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Referéndum británico: ni exagerar ni culpar a la víctima

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Foto: EFE

La verdad es que lo siento como el más europeísta de los británicos, pero el resultado del referéndum del 23 de junio es claro: una mayoría de electores quiere a su país fuera de la Unión Europea. Y eso es malo por varias razones.

Primero, porque el todavía Reino Unido se embarca en un proceso del que solamente puede salir perjudicado: política y económicamente, abandonar la Unión le debilitará dentro y fuera de sus fronteras. Lo más probable es que incluso deje de existir como lo conocemos ahora, porque tendría toda la lógica y mucha legitimidad que Escocia retomara el camino de la independencia.

Segundo, porque la mayoría alcanzada beneficiará sobre todo a quienes la han liderado, es decir, la ultraderecha xenófoba y racista y lo más retardatario e irresponsable de los Conservadores. Si algún votante por la salida se ha llegado a creer que vivirá en un país más libre y democrático, no tardará mucho en desengañarse.

Tercero, porque mete en un lío a la Unión Europea, que ahora se verá obligada a activar el ya famoso artículo 50 del Tratado de Lisboa, que procede directamente del que introdujimos en la Constitución Europea que elaboramos en la Convención.

Veremos cómo termina todo dentro de meses o años, pero creo que conviene no exagerar y, sobre todo, no echar la culpa a la víctima.

No exagerar porque ni el mundo ni la Europa unida se hunden con la decisión del referéndum británico. Por ejemplo, a primera hora del viernes, al ver que el Ibex bajaba más de un 11 % y la Bolsa de Londres la mitad, me preguntaba si me había equivocado y en realidad se había votado en España. La exageración puede servir para especular o para escribir artículos o crónicas alarmistas, pero no para solucionar los problemas.

La UE tiene los medios para afrontar esta crisis. Lo hará profundizándose políticamente, como siempre.

Lo más grave se hubiera producido si Londres fuera miembros del euro, pero no es el caso. Así que el Reino Unido sigue siendo hoy por hoy miembro de la Unión y, con toda seguridad, al final del proceso de divorcio, si este se culmina, seguirá perteneciendo a muchos de sus ámbitos (mercado único, por ejemplo, pero sin participar en las normas que lo gobiernan: ¿se habrán dado cuenta del negocio?) aunque ya no sea formalmente miembro de la Europa comunitaria.

¿Por qué descartar incluso que haya un nuevo referéndum sobre la permanencia a la vista de la catástrofe creada y con un nuevo acuerdo mediante entre Bruselas y Londres? Hay quien pensará que lo conveniente ahora es ser inflexible, pero quizás convendría ser más pragmático que otra cosa.

Lo segundo que evitar es terminar culpando a la UE. Ya he leído algunas opiniones señalando con el dedo a Bruselas, a la burocracia europea, a lo incomprensible de la Unión para la mayoría favorable al abandono en la consulta británica. No, amigos, no: la responsabilidad recae en quien con argumentos populistas y demagógicos atacaba a la inmigración o quería golpear a su sistema político en el trasero de Europa.

Conviene no engañarse: la batalla por Europa va a librarse contra los Farage, Johnson, Le Pen, De Wilders y otros tantos populistas, demagogos, racistas y fascistas que desean la desaparición de la UE y algo más. Ese algo más que comparten con Donald Trump, por poner un caso. En esa batalla, lo primero será abrir los ojos a quienes han nublado la vista con su discurso, y no será sencillo.

Tranquilidad, pues la UE tiene los medios para afrontar esta crisis. Lo hará profundizándose políticamente, como siempre. Y saldrá adelante. A pesar de todo. Tenemos que conseguirlo, al menos, en memoria de Jo Cox, asesinada vilmente hace poco más de una semana.

Por cierto, no seamos paletos y dejemos de utilizar la maldita palabreja que no he nombrado en todo el artículo hasta ahora: Brexit.