BLOGS
19/09/2018 07:12 CEST | Actualizado 19/09/2018 07:12 CEST

No habrá más oportunidades para la Comisión Juncker

JFLA

En el Pleno de septiembre, el Parlamento Europeo (PE) ha vivido algunos de los debates y votaciones más intensos del año en curso. Los socialistas españoles hemos sido una parte decisiva tanto de la conformación del voto del Grupo Socialista en el PE como del tono y resultado político de los debates.

Para empezar, en la aprobación de la Directiva del Mercado Único Digital que, entre otros objetivos, refuerza la protección de los derechos de los autores, artistas y creadores (trabajadores que han de vivir, no se olviden, de los rendimientos de su esfuerzo) ante las plataformas y proveedores de servicios en la red y, particularmente, ante los denominados gigantes de Internet, conforme a los valores y principios de nuestro ideario y compromiso progresista, así como a las posiciones que hemos venido sosteniendo en nuestra acción de Gobierno, desde Zapatero hasta Sánchez al frente del Ejecutivo.

Intervinimos también en el debate con Tsipras, primer ministro de Grecia, enérgico en su denuncia de los perversos sesgos, en Grecia y en toda la UE, de la austeridad impuesta a lo largo de los años de la Gran Recesión que arrancó en 2008, insensible con los sufrimientos infligidos sobre millones de personas humildes que nada tuvieron que ver con las causas de la crisis, y con los estragos sociales de la desigualdad.

El resultado del voto mostró la unidad de la izquierda y el arco progresista en el PE frente a la división e impotencia de la derecha y de los conservadores

Intervinimos también en la votación que culmina años de preocupación en el PE acerca de la involución autoritaria en Hungría. Nuestra actuación se inició en la Legislatura en que presidí la Comisión de Libertades, Justicia e Interior del PE (Comisión LIBE) (2009-2014).

En esa calidad presidí la Hungarian Delegation del PE, una misión parlamentaria que sostuvo interlocución en Budapest con las máximas autoridades del país magiar para evaluar de primera mano la compatibilidad con el derecho europeo del Tratado de Lisboa (y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE) que entró en vigor en 2009. La alarma se había disparado desde la llegada al Gobierno de Victor Orbán, líder de Fydesz (2010). Con el rodillo exclusivo de su mayoría absoluta, sin parar en mientes ante cualquier atropello contra sus oponentes, impuso implacablemente una sucesión de reformas constitucionales (¡cuatro en apenas tres años!), arrollando los derechos de la oposición y las minorías. En ellas restringió gravemente la libertad de expresión y de comunicación, el pluralismo informativo, el estatus de los extranjeros, la independencia judicial y el derecho al juez predeterminado por la ley. Los miembros de aquella misión fuimos sometidos a una campaña de prensa negativa en los medios férreamente controlados por el aparato de propaganda gubernamental, presentando a la UE como una "¡nueva Unión Soviética!" y al PE como una "inaceptable injerencia contra la soberanía húngara"... como si -tal y como hube de subrayar en conferencia de prensa entonces en Budapest- el PE no representara, también, los derechos de ciudadanía europea de 10 millones de húngaros, y la integración de Hungría en la UE no consistiese exactamente en una transferencia acordada de "soberanía" en la que se asumen derechos y obligaciones en aras de valores comunes y objetivos compartidos.

Abochornante para el PP español, en cuyas filas hubo abstenciones pero también votos de apoyo a las desafiantes posiciones de un Orbán escorado hacia la ultraderecha nacionalista y reaccionaria

El resultado del voto mostró la unidad de la izquierda y el arco progresista en el PE frente a la división e impotencia de la derecha y de los conservadores, notoria en el PP Europeo del que Orbán es miembro distinguido, y singularmente abochornante para el PP español, en cuyas filas hubo abstenciones pero también votos de apoyo a las desafiantes posiciones de un Orbán escorado hacia la ultraderecha nacionalista y reaccionaria, cada vez más rabiosamente eurófoba, e incluso quienes no tuvieron cuajo siquiera para votar nada encontrándose en la Cámara en el momento decisivo. Pero ese resultado es histórico: sitúa, por primera vez, sobre la mesa del Consejo, su responsabilidad en la imposición de sanciones a los Estados de la UE groseramente incumplidores no sólo del Derecho Europeo, sino de los valores y principios constitucionales que se comprometieron a observar y respetar cuando se adhirieron al club y cuando ratificaron el TL y la CDFUE.

Con todo, el debate más esperado fue el habitual del pleno de septiembre en Estrasburgo; el Debate sobre el Estado de la UE con el presidente Juncker. Se trataba de la última entrega de esta Legislatura 2014-2019, el corolario/epitafio de la Comisión Juncker. Tal como manifesté en mi intervención, hubiera sido alentador asistir a alguna resonancia de la Novena Sinfonía (uno de sus movimientos en el himno de la UE) en vez del remedo triste de la Sonata Patética, también de Ludwig Van Beethoven, al que nos sometió una vez más el tono monocorde y cansino del delicuescente presidente de la Comisión. Falto de garra y energía, resultaría fácil desviarse de la merecida crítica a los defectos y silencios de la Comisión estos años para centrarse en la falta de pulso de algunos de los actores principales del guion. Pero ese no ha se ser, a mi juicio, el objeto principal de reflexión.

Gravemente, a mi juicio, en toda una hora de discurso, y pese a su parsimonia, Juncker no hizo referencia a los contenidos pendientes de la Agenda Social

Jean Claude Juncker ha sido, indudablemente, un veterano primer ministro de Luxemburgo (20 años al frente de numerosos gobiernos de coalición en el Gran Ducado) con una visión europeísta. Experimentado en muchas bregas, atesora los elementos de juicio como para evaluar con criterio las actuales dificultades, y asesorar las potenciales vías de salida. Su Libro Blanco sobre el Futuro de Europa de 2016 ofreció, básicamente, esa panoplia de opciones, desde las más inaceptables ("seguir arrastrando los pies como hasta ahora"), hasta las más utópicas (el "gran salto federal").

Tiene poco sentido que, llegados a este punto terminal de su mandato (ha anunciado que no repetirá), proponga ahora ante la Eurocámara soluciones impracticables (superar la actual regla de la unanimidad en políticas sustanciales como la fiscal), que requerirían incluso reformas de los tratados, sin confrontar, llamándolos por su nombre, a los EE MM que han impedido hasta ahora ningún avance respecto de los asuntos que centran la agenda y el debate europeo.

Tenemos trabajo, mucho, para reparar tantos rotos, destrozos y descosidos...

Tiene menos sentido que proponga iniciativas legislativas que apuntarían a innovar el ordenamiento jurídico cuando ha sido incapaz de asegurar el cumplimiento del derecho en vigor, ni de defender tampoco con empuje y compromiso las iniciativas en curso que llevan años bloqueadas en el seno de un Consejo (reunión de los Gobiernos de los EE MM) cada vez más abandonado a la rebatiña de egoísmos nacionales en conflicto y a la insolidaridad que es negación de los objetivos proclamados cuando ratificaron el TL, por no hablar de violaciones flagrantes del derecho vigente (realojamiento y reasentamiento de refugiados en la UE) y del Derecho Internacional humanitario (operaciones de rescate y salvamento en la mar, y recepción de embarcaciones en el primer puerto seguro más próximo).

Gravemente, a mi juicio, en toda una hora de discurso, y pese a su parsimonia, no hubo referencia concreta a los contenidos pendientes de la Agenda Social, postergada hace largos años, hasta desaparecer o hacerse invisible en el debate. Apenas una alusión a la Cumbre de Gotemburgo (Suecia) en la que se discutió su recuperación y lanzamiento. Y en materia fiscal tampoco hubo compromiso con las herramientas ("recursos propios") para el sostenimiento. Tenemos trabajo, mucho, para reparar tantos rotos, destrozos y descosidos...

Tomemos nota, ciudadanos y ciudadanos de la UE, al votar en 2019. En ese voto tenemos la fuerza

En este su último debate sobre el Estado de la Unión ante el PE en Estrasburgo, el presidente Juncker, rayano ya en la indolencia ante la enormidad de los retos (y de su responsabilidad en su recrudecimiento, tras los años transcurridos y las ocasiones perdidas...), pudo escuchar de viva voz la síntesis de la desazón socialista ante los vacíos y defectos del balance final de su mandato: "You'll never have a second chance to make a first impression!", "You'll never have a second chance to be the Commission of the last chance!" ("¡Nunca volverás a tener una segunda oportunidad de causar una primera impresión!"... "¡Nunca volverás a tener una segunda oportunidad de ser la Comisión de la última oportunidad"!).

Tomemos nota, ciudadanos y ciudadanos de la UE, al votar en 2019. En ese voto tenemos la fuerza. Usémosla para impedir que se verifique el pronóstico siniestro de crecimiento de escaños de la ultraderecha reaccionaria y nacionalpopulista. Porque ese temido e indeseable triunfo de la antieuropa sólo sucederá por incomparecencia de los europeístas, de quienes tenemos la fuerza, el poder y el deber de impedirlo con el voto.

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs

APRENDE A USAR TU DINERO