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El enemigo público 'número uno' ... del pueblo norteamericano y del mundo

21/02/2017 07:24 CET | Actualizado 21/02/2017 07:24 CET

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Foto: EFE

La democracia de Estados Unidos, la salud de la República, se rige desde su fundación por unos principios básicos cuyo respeto, a lo largo de 230 años, ha sido clave para que perviva y se convierta en una superpotencia planetaria, no solo por su fortaleza económica y militar, sino por la solidez y el equilibrio de su sistema político.

Los padres fundadores marcaron desde el principio la senda que no se podía abandonar, una vez que, tras enconadas polémicas, se desechó la vía que llamaban monárquica, una ensoñación de una carta magna inglesa mejorada en la praxis por el conocimiento y la ilustración, en beneficio de la republicana, con mucho mayor contenido en virtudes saludables.

Desde el inicio del camino, la libertad de prensa fue fundamental, y eso que los propios artífices de la Declaración de Independencia y de la Constitución tuvieron que sufrir los embates despiadados y sectarios de periódicos y panfletos carentes de razón y hasta de raciocinio. Pero, frente a los defectos, se opuso la enorme ventaja de que confluyeran en el debate nacional todas las ideas y puntos de vista, verdaderos o falsos, porque, se suponía, mientras mejor informado estuviera el ciudadano, mejor sería su elección y el funcionamiento del Gobierno. Thomas Jefferson fue uno de los mayores defensores de la libertad de prensa, aunque bien es verdad que fue una opinión mayoritaria.

La Primera Enmienda, aprobada en 1791, incluye los derechos a la libertad de culto, de expresión, de prensa, petición y reunión.... En el artículo segundo de la Constitución, Sección Tercera, se recoge que "El Presidente, el Vicepresidente y todos los funcionarios civiles de los Estados Unidos serán separados de sus puestos al ser acusados y declarados culpables de traición, cohecho y otros delitos y faltas graves".

En el mundo moderno, internet nos ha traído raudales de información, el ciudadano tiene más información que nunca, el más humilde analfabeto tiene más información que el más brillante de los emperadores romanos. pero como nos demuestra el día a día, y la propia personalidad y elección de Trump, la información no reduce el número de idiotas.

Los libros de la historia del periodismo norteamericano suelen recoger algunos episodios esclarecedores del pensamiento de los padres de la patria. Hay dos elocuentes de Jefferson. Uno ocurrió durante la visita que el embajador de Prusia le hizo siendo presidente. En el curso de la audiencia, el diplomático tomó en sus manos uno de los periódicos, y viendo los titulares, le preguntó al anfitrión que cómo permitía esos libelos. Jefferson le respondió que cogiera el ejemplar y se lo llevara, "y cuando oiga que alguien duda de la realidad de nuestra libertad, muéstrele el periódico y dígale de dónde lo sacó".

La otra, archirrepetida por su radicalidad, es la muy conocida de que "siendo la base de nuestro gobierno la opinión popular, el primer objetivo debe de ser sostener ese derecho, y si a mí me cupiera resolver si debiéramos tener gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno no dudaría un solo momento en optar por lo segundo". Con una sola condición, importante, claro: "Pero quisiera que cada hombre recibiera esos periódicos y fuera capaz de leerlos".

Esto ha sido así desde entonces, y este pensamiento rocoso y sostenido ha provocado graves conflictos. La prensa, y en concreto el The Washington Post, por ejemplo, fue determinante para la dimisión de Richard Nixon, presentada cuando ya se encarrilaba el proceso de destitución: el detonante fue el caso Watergate. Y sin embargo, el presidente republicano, un habilísimo político pragmático, un pillastre, con merecida fama de tramposo, nunca se atrevió a pasar la barrera del respeto constitucional a la prensa; nunca la atacó como institución, aunque estaba en su derecho de defensa descalificar las razones de la investigación que le afectaba o las intenciones de los editores.

Por primera vez, el Kremlin es el que está marcando la agenda a Estados Unidos y tomando el liderazgo del gran juego.

En realidad, todos los presidentes han sufrido el acoso, o la extrema vigilancia, de un sector o el contrario de los medios de comunicación. Barack Obama padeció el integrismo recalcitrante y cínico de los medios de la ultraderecha, la FOX por ejemplo, que propalaron mentiras morrocotudas que harían palidecer de envidia al mismísimo paradigma del mentiroso compulsivo, el barón de Munchausen.

Su sucesor, el millonario Donald Trump, magnate y todo indica que mangante, ha roto una tradición que es uno de los cimientos de la democracia norteamericana... que no empieza con él, sino al contrario, ha sido boicoteada por él y, desde luego, ha desaparecido de la actual Casa Blanca, convertida en un tiovivo de feria. Una insólita traición al espíritu de los Estados Unidos, a la idea de los padres fundadores, que nadie ha osado poner en cuestión hasta ahora, y al pueblo americano... y, desde luego, a la propia Constitución que establece, gracias a la prudencia y sabiduría de sus autores a lo largo de los dos siglos y pico, una serie de mecanismos de equilibrio y autocontrol.

Donald Trump, tras el prodigio (perverso cuando no maléfico) de su elección -lo que pone de relieve el poder que tiene la intoxicación y el estado de idiotez que de vez en cuando apresa a las sociedades- ha traicionado toda la escala de valores y las normas que han regido a la República: ataca a la prensa, la amedrenta y, de facto, ha instituido una estrategia del miedo desde el atril en las ruedas de prensa. Quiere instaurar algo impensable hasta ahora: una censura previa mediante el terror y la amenaza.

A su vez trata de socavar otro de los cimientos de la Constitución: denigra a los jueces que se oponen a sus ocurrencia en sus decisiones jurisdiccionales, los ofende y manifiesta su clamorosa falta de respeto a la independencia del poder judicial, que los padres fundadores concibieron como celadores del buen funcionamiento del sistema democrático y garantes de que nunca la república degenerase en autoritarismo.

Con la prensa y la justicia sometida a descrédito y amenazada, las cámaras ninguneadas, y el Partido Republicano dividido pero atornillado por los ultraconservadores (puro facherío neocon), con sus líderes más honestos aterrorizados -porque, como decía el presidente Johnson, "una vez que se saca la pasta de dientes del tubo es imposible volver a meterla dentro"-, también la Presidencia ha sido envilecida por Donald Trump, su familia, que mantiene sus negocios, y el coro de acólitos, aduladores y aprovechados que le rodean.

Un presidente que amenaza a una empresa por no vender los modelos diseñados por su hija, que pone a un amigo millonario a auditar y conocer los secretos de la Seguridad Nacional, porque los servicios de inteligencia, civiles y militares consideran un riesgo para el país los coqueteos con Putin y los oligarcas rusos y han probado su intervención en el pirateo informático que rodeó la elección del candidato del Kremlin -lo que hay que oír y ver....- son actos y desvergüenzas que comienzan a probar, más allá de toda duda razonable, que el modelo americano tal como lo conocemos está en peligro.

El payaso de los reality show no se ha presidencializado. Ha implantado el cesarismo telemático. Gobierna, sin ninguna consulta previa ni con sus asesores, ni con las cámaras, ni con los servicios de inteligencia cuando se trata de cuestiones sensibles, desde la cama a golpe de tuit. Los tuits son para él, realmente, discursos y decretos. Frívolos, carentes de cordura, improvisados, demostrativos de una enciclopédica falta de conocimiento que se encubre con la pose, la voz impostada, los gestos, el aprendizaje de la grandilocuencia en los platós, y un discurso tan viejo como el mundo: exacerbar las pasiones, utilizar el odio al extraño, mentir con saña, prometer paraísos que siempre han devenido en infiernos....

Un gran presidente, Ike (Eisenhower) advirtió contra el complejo militar industrial que quería sustituir al poder del Gobierno democráticamente elegido. Trump pone en bandeja de millonarios, especuladores, lobbies, sinvergüenzas, ultras, puede que traidores, según como se miren algunas actitudes y conspiraciones ... el propio gobierno 'efectivo' y rompe todos los consensos republicanos.

Sí, este presidente de opereta se ha convertido en el enemigo público número uno del pueblo norteamericano. Y, por primera vez, el Kremlin es el que está marcando la agenda a Estados Unidos y tomando el liderazgo del gran juego. Es un riesgo, pero a la vez una oportunidad para la Unión Europea. La unidad y la firmeza en la defensa de sus valores es esencial para su supervivencia y su capacidad de liderazgo omo organización política y espiritual, y para el bienestar de sus Estados.