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10/11/2018 10:34 CET | Actualizado 10/11/2018 10:34 CET

La sociedad convertida en instituto

Iconos de diversas redes sociales en un teléfono móvil.
Pixabay
Iconos de diversas redes sociales en un teléfono móvil.

Hace unos días, el escritor Sergio del Molino publicó un artículo titulado Caca, culo, pedo, pis, donde decía que "el mundo no puede convertirse en el despacho del jefe de estudios de un instituto", en referencia a que últimamente el debate público está ocupado principal (y casi totalmente) por asuntos banales, cuando no directamente infantiles. El hecho que fue pie al artículo fue el célebre sketch de El Intermedio en el que el cómico Dani Mateo se sonó los mocos con la bandera española.

Yo actualmente soy profesor de Educación Secundaria, y no pude menos que sentirme profundamente conmovido por el artículo de del Molino. Conmovido porque acertó de pleno. Y es que esa es justamente la sensación que me invade (o nos invade, entiendo, a más de uno, en vista del artículo) cada vez que una nueva polémica se coloca en el foco de la actualidad. La sensación de que el nivel del debate público no es propio de adultos, sino de adolescentes. Que los temas que se tratan, y la manera en que se hace, son propios de un aula de Secundaria (o a veces hasta de Primaria), con la particularidad de que en el debate público no existe una figura de autoridad (que no autoritaria) que modere y dirija ese debate hacia fines positivos, como serían el acercamiento de posturas o el aprendizaje. Esto es, no existe la figura del profesor.

Es esta una sociedad infantiloide o infantilizada, seguramente como consecuencia del cambio de paradigma en la forma en que hoy se lleva a cabo el debate público: a través de las redes sociales

Da igual que se trate de política, economía, humor, deportes, televisión o tauromaquia: lo que prima es la descalificación y la reducción de los argumentos a términos pueriles (cuando no simplemente absurdos). Se repiten eslóganes vacíos, desfasados, o directamente falsos; se califica y encasilla a los participantes según trincheras ideológicas cerradas y sin matices; y en no pocos casos se llega a la amenaza personal. Casi puede uno imaginarse una clase de treinta alumnos (o más, según el ratio habitual en Secundaria) dividida en dos grupos a los que se les ha ordenado que defiendan una determinada postura, en una suerte de práctica para un futuro torneo de debate. Pero claro, los adolescentes son adolescentes, y, sin la participación de un adulto que se ocupe de organizarlos, solo unos pocos razonarán y expondrán sus discursos con sosiego y claridad: la mayoría, encendidos por el ardor de su juventud, se dedicarán a insultar a los del otro bando, a soltarles que "ya se verán a la salida", a reír la ocurrencia del más graciosete, a intentar ligar con el o la que tengan al lado, o a mirar con indiferencia por la ventana.

Es esta una sociedad infantiloide o infantilizada, seguramente como consecuencia del cambio de paradigma en la forma en que hoy se lleva a cabo el debate público: a través de las redes sociales. A través de redes sociales se promovieron iniciativas positivas, que cargaron de ilusión a la sociedad, como el 15M, la Primavera Árabe, o la campaña del #MeToo. Pero, recordemos, ninguna de estas tuvo el efecto deseado: la política española no ha mejorado con el 15M; tras la Primavera Árabe vino la guerra y la represión en muchos de los países por donde se propagó; y el #MeToo no evitó la victoria de Trump en los EEUU. Y, por contra, las redes sociales han contribuido a borrar del mapa cualquier atisbo de mesura en los enfrentamientos dialécticos. Es lógico, por otra parte. Por más que le pese a Rousseau, el ser humano ha demostrado una y otra vez ser cobarde y malicioso por naturaleza, y son muchos los que, amparados por el anonimato y la impunidad de las redes, dan rienda suelta a sus instintos más básicos, sus odios, sus frustraciones. Lo mismo que en la Edad Media se realizaban autos de fe en los que el pueblo descargaba su furia contra los que hasta ese momento habían sido vecinos y amigos, hoy se lincha públicamente en redes a cualquier personaje público sin mayor motivo que el justificaba quemar vivos a los herejes: pasarse de listo, disentir de la opinión de la mayoría, apelar a la razón sobre la sinrazón y el dogma.

Son personas que parecen haberse quedado estancadas en la pubertad, que se rigen por los mismos estímulos que los chavales y chavalas de quince años

Es la misma actitud que los profesores tenemos que combatir casi a diario en los institutos: el señalamiento y la hostilidad a ciertos alumnos que sobresalen. Los insultos, amenazas y agresiones al "mariquita", el "empollón", o el "subnormal" de la clase; la crueldad sin medida escudada en el gregarismo, fomentada por la inestabilidad emocional u hormonal de la juventud. Solo que quienes muestran esta actitud en nuestra sociedad a través de las redes no son precisamente adolescentes (estos, los adolescentes de verdad, tengo bien comprobado, optan preferentemente por colgar fotografías en Instagram: les traen sin cuidado las polémicas pasajeras de los medios, lo suyo es el postureo); no, quienes insultan o amenazan en redes son casi siempre personas de cierta edad, las cuales, además, casi nunca opinan sobre temas complejos (sobre la crisis de la socialdemocracia o el actual estado del sistema financiero europeo, pongamos por caso). Son personas que parecen haberse quedado estancadas en la pubertad, que se rigen por los mismos estímulos que los chavales y chavalas de quince años, que no tienen capacidad o interés para tratar más que asuntos triviales, anécdotas, situaciones en las que no hay que devanarse los sesos para situarse a un lado u otro del campo de batalla, como la sonada de mocos con la bandera, la depilación de las axilas de una determinada artista, la legitimidad de una joven catalana para cantar flamenco, o el último tuit irónico del político-graciosete de turno.

El problema es que, si la sociedad se ha convertido en un aula de Secundaria, y los adultos en adolescentes desequilibrados, lo que todavía no está claro es quién o quiénes habrían de realizar la función reservada a los profesores. Y dado que no parece que vaya a haber nadie que sepa o pueda calmar los ánimos en el aula y conducir el debate por el buen camino, no queda sino la esperanza de que los alumnos más moderados puedan evitar que sus compañeros más enfervorecidos terminen por pegarle fuego al instituto. Aunque para eso seguramente tendrán que hacer algo más que mirar en silencio y con indiferencia por la ventana del aula.

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