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Estos países africanos no quieren tu ropa usada

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ROPA
Un comerciante vende ropa de segunda en un puesto del mercado de Gikomba de Nairobi (Kenia) el 18 de septiembre de 2014. | NOOR KHAMIS / REUTERS
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Hacer limpieza de armario con el cambio de temporada y donar la ropa que te sobra a una organización benéfica probablemente te haga sentir muy bien. Al fin y al cabo, puede que estés ayudando a alguien que lo necesita y dando vida a prendas que, si no fuera por eso, estarían descomponiéndose en un vertedero.

Sin embargo, los países de África Oriental están hartos del choque producido por los artículos de segunda mano que reciben de las ONG y los mayoristas occidentales, por lo que quieren prohibir directamente ese tipo de importaciones.

En 2014, varios países de África Oriental importaron ropa de segunda mano por el valor de más de 300 millones de dólares (267 millones de euros) procedente de Estados Unidos y otros países ricos. Las prendas usadas han creado un importante mercado en África y, al mismo tiempo, una cantidad considerable de puestos de trabajo. No obstante, los expertos afirman que el volumen de esas importaciones ha destrozado las industrias textiles locales y hace que la región dependa demasiado de Occidente.

En marzo la Comunidad Africana Oriental (CAO), integrada por Kenia, Uganda, Tanzania, Burundi y Ruanda, propuso prohibir todas las importaciones de ropa y calzado usados de aquí a 2019. Su objetivo es dejar de depender de las importaciones de naciones ricas, impulsar la fabricación local y crear nuevos empleos.

Pese a ello, es muy poco probable que se apruebe la ley. Hay resistencia por parte de Estados Unidos, que descarga hordas de ropa de segunda mano por todo el mundo, por parte de los vendedores de África Oriental cuya subsistencia depende de estos cargamentos, y por parte de los expertos que piensan que una estricta prohibición no será suficiente para que estos países recuperen la producción interna.

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Un comprador mira deportivas en el mercado de Gikomba, el segundo mayor mercado de ropa de segunda mano de África Oriental, el 10 de julio de 2014 en Nairobi (Kenia).

Los partidarios de esta prohibición aseguran que tiene el potencial de aportar poder a las economías de África Oriental. "La región [...] está dispuesta a convertirse en un bloque industrial mediante un mayor nivel de producción de calidad y de prácticas de manufactura", explicó al periódico The East African Betty Maina, secretaria principal de Kenia en el Ministerio de la CAO.

También se espera que la prohibición cree un nuevo sentimiento de orgullo en la gente de la región, ya que "nadie va por ahí mostrando con orgullo" los descartes de los demás, apunta Joseph Rwagatare, columnista en The New Times, una publicación con sede en Ruanda.

Una vez que estas prendas descartadas llegan a las costas orientales de África, se venden a unos precios extremadamente bajos. Por ejemplo, un par de vaqueros usados pueden estar a menos de 1,5 euros en el mercado de Gikomba, el segundo mayor mercado de ropa de segunda mano de África Oriental, situado en Nairobi.

Estos precios por los suelos hacen que la ropa fabricada en la región parezca demasiado cara en comparación, explica Joseph Nyagari, de la Federación Africana de Industrias Textiles y del Algodón. "Un artículo de segunda mano cuesta, de media, entre un 5 y 10% de lo que cuesta una prenda nueva [hecha en Kenia], por lo que [las industrias locales] no pueden competir", cuenta.

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Un hombre muestra ropa de segunda mano (localmente conocida como ‘mitumba’) en el mercado al aire libre de Gikomba el 25 de junio de 2012.

África lleva lidiando con el problema de los artículos usados baratos de importación desde los 80, cuando explotó la crisis de la deuda en Latinoamérica y atacó de forma desproporcionada a los países pobres. Los costes de producción se incrementaron en las zonas en desarrollo, lo que les llevó a un declive en las exportaciones.

En África se recortaron las subvenciones del gobierno al sector manufacturero, se eliminaron las restricciones al comercio exterior y se abrieron las compuertas para los exportadores extranjeros, según un estudio de 2006 sobre la industria textil en África Subsahariana.

A principios de los 90, Kenia contaba con unas 110 empresas textiles manufactureras a gran escala. En 2006 esa cifra cayó a 55, tal y como desveló el estudio.

Diez años más tarde, África Oriental sigue teniendo una producción limitada de ropa. Kenia cuenta en la actualidad con 15 plantas textiles, según Fashion Revolution, una organización británica que promueve la producción de ropa sostenible. La Asociación de Manufactureros de Uganda tiene unos 30 productores de ropa y calzado entre sus miembros, pero "no es suficiente para satisfacer el mercado doméstico", señala el Overseas Development Institute, un think tank de Reino Unido.

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Un puesto del mercado de Gikomba ofrece camisetas de deporte de segunda mano.

Sin embargo, una embajadora estadounidense ya ha expresado su preocupación sobre la prohibición de la importación de segunda mano, de acuerdo con el Daily Monitor.

En agosto, Deborah Malac, embajadora de Estados Unidos en Uganda, se reunió con Rebecca Kadaga, portavoz del Parlamento ugandés, para debatir la prohibición. Malac advirtió de que, si se aprobaba, "afectaría negativamente" a los beneficios que Uganda obtiene de la Ley Africana de Crecimiento y Oportunidades, que aspira a expandir el comercio y la inversión de Estados Unidos en el África Subsahariana con el fin de estimular el crecimiento económico de la región. La ley también da a los países africanos acceso libre de impuestos al mercado textil de Estados Unidos. Para entrar a formar parte de este grupo y permanecer ahí, cada país debe hacer un esfuerzo por mejorar su legislación, sus derechos humanos y el respeto por las normas fundamentales del trabajo.

La edición estadounidense de The Huffington Post trató de ponerse en contacto con Malac, que rechazó ser entrevistada para este reportaje.

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Deborah Malac, embajadora de Estados Unidos en Uganda.

Tiene sentido que Estados Unidos se posicione en contra de esta prohibición, sobre todo teniendo en cuenta que la ropa usada es una industria lucrativa en la que están involucrados múltiples sectores.

El comercio de ropa usada al por mayor está valorado en más de 3.000 millones de euros en todo el mundo, de acuerdo con The Guardian.

Sólo en el año pasado, Uganda importó 1.261 toneladas de ropa gastada y otros artículos de Estados Unidos, según la base de datos de la ONU. Las prendas de segunda mano representan el 81% de todas las compras de ropa ahí.

Es muy probable que los exportadores, que tienen más que perder, protesten. Los distribuidores, como Global Clothing Industries (GCI), sólo envían y cargan ropa y calzado usados al extranjero. GCI exporta a 40 países de África, Asia, Australia, Europa y América del Norte y del Sur.

Ni siquiera ONG como Oxfam y Salvation Army dan ropa de segunda mano gratis. Cuando la gente les deja cosas que no quieren, estas organizaciones suelen llevar la ropa usada a países en desarrollo, donde se la venden a los comerciantes. Ellos, por su parte, venden las prendas en mercados locales, según The Guardian.

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La modelo galesa Imogen Thomas se dirige a una sede de Oxfam para donar ropa el 3 de junio de 2011 en Londres (Inglaterra).

Muchos comerciantes locales también se oponen con vehemencia a la legislación propuesta.

"Que se atrevan", exclamó Elizabeth, que vende vestidos de mujeres en un mercado del centro de Nairobi, cuando fue entrevistada por The Economist en marzo. "¿¡Cómo podrían!? Nos llevaremos nuestra ropa, nos manifestaremos en las calles".

En el agitado mercado de Gikomba en Nairobi, un comerciante puede ganar al día 1.000 shillings kenianos (unos 10 euros) vendiendo ropa de segunda mano, lo que supone algo decente. Mucha gente de la zona se las apaña con una décima parte de ello, según The Economist.

No obstante, la industria textil de segunda mano está plagada de incertidumbre y los comerciantes tienen poco control sobre la ropa disponible. La mayoría está en malas condiciones y las tallas occidentales no suelen ser adecuadas para los consumidores.

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En el mercado de Gikomba, la gente escoge prendas de segunda mano.


Algunos expertos dudan de si con prohibir las importaciones de ropa de segunda mano bastará para revitalizar la industria local en la región.

Aunque la región acelerara su producción, sus productos no serían necesariamente accesibles y perjudicarían a los ciudadanos más pobres, según Andrew Brooks, autor de Clothing Poverty: The Hidden World of Fast Fashion and Second-hand Clothes [Pobreza de ropa: el mundo oculto de la moda rápida y las prendas de segunda mano].

Además, la prohibición no bloquearía las importaciones de nuevas prendas, que serían más caras que la ropa usada, pero más baratas que las producidas a nivel local, tal y como escribe Brooks en The Guardian.

Para que esta prohibición funcione, Brooks sugiere que se introduzca de forma gradual y que se graven las importaciones de ropa usada para contribuir a subvencionar la producción local.

"Si los líderes de África Oriental quieren hacer algo más aparte de mantener el statu quo, tienen que tomar decisiones trascendentales", sostiene Brooks, "aunque a veces sean impopulares entre los defensores internacionales del libre mercado".

Dado que la prohibición no llegará a convertirse en ley, hay otros que argumentan que los consumidores occidentales tienen que encontrar métodos más responsables a la hora de deshacerse de su (apenas gastada) ropa.

"Hay que encontrarle un uso mejor a ese top de fiesta que compras por 15 dólares y sólo te pones dos veces", apunta Kelsey Halling, directora de Thread International, un grupo que da una segunda vida a la basura. "Lugares como Uganda, Haití o India no deberían ser responsables de nuestro exceso, y muy pronto podrán decidir no serlo".

Este artículo forma parte de Reclaim, la iniciativa global del HuffPost del mes de septiembre que busca concienciar y educar a los ciudadanos para transformarnos en mejores consumidores.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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