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Las vidas sin derechos de las mujeres

19/02/2014 07:04 CET | Actualizado 20/04/2014 11:12 CEST

El aborto no es ni ha sido nunca un derecho, dicen los juristas.

El aborto es y ha sido siempre cosa de mujeres y las mujeres no han sido sujeto de derecho hasta hace muy poco. De ningún derecho, ni siquiera del derecho a la vida.

La vida, que según algunos arranca justo después de la fecundación del óvulo por el espermatozoide. Esa célula invisible y tan poco viable que, en la inmensa mayoría de los casos, no prospera, se degrada y es eliminada con el resto de los desechos del cuerpo de la mujer.

Porque es el cuerpo de la mujer, el derecho a la vida de la mujer, lo que se ha ignorado desde los albores de la historia hasta ayer mismo. Los teólogos y moralistas que tan enfáticamente defienden ahora los "derechos" de una célula invisible, han ignorado los millones de mujeres que han muerto a lo largo de la historia a causa de abortos-carnicería. Desde su perspectiva, esas mujeres no merecían misericordia porque, con su consentimiento o sin él, habían concebido fuera de los cauces legales, o habían atentado contra el mandato divino de parir con dolor; por ello, su muerte era un castigo merecido. Eso era justicia divina, la misma que las mataba en la flor de la vida en uno de sus innumerables partos.

Porque parir ha entrañado hasta hace un siglo grave peligro de muerte, casi todas tenemos abuelas y bisabuelas que murieron de parto. A pesar de lo cual las mujeres, todas las mujeres, desde las reinas hasta la última esclava, han estado obligadas a traer al mundo todos los hijos que Dios quisiera. Por razones de Estado las reinas, por la ley de Dios las buenas cristianas, por las necesidades de la sociedad todas. ¿Y si no había con qué alimentar a los hijos que venían? ¿Y si la madre moría y los dejaba a todos huérfanos? Los derechos de todas esas personitas reales que pensaban y sufrían nunca fueron tenidos en cuenta por los legisladores. En esas circunstancias podría pensarse que las que no podían parir eran afortunadas, pero esas eran las más desgraciadas. ¡Ay de aquellas mujeres infértiles, cuya vida era estéril, yerma!

¿Había alguna forma de escapar al destino de morir pariendo? Solo las que tuvieran la suerte de tener amplios diámetros pélvicos y resistencia a las infecciones podían salvarse. Porque las relaciones sexuales no eran, no han sido hasta hace muy poco, una elección, sino una obligación para las mujeres casadas (aún hoy en algunos países los maridos tienen derecho, por ley, a privar de la comida a sus mujeres si estas se niegan a tener relaciones sexuales con ellos). Una obligación de la que tampoco se libraban muchas mujeres solteras, y no hablemos de las prostitutas. Teniendo en cuenta que los anticonceptivos eficaces son un invento de hace medio siglo, el aborto, aun en el caso de que fuera realizado de forma inapropiada, muchas veces era preferible al embarazo y al parto.

Por eso ha habido abortos desde que hay historia y la información sobre sustancias abortivas, generalmente plantas, se ha difundido entre las mujeres y ha sido censurada por los hombres. Las mujeres han abortado siempre de forma segura o insegura, las casadas y las solteras, las nobles y las siervas. Mujeres de todas las clases sociales, con el consentimiento y ayuda de sus maridos o amantes o sin él. Y si el aborto ha fracasado (incluso el último recurso de la aguja de hacer punto), han sido ellas las que han cargado con el fruto del embarazo y el estigma de su pecado.

En una revolución sin precedentes, el siglo pasado los métodos anticonceptivos (que en su día también fueron anatemizados por todos los estamentos bienpensantes de la sociedad) primero, y los abortos seguros después, devolvieron a las mujeres su cuerpo. No a todas las mujeres, desde luego, solo a las del Primer Mundo, pero al menos nosotras hemos recuperado el cuerpo y la sexualidad que nos había sido robada hace miles de años.

Pero ningún derecho es inviolable, ningún logro irreversible, especialmente si se trata de mujeres. Un ministro prepotente de este Primer Mundo quiere eximirnos de la culpa de abortar, devolviéndonos al limbo de la minoría de edad. Una minoría de edad en la que estamos privadas del cuerpo y de la sexualidad, que debe de creer que es patrimonio exclusivo de los hombres.

Pero ahora las mujeres no sólo somos capaces de parir. También nos hemos lanzado a pensar, a protestar y a escribir. No sólo somos sujetos de derecho y podemos votar, también podemos legislar. Además, hay una inmensa mayoría de hombres que han ayudado a que sea así. Hombres de todas las clases sociales y de muy diversas tendencias ideológicas que estoy segura de que se abochornan de la forma de actuar de este ministro y no van a ser cómplices de ese nuevo robo del cuerpo de las mujeres que se quiere perpetrar. Porque esa mayoría de hombres, que ha ayudado a las mujeres de este país a llegar a donde estamos, sabe que es mil veces preferible tener compañeras a tener esclavas.

A todos los hombres y mujeres racionales les pido que olviden sus diferencias y se unan para impedir que un ministro obtuso siga insultando al país volviendo a condenar a la mitad de su población a la esclavitud de los embarazos no deseados.

Adela Muñoz Páez

Nacida en el siglo XX en el Primer Mundo

Sujeto de derechos