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16/10/2012 10:14 CEST | Actualizado 15/12/2012 11:12 CET

Segundo Principio de la Termodinámica

Durante los próximos megaaños habrá varias extinciones catastróficas. El ser humano, junto con el 99% de las especies terrestres, desaparecerá para siempre. Sin embargo, todo esto no impresiona demasiado si lo comparamos con realidades como la siguiente: en las próximas horas, cientos de personas se van a quedar sin empleo o sin hogar en España. Miles en el sur de Europa.

Los científicos pertenecemos a una religión biteísta. Nuestros dioses son el Primer Principio de la Termodinámica (alabado sea) y el Segundo, que dice que la entropía total de un sistema aislado siempre aumenta. O lo que es lo mismo, que todo se va inevitablemente a la mierda. Esta superpoderosa deidad está firmemente entregada a la tarea de destruir el universo, que acabará perdiendo toda estructura y convirtiéndose en una sopa homogénea y sosa. Da como mal rollo, y no es para menos.

En los siguientes gigaaños, pongamos que hacia el año 4.500.000.000, mes más, mes menos, el sol empezará a crecer por encima de sus posibilidades, masacrando todo planeta que encuentre a su paso, incluyendo adivina cuál. Para entones ya habrá desaparecido todo rastro de vida en Tierra y Marte.

Durante los próximos megaaños habrá varias extinciones catastróficas. El ser humano, junto con el 99% de las especies terrestres, desaparecerá para siempre.

En unos pocos milenios habrá una gigantesca glaciación que acabará con la civilización.

En los próximos siglos se agotarán el petróleo, el uranio y el coltán, habrá guerras nucleares, biológicas, climatológicas, habrá penosos éxodos, verjas electrificadas, hambre, frío y sed. De agua, de justica, de venganza.

Finalmente, en los próximos años también aumentará la entropía, sobre todo en Europa.

Sin embargo, todo esto no impresiona demasiado si lo comparamos con realidades como la siguiente: en las próximas horas, cientos de personas se van a quedar sin empleo o sin hogar en España. Miles en el sur de Europa.

La Historia se organiza en capas temporales, como en una especie de hipercebolla, y todo el mundo tiene una capa en la que se siente más a gusto. Los informáticos, por ejemplo, piensan en milisegundos; las deportistas, en segundos; los bebés, los perros y los brokers piensan en minutos; las niñas en días; los políticos profesionales en años; las familias en décadas; los políticos vocacionales en siglos; las ecologistas y científicas, en milenios; los holísticos habitan en la piel de la cebolla, prácticamente fuera de ella.

La entropía es, insisto, superpoderosa. Pero no es infalible; hay un arma, sólo una, que la puede debilitar. No, no es la criptonita, sino la energía. Así, si aplicamos la suficiente energía a la hipercebolla, podremos escapar de nuestro nefasto destino. Pero hay que aplicar mucha, cuanta más, mejor. Conviene, además, elegir una de las capas y centrarse en ella, porque la energía, que es muy suya, tiende a dispersarse. En una hipercebolla cada capa afecta a la siguiente, por lo que una manera práctica de cambiar el futuro es concentrar nuestra energía, nuestro esfuerzo, en la tierna y delicada capa central: el ahora.

Además de la hipercebolla del tiempo, está la del espacio. Aquí también podemos escoger la capa donde invertir nuestra energía: podemos pensar en individuos, familias, barrios, ciudades, naciones, continentes, planetas...

Hay una célebre cita de W. Churchill que no pierde brillo con el uso: "Lo único que hace falta para que triunfen los malos es que los buenos no hagan nada". Churchill, por cierto, pensaba en siglos.

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