todas las instituciones dominan con fluidez (y naturalidad) inglés, francés y español (además de portugués: "Asombróse un portugués que todos los niños en Francia supieran hablar francés..."), lo que, tópicamente, tiene mucho que ver con que prescindan del doblaje en su consumo de series, telefilmes y películas: ¡versión original con subtítulos... garantía de aprendizaje de las lenguas extranjeras!

Pero esta semana de Pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo, sacudida por el crudo frío de este invierno de nuestro descontento de 2018, la política europea se despereza espoleada por la inminencia del Brexit... y por la persistencia de sus incertidumbres.

45 años después de su adhesión a las Comunidades Europeas, el abandono del proyecto de integración europea por parte del Reino Unido (R.U) marca un antes y un después

En efecto, tras 45 años desde su adhesión a las Comunidades Europeas, el abandono del proyecto de integración europea por parte del Reino Unido (R.U) marca un antes y un después, un dramático punto de inflexión.

Por su PIB y población, y a pesar de sus opt-out y su habitual reluctancia a una mayor integración (nada de "Unión más estrecha"), R.U se ha figurado a todo lo largo del trayecto como "uno de los grandes". Se explica, pues, fácilmente, conforme a las leyes de la física, que el peso desalojado por su divorcio del resto producirá corrimientos tectónicos y una reordenación severa del equilibrio de fuerzas e intereses. La UE está obligada a deducir las lecciones de su marcha, y a hacer valer la ocasión planteada por el Brexit (salida de un socio habituado a remar contrapedal) para un relanzamiento de objetivos postergados: de nuevo, Europa social, recursos financieros propios del presupuesto europeo (¡esta tasa sobre las transacciones financieras que tanto hemos reclamado los socialistas europeos!), tesoro público europeo, "ministro europeo" de finanzas, y un presupuesto específico para la zona euro.

De los 73 escaños que desalojan los británicos, 54 de ellos serían redistribuidos conforme al llamado "principio de proporcionalidad degresiva" respecto de la población

En este contexto surcado de tensiones e incertezas, el Parlamento Europeo (PE) ha debatido en Estrasburgo el nuevo reparto de escaños tras la salida de R.U. De los 73 escaños que desalojan los británicos, 54 de ellos serían redistribuidos conforme al llamado "principio de proporcionalidad degresiva" respecto de la población (art.14 TUE). Quedaría todavía un remanente de 19 escaños (sin utilizar, por ahora...) "para futuras ampliaciones". Una consecuencia directa consistirá en que España verá crecer su actual representación en el PE, pasando de los actuales 54 escaños españoles (desde el Tratado de Lisboa, TL), a un total de 59 en la próxima elección prevista para fines de mayo del próximo 2019 (con toda probabilidad, en coincidencia con las próximas elecciones municipales y autonómicas en 13 CC.AA, el cuarto domingo de ese mes).

Nos acercaríamos así a la recuperación del recorte sensible (pasando de 60 a 50) que habíamos experimentado con la negociación del Tratado de Ámsterdam efectuada en los tiempos del Gobierno del PP presidido por Aznar (1999).

Hay todavía otro aspecto especialmente importante del debate y negociación actualmente aún en curso (y pendiente de su preceptiva aprobación por la unanimidad del Consejo, órgano en que se reúnen los Gobiernos de los EE.MM). Residiría éste en la propuesta de adicionar a los actuales escaños del PE los elegidos en el marco de una "lista transnacional europea" a las listas nacionales. Esa "lista paneuropea" de, al menos, 27 escaños (léase "uno por país"), permitiría articular (y dar visibilidad) a la dimensión supranacional de la escala y magnitud de la representación en el PE. Y permitiría, además, proyectar en toda la UE la imagen y figura del "Spitzenkandidat" (candidato/a cabeza de lista, potencialmente lanzado/a hacia la Presidencia de la Comisión Europa, en función del resultado...) en su calidad de cartel de liderazgo electoral de cada una de las grandes "familias" (Grupos políticos) del pluralismo europeo.

¿Es preciso subrayar que los socialistas somos decididos partidarios de esta lista transnacional, y de la identificación de una candidatura paneuropea -socialista, como, naturalmente, de los demás Partidos que aspiren a ganar en las urnas del próximo 2019- a presidir la Comisión?

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