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04/04/2016 07:08 CEST | Actualizado 04/04/2016 07:08 CEST

El curioso caso de Lucia Berlin

Injustamente olvidada en vida, obligada a realizar trabajos para sobrevivir (limpiadora de casas, cuidadora de enfermos, recepcionista y telefonista de hospitales...), el público descubre su talento después de llevar unos cuantos años muerta. Murió en 2004 de cáncer de pulmón, después de batallar durante años con el alcoholismo y otras enfermedades.

En un determinado momento de su vida, acuciada por múltiples problemas económicos, la escritora Lucia Berlin se ve obligada a trabajar limpiando casas. Y escribe un relato, Manual para mujeres de la limpieza, que también da título a esta colección de cuentos que ahora publica en nuestro país la editorial Alfaguara.

La protagonista de ese relato dice que muchas de las mujeres de la limpieza roban cosas insignificantes en las casas donde trabajan. Cosas insignificantes o absurdas que luego, en ocasiones, van dejando en los huecos de los asientos de los autobuses que las llevan a nuevos lugares de trabajo, de una punta a otra de la ciudad. Ella, que ha perdido a su marido, no. Ella, la protagonista del relato, sólo roba sedantes, pastillas para dormir. Y los guarda para un día de lluvia.

Ese pequeño detalle, robar sedantes para los días de lluvia, me parece uno de esos detalles que, entre lo cotidiano y lo poético, podrían resumir toda una manera de entender la escritura. De la crueldad cotidiana, surge una (necesaria) pincelada de poesía que define el talento y que ayuda a sobrevivir. Los grandes cuentistas saben mucho de esto: de Antón Chéjov a Truman Capote, de Raymond Carver a Grace Paley, de Dorothy Parker a Alice Munro, de Eloy Tizón a Soledad Puértolas. Y ella, Lucia Berlin, también lo sabe.

Es curioso, su caso. Injustamente olvidada en vida, obligada a realizar trabajos alimenticios para sobrevivir (limpiadora de casas, cuidadora de enfermos, recepcionista y telefonista de hospitales...), el público descubre su talento -inmenso talento- después de llevar unos cuantos años muerta. Murió en 2004 de cáncer de pulmón, después de batallar durante años con el alcoholismo y otras complicadas enfermedades. Y, crueles paradojas del destino, lo hizo el día que cumplía sesenta y ocho años.

De la crueldad cotidiana, surge una (necesaria) pincelada de poesía que define el talento y que ayuda a sobrevivir. Los grandes cuentistas saben mucho de esto.

Sus relatos, inspirados en su propia vida ("Mi madre escribió historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco", confesó uno de sus hijos tras su muerte), reflejan a la perfección la vida cotidiana, las luces y las sombras del día a día, la cara A y la cara B de todo esto, las cosas que pudieron ser y fueron, y las que pudieron ser y no fueron. Y lo hacen con realismo, con crudeza, con sarcasmo, con ternura, con alegría, con sentido del humor ("Riendo salvajemente dentro de la más tremenda aflicción", escribió Samuel Beckett) y con ese punto de ironía del que sabe reírse de todo, incluso de sí misma.

Los relatos son extraordinarios. Muchas historias protagonizadas por mujeres. Mujeres que están perdidas o a punto de perderse, que no terminan de encajar en el mundo que les ha tocado en suerte, pero que siempre salen adelante: como lo hacen aquellas personas que, pensando que la vida no es precisamente un camino fácil, se agarran a ella, a la vida, como el náufrago a su tabla. Son supervivientes, sí, de un montón de cosas. Y eso, ese afán por sobrevivir, las hace más fuertes, más interesantes. Sí, también más vulnerables. Y es en ese punto de vulnerabilidad donde reside lo inesperado. El giro que, en un determinado momento, puede cambiarlo (casi) todo. Y vuelta a empezar.

Creo que desde que comencé a leer los cuentos de Alice Munro, hace ya unos cuantos años, ninguna escritora de relatos me había impactado tanto como Lucia Berlin. Considero imprescindible recuperarla, leerla y releerla. Puede que ella, copa en mano, esté riéndose en algún sitio y celebrando a su modo este merecido reconocimiento. Quién sabe.

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