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10/11/2018 10:34 CET | Actualizado 10/11/2018 10:34 CET

La dictadura de la estética

"Me arruinan las prisas y las faltas de estilo,

el paso obligatorio, las tardes de domingo

y hasta la línea recta.

Me enervan los que no tienen dudas

y aquellos que se aferran

a sus ideales sobre los de cualquiera"

(Poema Ideario, de Francisco M. Ortega Palomares)

Vivimos en la era de los retoques de Photoshop y de los filtros de Instagram o Snapchat. Nada es lo que parece y la (apariencia de) perfección se ha convertido en un dogma de fe. Adiós a las arrugas y a las cicatrices: bienvenida sea esta época de la farsa en la que todo ha de brillar, refulgir y entrar por los ojos. Un dato curioso al respecto: en Estados Unidos un 55% de los cirujanos plásticos ha tenido pacientes que querían operarse para salir mejor en las selfis. Según este mismo estudio, muchos pacientes llegan a la consulta con un autorretrato sobre el que han aplicado algún filtro de Snapchat y lo que piden a los doctores es parecerse a esta imagen "Snapchateada". Es decir, no quieren parecerse a ningún famoso: lo que anhelan es convertirse en sus propios avatares. Esta patología que algunos denominan "Dismorfia Snapchat" ilustra el inmenso desvarío al que nos está llevando la dictadura de la estética.

De hecho, esta dictadura de la estética no se limita a regir nuestro aspecto físico, sino que también se ha adueñado de algo tan prosaico como la alimentación: cada día toneladas de fruta y verdura se descartan simplemente por criterios estéticos. Hablamos de productos perfectamente aptos para el consumo que son rechazados porque no tienen el calibre adecuado (son demasiado grandes o demasiado pequeños). Y de frutas y verduras que no cumplen nuestros estándares de belleza porque tienen un golpe o una arruga, o porque tienen una forma diferente (son frutas raras, distintas, inadaptadas). Por desgracia son muchos los supermercados que optan por no ofrecer productos feos en sus estanterías. Y al mismo tiempo, nosotros, los consumidores, preferimos comprar artículos perfectos y rechazamos la fruta y verdura fea. Podríamos resumirlo con la celebérrima frase: "Es el mercado, amigo".

Cada día toneladas de fruta y verdura se descartan simplemente por criterios estéticos

Pero ¿de cuánta comida estamos hablando? Tomemos como referencia Despilfarro: El Escándalo Global de la Comida, el imprescindible libro de Tristam Stuart. Según el autor "en el Reino Unido la Soil Association ha calculado que entre el 25% y el 40% de la mayoría de las cosechas de frutas y verduras son rechazadas por los supermercados. Según otro estudio realizado por la compañía de residuos Biffa, de un tercio a la mitad de toda la fruta y las verduras cultivadas para los supermercados son rechazadas en parte por sus rígidas especificaciones en lo relativo al tamaño, imperfecciones, aspecto". Cifras astronómicas, sin duda, que deberían escocernos.

Manuel Bruscas

El relato se torna aún más kafkiano si tenemos en cuenta que la fruta y verdura que supera todos estos filtros estéticos suele recibir un baño de cera para así brillar de forma rutilante. ¿El resultado? Unas tiendas de alimentación atiborradas de "perfección", mientras toneladas de fruta y verdura fea acaban languideciendo de forma miserable. Y todo ello mientras 821 millones de personas en todo el mundo pasan hambre. Es momento de rebelarse ante esta barbarie y hacer bandera de la fealdad. En nuestras manos está acabar con la dictadura de la estética. Compremos fruta y verdura fea, con arrugas, golpes y manchas. Huyamos de la perfección. Digamos adiós a fruta y verdura sin esencia, sin defectos ni sustancia.

Nuestro tomate se rebeló y decidió que iba a ser un tomate de verdad, un tomate feo, orgulloso de sus cicatrices, como sus antepasados

Me permitiré cerrar este artículo con unas líneas que escribí hace un tiempo sobre la dictadura de la estética y que forman parte del libro Los tomates de verdad son feos.

"Veo tomates tristes, iguales, perfectos, bañados en cera. Tomates 'hermosos', que ni sienten ni hacen sentir. Tomates sin alma, que no tendrían que llamarse tomates. Érase una vez un tomate que ya no sonreía, que añoraba los días de saliva e imperfección. Un tomate inmaculado, varado en el océano de la pureza. Un tomate condenado al lustre y al esplendor.

Pero una noche, mientras la Luna rïelaba, nuestro tomate se rebeló y decidió que iba a ser un tomate de verdad, un tomate feo, orgulloso de sus cicatrices, como sus antepasados. Desde entonces se pasea orgulloso por las paradas de muchos mercados junto a una lechuga repleta de estrías, que le sonríe coqueta y le regala besos furtivos sobre un lecho de aceite de oliva. Y nunca le canta el blues de la lechuga".

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