POLÍTICA

Y el aguirrismo destruyó a Aguirre

La popular dimite de concejal cercada por los casos de corrupción

24/04/2017 21:32 CEST | Actualizado 24/04/2017 22:19 CEST
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Esperanza Aguirre, tras anunciar su dimisión

Dos minutos y cuarenta y ocho segundos. "Me siento engañada y traicionada", "no vigilé todo lo que debía", "dimito del cargo político que ostento", "tengo como norma de conducta no eludir nunca mis responsabilidades". Chaqueta y blusa blanca. Sin preguntas de la prensa. Y con Ignacio González y Francisco Granados durmiendo en la cárcel. Así ha sido el adiós a la política de Esperanza Aguirre.

La presión era máxima desde la semana pasada. La operación Lezo ha sacudido los cimientos del PP. Políticos, empresarios, periodistas... haciendo negocios con las arcas públicas. Y un auto demoledor del juez Eloy Velasco, que ve delitos de malversación, organización criminal, cohecho, falsedad documental, blanqueo de capitales, prevaricación y fraude.

Todo lo que ha habido alrededor de Aguirre estos años está hoy entre barrotes, sumarios y declaraciones judiciales. Y la política popular, la todopoderosa dirigente que estuvo a punto de derrocar a Mariano Rajoy, la candidata que acumulaba mayorías absolutas en las autonómicas, ha tenido que abandonar el Ayuntamiento de Madrid.

EL FIN: UNA HORA TORERA Y UN SMS

Precisamente allí empezó su vida institucional. Aguirre, entonces en las filas de Unión Liberal, empezaba su carrera institucional como concejal en 1983. Treinta y cuatro años más tarde ha convocado de manera urgente a la prensa en las dependencias del PP en el ayuntamiento, en el número 71 de la calle Mayor. A las cinco de la tarde, una hora muy torera. Ella que disfruta tanto en Las Ventas y en La Maestranza. Pero hoy era otra faena, las banderillas se clavaban sobre ella.

En el PP llevaban varios días esperando este momento. Nadie de la cúpula le había pedido públicamente que lo hiciera. Ella sabe demasiado, nadie sabe hasta dónde puede llegar esta operación incontrolable. A Mariano Rajoy la marcha de su histórica enemiga interna le ha pillado allende el Atlántico, de viaje oficial en Brasil. No han hablado, ella le ha mandado un SMS para comentarle que dejaba su puesto como concejal y portavoz del PP en el grupo municipal.

Génova apenas le ha dedicado dos párrafos -ocho líneas en concreto-. En un comunicado, la dirección del PP ha despachado la marcha de esta ya histórica dirigente. Las ideas principales: "respeto" por la decisión "personal" y reconocimiento de la "larga trayectoria" de una persona "que ha sido relevante para esta organización".

UNA HISTORIA DE THATCHERISMO CAÑÍ Y CACHORROS CORRUPTOS

Sin Aguirre no se podría entender la historia reciente del Partido Popular. Una mujer de carácter, que siempre ha presumido de no morderse la lengua, de decir las cosas a la cara. Y una dirigente a la que le gustaba presumir de récords: primera presidenta electa de una comunidad y primera mujer que ejerció como presidenta del Senado. Una convencida aznarista, que formó parte de su Gobierno también como ministra de Educación.

Ella encarnó, como decían rivales internos y externos, el thatcherismo cañí. La misma que se vestía de chulapa y se abanicaba en la pradera de San Isidro que conspiraba en cenas con Sheldon Adelson para traer Eurovegas. La misma que paseaba a Pecas por el barrio de Malasaña y se movía por Londres demostrada su educación de pago. Eso sí, en la intimidad soltaba tacos y le apasionaba la estrategia política. ¿Se acuerdan del "hemos tenido la suerte de poder darle un puesto a IU y quitárselo al hijoputa"?

FLICKR / ESPERANZA AGUIRRE

El poderío de Aguirre era centralista, capitalino, de la villa y corte. De ese que suena a Bocherini, a traiciones y conspiraciones de villa y corte. Ella y su troupe de niños bien y aspirantes a niños bien, de Ignacio González a Francisco Granados pasando por Alberto López Viejo, Salvador Victoria, Lucía Figar, Percival Manglano y Juan José Güemes. Un PP engominado, de findes en Marbella y terracitas de Juan Bravo.

TAMAYAZO, PÚNICA, GÜRTEL, LEZO...

Pero ese aguirrismo, que durante años pareció imbatible entre los rascacielos del paseo de la Castellana, surgió de uno de los episodios más oscuros de la política española en los últimos veinte años: el tamayazo. La madrileña no habría llegado a la Puerta del Sol en 2003 si no hubieran traicionado en el último segundo los diputados socialistas Eduardo Tamayo y María Teresa Sáenz a Rafael Simancas. Esto llevaría a unas nuevas elecciones meses más tarde y a la primera mayoría absoluta de Aguirre en la Comunidad.

Días de vino y rosas, de exaltación de las políticas neoliberales, de expansión del metro, de su famosa red de hospitales... pero a la vez crecía bajo las cuidadas moquetas una red de corrupción, con numerosas variantes, que se cruzaban con otras comunidades y con la calle Génova. Hoy desfilan miembros del PP de Madrid por los juzgados y otros están en la cárcel por Gürtel, Púnica y Lezo. El agua del Canal de Isabel II se ha estancado, enfangada. Y ella siempre mirando a otro lado. Siempre con la culpa in vigilando.

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Aguirre es Aguirre, para lo bueno y para lo malo. Y hoy ha protagonizado su tercera dimisión. Llevaba unos días pasándolo muy mal, según su entorno. La política es su pasión, su razón de ser, su mente está estructurada entre estimaciones de votos, organigramas y argumentarios afilados. La primera vez que protagonizó un adiós fue en 2012, cuando dejó la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Detrás estaban razones personales decía, su recuperación de un cáncer de mama. También eran unos días en los que España no podía más con la crisis, unos días de gritos en las calles, de desesperación social.

Un adiós en diferido. Siguió con el control del PP de Madrid, la organización más poderosa internamente, esta tierra neoliberal a la que solo superaba en porcentaje de voto el PP de Murcia. Pero la podredumbre que fue apareciendo y la caída de Francisco Granados -aquel alcalde de Valdemoro que llegaría a ser bajo su sombra uno de los hombres más poderosos del país- le llevaron a dejar el PP de Madrid en febrero de 2016. La puntilla había sido el registro de la sede del PP madrileño.

NO HAY VIDA SIN RIVAL

Entonces abandonó el despacho que tenía en la calle Génova, el mismo cuya ventanal deben saltar los líderes del partido para salir a la balconada de la calle Génova las noches electorales. Lo heredaría, primero como presidenta de una gestora, Cristina Cifuentes. Su última gran rival. Aguirre siempre tiene que tener un enemigo en frente dentro del partido. Parece que no sabe vivir sin esa adrenalina. Rajoy y Gallardón lo saben extremadamente bien. "Joder, ¡qué tropa", se le llegó a escapar una vez al entonces líder de la oposición sobre estos odios, acordándose del conde de Romanones. Solo los tres sabrán realmente lo que se dijo en aquella reunión en Génova antes de las elecciones de 2008. Y en el ascensor que llevó a Aguirre y Gallardón hasta el garaje. Hoy ellos dos están fuera de la política. Siempre resiste... y gana Mariano. Ni la guardiana de las esencias de la derecha ha podido con él.

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Será una de las noches más frías, a pesar la primavera madrileña. Vuelve a su palacete en la calle Marqués de Santa Ana sin un puesto. Algunos de sus concejales le han dedicado un aplauso cuando salía de las dependencias municipales. Siempre le quedará la espinita de no haber sido alcaldesa de Madrid, su último sueño político, no soporta ver en ese puesto a Manuela Carmena. Siempre dijo que volvía a la primera línea para hacer frente al fenómeno de Podemos.

Aguirre es política, estrategia... y show. Le gustan las cámaras, los platós, los flashes. Ella te baila flamencona No estamos locos, de Ketama, en ¡Qué tiempo tan feliz! como le sacaba rédito a sus respuestas 'saramaguescas' en Caiga quien caiga. Y nos dejará imágenes que nunca olvidaremos como su rueda de prensa con tacones y calcetines tras los atentados de Bombay. O hablando por el móvil en el suelo del ayuntamiento.

Pero, al final, el aguirrismo hizo caer a Aguirre.

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