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El Sena toma París tras las inundaciones

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PARIS INUNDADO
Vista de la Torre Eiffel desde la orilla contraria del Sena | PHILIPPE WOJAZER / REUTERS
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Crecidas más de seis metros por las lluvias, las aguas turbulentas del Sena a su paso por París se desbordan por los paseos y asedian los puentes en un espectáculo tan fascinante como deprimente para los habitantes y los turistas. En la superficie flota con libertad tanto basura como trozos de madera. El Sena impone su ley en el centro de la ciudad.

Cerca de los lujosos Campos Elíseos, una gran rata mojada se refugia en un amasijo de basuras. Y un poco más arriba, algunos coches se hunden en la ribera. Y, en una sumergida Isla de los Cisnes, solo la Estatua de la Libertad se erige sobre las aguas. A lo largo de los muelles, los célebres bateaux-mouches (barcos turísticos) no se mueven, ya que no pueden pasar por debajo de los puentes, y los museos más famosos de la ciudad, como el Louvre, el Orsay y el Gran Palais, tuvieron que cerrar de urgencia para secar de sus sótanos las obras de arte amenazadas por las aguas.

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"Hemos venido para un día y medio y queríamos ver el Louvre antes de cenar en un de los barcos esta noche. Hemos cancelado todo", se ha lamentado Elle Yarborough, profesora de inglés llegada de Boston (Estados Unidos) con su marido. "Pero, igualmente estamos encantados de estar en París. Jamás habíamos estado", ha añadido con una sonrisa.

Ante las puertas cerradas del Museo de Orsay, dos hermanas escocesas, Alison y Susan McSheaffrey están más abatidas. "Hemos venido a celebrar el 70 cumpleaños de nuestros padre en París, está muy triste porque le encantan los impresionistas", ha desvelado Alison. Los peatones, bien sean turistas o parisinos, intentan consolarase. "Estamos lejos del récord histórico de 1910", cuando el Sena alcanzó los nueve metros, se oye por todas partes.

UNOS ACOSTUMBRADOS, OTROS PREOCUPADOS

Pero Alec, de 43 años, que vive desde que era pequeño en un barco amarrado cerca del puente de Alejandro III, entre el Louvre y la Torre Eiffel, no parece impresionado. Ya ha vivido crecidas parecidas. "A principios de los años 80 nos evacuaron", ha asegurado ataviado con sus botas de pesca de color caqui.

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Cerca de la plaza de la Concordia, uno de sus vecinos del río, que no quiso dar su nombre, no está tan sereno. "Como bautismo no está mal", ha soltado, antes de aclarar que lleva solo tres meses viviendo en el peniche con su mujer, sus hijos y un perro.

"El domingo, el agua estaba en 1,56 metros", que comparado con los seis de este viernes es una crecida "considerable, añade. El vecino se ha tomado dos días de vacaciones para asegurar su casa y colocar grandes planchas verticales a lo largo del casco para evitar que se golpeara contra el muro del muelle.

En el puente del Alma, la estatua del zuavo, por la que se guían oficiosamente los parisinos para medir la altura del río, tiene todavía el agua por las rodillas. El miércoles "estaba por los tobillos", constata el ribereño Laurent Cheronnet, que se ha acercado a hacer una foto de recuerdo entre una multitud de turistas.

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Inundaciones en la historia de París
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Mohamed Amine, deportista italo-marroquí, mostraba una sonrisa tranquila. "Estoy acostumbrado a andar con el agua hasta las rodillas cada invierno durante el Aqua Alta. Para mí es normal, pero en París la gente no está acostubrada. Pero esto es la naturaleza", ha asegurado.

EN EL PEOR MOMENTO

Tras los atentados de enero y noviembre de 2015, tras las huelgas y manifestaciones en ocasiones violentas de esta primavera, algunos parisinos tienen la moral por los suelos. "No necesitamos esto ahora mismo, con las huelgas constantes y el despliegue Vigipirate (medidas de seguridad reforzadas que afectan a toda la ciudad)", confesaba Pascal Derby, que a sus 62 años trabaja en una sucursal bancaria cerca del río.

"Para la gente del extrarradio debe ser terrible, sobre todo porque muchos de ellos no tienen muchos posibles", señala en referencia a los pueblos de las afueras de París que se han visto anegados.

El principal problema de Nawal, belga de 28 años que vive en la capital francesa hace dos años, es saber si las riveras estarán limpias a tiempo para el verano, cuando los parisinos hacen del río uno de sus principales puntos de esparcimiento: "Cuando hace bueno paseo por los muelle con mis amigos, hacemos pic-nic, y me pregunto si lo podremos hacer este año. Van a tardar meses en limpiar todo esto".

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