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30/11/2018 18:28 CET | Actualizado 30/11/2018 18:31 CET

El cine sin Steven Spielberg

Una imagen de 'La lista de Schindler'.

Truffaut, Varda, Mizoguchi, Wenders, Coixet, Kar-wai. Existe una plétora de cineastas que me hipnotizan y me subyugan, de esos nombres propios a los que admiro y recurro una y otra vez. Sin embargo, parece haber un director al que no se puede admirar. No importa lo que Steven Spielberg haya hecho ni cuánto haya demostrado, él ocupa 'otro lugar'. Y ese punto geolocalizado no es otro sino la sala de cine, el espacio al que todo cineasta debe aspirar y al que él, durante cuarenta años, ha entregado un buen porcentaje de audiencia. No es suficiente.

Por el pulso de Steven Spielberg late el cine. Sus venas conducen encuadres, guiones, escenas y butacas, siempre butacas. En ellas ha rentabilizado su talento y por ello ha sido hostigado. Para muchos no es un artista, es punto menos que mercenario.

Su conflicto recuerda al sostenido por Andy Warhol con los críticos de arte coetáneos, quienes no veían en su obra atisbo de originalidad, sino una reproducción serializada con un esbozo, una plancha y miles de reproducciones. Aquella era una expresión artística nueva, pero a juicio de los más puristas no era arte sino espectáculo: dónde estaba la bohemia, se preguntaban; cómo era posible que mercantilizara una inspiración que le granjeó fama y dinero a espuertas.

Su cine ha sido conceptualizado como espectáculo, poco artístico y perfectamente orquestado para maximizar beneficios...

El espíritu de Steven Spielberg se parece, en ese sentido, al de George Méliès. A finales del siglo XIX y principios del XX, Méliès comprendió que el cine podía trascender el mero lenguaje testimonial, adentrándose en la fantasía. Implementó un gran número de avances en el ámbito de los efectos especiales, creando no solo la primera película de ciencia ficción de la historia (Le Voyage dans la Lune, 1902), sino innumerable aparataje al servicio del ilusionismo cinematográfico como la exposición múltiple, las trampillas, las tramoyas y todo utensilio teatral y circense trasladado a un arte nuevo lleno de posibilidades.

Lo mismo ha sucedido, en décadas diferentes y con códigos completamente distintos, con Steven Spielberg. Su cine ha sido conceptualizado como espectáculo, poco artístico y perfectamente orquestado para maximizar beneficios. El recurso a la espectacularización, a la banda sonora que subraya las emociones (en deuda vitalicia con John Williams), así como a las tramas que fomentan la redención de los protagonistas y los desenlaces benignos son algunos de los yerros que se le achacan.

Mario Anzuoni / Reuters
Steven Spielberg.

Sin embargo, hace 25 años el director de Cincinnati nos brindó La lista de Schindler, un drama capaz de estremecer al más inconmovible, que no es sino un canto al buen hacer cinematográfico se mire por dónde se mire. La cinta, a la que el propio Billy Wilder admiraba, no solo ofrecía un retrato brutal del nazismo, sino que además lo hacía con un lirismo cinematográfico fuera del alcance de gran número de cineastas. La planificación de las escenas, de cada encuadre, de cada uno de los planos y hasta de los fotogramas es tan sublime que, aun eligiendo cualquier segmento al azar, habría motivos para la loa. Ganadora del Oscar a Mejor director y al de Mejor película, entre otros muchos, La lista de Schindler es una obra maestra sobre la que cabe escasa discusión.

Por supuesto, esto no es óbice para que, en aquel 1993, Steven Spielberg realizara otro proyecto ambicionado desde hacía varios años, ni más ni menos que Jurassic Park, el inicio de una saga ya icónica que este año, además, celebra igualmente su 25 aniversario.

El devenir del cine tendría historia con o sin él, no cabe duda; pero cuánto cine se perdería la historia sin Steven Spielberg.

Spielberg, como Méliès, ha sido el gran ilusionista del cine, capaz de fosforecer las ensoñaciones infantiles desde los años setenta, regalando magia en forma de cine con películas como Encuentros en la tercera fase (1977), E.T. (1982), Tiburón (1985), Indiana Jones,En busca del arca perdida (1981), Indiana Jones y el templo maldito (1984) e incluso como productor, legando grandes iconos como Poltergeist (1982, Tobe Hooper), Los Goonies (1985, Richard Donner) o Regreso al futuro (1985, Robert Zemeckis).

Aun así, asumiendo su carácter de entertainer dirigido a un público eminentemente juvenil, se pueden incluir en la lista cintas en las que el cineasta Spielberg muestra pocas o nulas sospechas de sesgo comercial, solo hay que recordar títulos como El color púrpura (1985), Múnich (2006), Lincoln (2012) o El puente de los espías (2015) para certificarlo.

No imagino un cine sin Spielberg, no tengo reparos en admitirlo ni en ratificarlo. Su rastro se encuentra en proyectos inyectados en la corriente sanguínea de la cinefilia. El devenir del cine tendría historia con o sin él, no cabe duda; pero cuánto cine se perdería la historia sin Steven Spielberg.

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