Emociones positivas

Emociones positivas

Aunque los efectos de las emociones placenteras son transitorios, los recursos personales acumulados a través de estas experiencias positivas son duraderos.

.Fran Efless via Getty Images

                                     Este artículo también está disponible en catalán.

Por fin ha llovido un poco. No cantemos victoria. Sin embargo, de no llover ni un ápice a un poco hay un paso positivo. Hay un dicho que dice que podemos ver el vaso medio lleno o medio vacío. Creo que, como especie, nos hace falta fijarnos en el vaso medio lleno. En estos tiempos de crisis -que lo son no se puede obviar- hay pensadores que apuntan en este sentido. De hecho, he leído diferentes artículos sobre el tema, pero tampoco mencionan porqué deberíamos ver la parte positiva del asunto en vez de dejarnos asfixiar por los aspectos negativos. Debería ser así, sí, pero ¿por qué nos resistimos? 

Parecería que esforzándonos en enfatizar el vaso medio lleno estuviéramos frivolizando unos problemas que no son nada frívolos, o bien que renunciáramos o nos abandonáramos a una especie de hedonismo o, mejor dicho, de cinismo, de falta de compromiso y empatía hacia los problemas antropogénicos que, de hecho, afectan a todo el mundo, aunque, evidentemente, sin tener directamente la culpa. La culpa la tiene la feroz economía ultraliberal que se disparó a partir de la época de la primera ministra Thatcher, en Inglaterra, y del presidente Reagan, en Estados Unidos. Pero no es de eso de lo que quiero hablarles. Volviendo atrás, lo que deseo explicar son los motivos por los que es tan importante para nuestras actitudes planetarias que nos fijamos en el vaso medio lleno.

El razonamiento es el siguiente:

Desde que nos levantamos hasta que vamos a dormir, nuestros pensamientos cotidianos se ven a menudo invadidos por emociones desagradables, tanto externas como internas. Miedos, rabia, tristeza, a menudo nos despreciamos con pensamientos de infravaloración... muchos de estos pensamientos son involuntarios, casi ni nos damos cuenta de que los tenemos, pero irrumpen con insidia nuestra vida; son como diablillos que nos revolotean y asedian y, al final, determinan cómo nos sentimos y actuamos.

Esta predisposición humana de ceder más fácilmente y con saña a emociones y pensamientos enojosos o negativos, forma parte de la evolución filogenética de los humanos. Sumemos la negatividad emocional a la que a menudo nos aboca el entorno social: las guerras, la incertidumbre que nos produce el cambio climático, las noticias de desastres de todo tipo con las que nos agobian y abruman los medios de comunicación. Sin embargo, además de ese bagaje genético con el que llegamos a este mundo (muy preparados filogenéticamente para reaccionar con miedo ante la amenaza de situaciones desconocidas y peligrosas), sumado a las circunstancias negativas a las que debemos hacer frente en el trayecto vital (tanto las personales como las del contexto social), tenemos también la «voluntad», individual y colectiva. 

Y es en este aspecto voluntario (incluso en las situaciones más adversas se puede ser feliz; en la literatura encontramos casos de resiliencia increíbles) donde se insertan las emociones agradables o positivas (el vaso medio lleno), que si bien también forman parte del bagaje o código genético humano están menos desarrolladas. Son emociones más difusas, más vagas, más imprecisas. Por tanto, necesitan un aprendizaje; son las que debemos cultivar más. Me refiero a los amarres de la alegría, el humor, la nostalgia (no la tristeza o melancolía…), las relaciones interpersonales gozosas, la amistad, la percepción de la belleza, la sublimación que nos transmite la naturaleza, los aromas, los sonidos, el arte en todas las facetas y proyecciones...

El hecho es que la positividad o la agradabilidad nos permiten rechazar guiones de respuestas automáticas que son típicos de las emociones desagradables y seguir otras más creativas para hacer frente a situaciones difíciles o problemáticas. Asimismo, disponer de recursos personales de positividad para afrontar los problemas produce el efecto de transformarnos: nos volvemos más creativos, mostramos un conocimiento más profundo de las situaciones, nos hacemos más resistentes a las dificultades y conseguimos una mejor integración social, de modo que se cierra el círculo y se crea una espiral creciente que nos hace experimentar nuevas emociones positivas. 

Aunque los efectos de las emociones placenteras son transitorios, los recursos personales acumulados a través de estas experiencias positivas son duraderos. Por tanto, el bagaje empírico, las experiencias y las emociones positivas, aunque efímero, provoca procesos dinámicos permanentes con repercusiones en el crecimiento, la maduración personal y el aprendizaje para hacer frente con creatividad a las adversidades de naturalezas bien diferentes.

Quiero puntualizar, es importante, que no todas las emociones negativas son contraproducentes; la ira, por ejemplo, bien encauzada es una emoción muy necesaria para contrarrestar la injusticia y las discriminaciones. Es un motor del cambio social. Nos permite la valentía para confrontarnos con las injusticias y discriminaciones de todo tipo.

Reprobemos y rechacemos con determinación (haciéndonos bien conscientes) aquellas emociones, sentimientos y pensamientos que no nos permiten crecer moralmente y nos destruyen como seres humanos (la envidia, el acoso, el poder opresor, la discriminación, la condescendencia, el maltrato...). Algunos de estos sentimientos (el narcisismo, el individualismo enfermizo y malentendido...) están directamente emparentados, y con fuerza, con las actitudes de desprecio al medio ambiente y con el cambio climático antropogénico. Todavía hay personal (desgraciadamente, son muchos, demasiados) que niega el cambio climático, el holocausto, pronto negarán la guerra de Ucrania (una simple rebelión de unos indeseables, dirán).

Tengo pleno convencimiento de que, hoy en día, ante la multiplicidad de advenimientos de cariz destructivo, ante la incertidumbre caótica y ambigüedad creciente, faltan actitudes valientes y un estallido de alegría colectiva. Es necesario, indefectiblemente, que nos pongamos las pilas. Que nos neguemos a la derrota que significa la tristeza, la negatividad, la melancolía colectiva, porque si nos abandonamos sí caeremos en la trampa del vaso medio vacío. Y el vaso se vaciará cada vez más y más.