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Con Clinton o Trump en el retrovisor, el Parlamento británico debería decir 'no' al Brexit

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Foto: EFE

Nuevo disgusto para los partidarios de la salida del Reino Unido de la UE: no podrán agarrarse como un clavo ardiendo a la mínima diferencia entre marcharse y permanecer registrada en el referéndum de junio para saltarse a la torera al Parlamento a la hora de comunicar la decisión de romper con Europa por la vía del Artículo 50 del Tratado de Lisboa.

Bien al contrario, el Tribunal Supremo (valga esa denominación en español para entendernos) ha concluido que la primera ministra May y sus colegas de Gabinete -entre ellos el inefable titular de Exteriores, Boris Johnson- necesitan someter a debate y aprobación parlamentaria la ruptura con la UE.

Será el momento de que los diputados actúen en conciencia, sin mayor guía a la hora de votar que sus convicciones sobre un tema de tanta trascendencia. Si todos y cada uno de ellos fueran coherentes con sus pronunciamientos anteriores, May no obtendría ni de lejos la mayoría parlamentaria para llevar a Bruselas una petición de divorcio que será inequívocamente un desastre para su país.

Sumemos a los parlamentarios conservadores, laboristas, liberales, nacionalistas escoceses e irlandeses y verdes que hicieron campaña por quedarse y el resultado será una cantidad aplastante frente a quienes se movilizaron a favor de irse de la UE.

Por supuesto, habrá quienes ahora argumenten para cambiar de bando que no pueden hacer algo distinto a lo que dictaminó el pueblo británico en las urnas, particularmente en las filas conservadoras. Y ya podemos imaginar a los tabloides tronando con amenazas contra aquellos que se atrevan a traicionar a la ciudadanía oponiéndose a activar el Artículo 50.

¿Pero qué ciudadanía? ¿La que votó en base a argumentos tan tergiversadores y promesas tan falsas que los mismos líderes antieuropeos reconocieron insostenibles solo pocas horas después de anunciarse el resultado del referéndum? ¿La que no incluye a la inmensa mayoría de los jóvenes, cuyo futuro puede quedar en entredicho? ¿La que no cuenta con la mayoría de los escoceses y los norirlandeses? ¿La que compartió y comparte los argumentos racistas y xenófobos que han disparado las ataques de ese tipo hasta cifras insoportables en cualquier democracia?

Esperemos que décadas de parlamentarismo e independencia de criterio del diputado británico les iluminen.

Sin olvidar que el referéndum del 23 de junio era consultivo y no decisorio, de forma que el Parlamento tomara en cuenta el resultado y actuara en consecuencia, lo que no quiere decir necesariamente en el mismo sentido. Así es la democracia representativa, para bien.

May, Johnson, Duncan Smith van a tener que debatir, algo que rehúsan hacer en los últimos meses como quien huye de la peste, porque saben que no pueden convencer en una discusión abierta y limpia en el Parlamento, menos aún cuando ha quedado claro que irse de la UE no era un sueño, sino una pesadilla.

Ahora es cuando los diputados europeístas, tibios o fervientes, de todo color político, tienen que dar la cara, ganar con razones el debate e impidir la puesta en marcha del Artículo 50. En el Partido Conservador habrá de todo, pero bastaría con que solo una parte de quienes hicieron campaña para permanecer fuera coherente para conformar una mayoría parlamentaria que pusiera fin antes de comenzar formalmente al mayor disparate que ha visto el Reino Unido en su historia contemporánea.

Eso sí, siempre y cuando los diputados laboristas -que tienen en sus filas algunas excepciones, pero pocas- respeten la historia y el programa del partido y también digan NO. Y aquí es donde Jeremy Corbyn se tiene que retratar: si empieza a dudar y a decir que si el referéndum tal y cual, quedará definitivamente claro si su campaña a favor de permanecer en la UE fue débil y mala por errores de planteamiento y desarrollo o por razones de fondo, haciendo bueno aquello de que los extremos se tocan.

Hace unos días fui panelista en la Ciudad de México sobre el Brexit en el III Encuentro Latinoamericano de Think Tanks, en una mesa redonda que también abordó las consecuencias de una posible victoria de Trump. A nadie le cabía ninguna duda de que esta última, sumada a un debilitamiento de la UE por la salida del Reino Unido, provocaría un peligroso desequilibrio mundial perjudicial para la gran mayoría de países y pueblos.

El martes 8 de noviembre ganará Clinton o lo hará Trump. En el primer caso, los parlamentarios ingleses que debatirán y decidirán sobre el inicio del abandono de la UE -según el Tribunal Supremo- se darán cuenta de que en su principal aliado no soplan los mismos vientos que lo hicieron en su referéndum. En el segundo, deberán ser conscientes de que sumar a la victoria del magnate norteamericano un SÍ a marcharse de la Unión sería como echar gasolina al fuego.

Esperemos que décadas de parlamentarismo e independencia de criterio del diputado británico les iluminen.