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Esas madres

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Foto de niños refugiados durmiendo sobre una mujer en la estación principal de autobuses de Estambul/REUTERS

El domingo se celebró el día de la madre. Es la segunda vez que lo celebro. Hace 14 meses que me convertí en madre. 437 días exactamente de amor incondicional, de besos y abrazos, de sonrisas, de juegos y canciones. Los 437 días más felices de mi vida.

Agradezco tanto a la vida haberme dado este niño tan sano y precioso, tan lleno de vida y de amor, que no puedo expresarlo en palabras. Estoy agradecida a la vida por ser madre, pero sobre todo, estoy inmensamente agradecida por tener la suerte de ser una madre europea.

Desde hace 14 meses, me fijo en los pequeños detalles que nos hacen tan afortunados. Soy afortunada por poder cocinar la comida de mi hijo cada día, cada tarde puedo llenar la bañera con agua calentita, puedo poner la calefacción si hace frío, puedo ponerle a mi hijo su pijamita suave y meternos en una cama cómoda y blandita a leer un cuento y abrazarnos hasta quedarnos dormidos profundamente porque sé que está seguro entre las cuatro paredes de mi casa.

Pienso en las madres que mueren bajo las bombas o se hunden en el mar para siempre, dedicando su último pensamiento a preguntarse si sus hijos sobrevivirán, y si lo hacen, quién cuidara de ellos.

Desde hace 14 meses, soy también más sensible a las imágenes de madres y niños que no están en la misma situación. No me acostumbro. No puedo volver la espalda. De verdad, no puedo. Cada día se me saltan las lágrimas en algún momento. Me rompe el corazón saber que hay madres intentado hacer sopa con hierbas para que sus hijos tengan algo que comer, aunque solo sea eso. Pienso en esa madre que vi en las noticias llorando con un dolor indescriptible al lado de su hijo adolescente llorando amargamente desconsolado porque una bomba le había arrancado la pierna. Me parte el alma saber que mientras nosotros nos metemos en la cama, hay madres que están metiendo a sus hijos en un bote sin saber si llegaran al otro lado. 500 niños han muerto ahogados en el mar en lo que va de año. No puedo ni imaginar el dolor desgarrador de sus madres. Pienso muchas veces al cabo del día en ellas, cada vez que hago cualquier de las cosas rutinarias que hacemos en nuestro día a día. Pienso en las madres que mueren bajo las bombas o se hunden en el mar para siempre, dedicando su último pensamiento a preguntarse si sus hijos sobrevivirán, y si lo hacen, quién cuidara de ellos.

Pienso en los miles de niños como los nuestros, que están solos en los campamentos de refugiados, sin nadie que los cuide, ningún miembro de su familia, nadie que conozcan. ¿Quién los consuela cuando lloran? ¿Quién los viste cuando tienen frío y les da de comer cuando tienen hambre? ¿Que estarán sintiendo? ¿Cuánto miedo deben tener? Son niños. Solo pensarlo me parece insoportable. 

Pienso en las madres que, teniendo la fortuna de haber sobrevivido a todo eso, llegan a un campamento para ver como sus hijos desaparecen y a los que, seguramente no volverán a ver porque han sido vendidos a las mafias de tráfico de órganos. 6000 niños que han desaparecido de esos campamentos que están ubicados en Europa. No quiero ni imaginar el dolor inmenso e insoportable de esas madres. Pienso en ellas constantemente y me abruma la pena y la impotencia de no poder hacer nada por ellos.

Sé que mis pensamientos y mi pena no valen nada. Por eso dono a Proactiva Open Arms, que tratan de salvar vidas en el mar, también está Acnur, MSF, Save the Children... hay miles de organizaciones. Si puedes, por favor, dona.