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El hotel del arzobispo

25/02/2017 10:29 CET | Actualizado 02/03/2017 11:56 CET

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De vez en cuando, doy paseos por los barrios en los que he vivido, por aquello de que a la memoria hay que cuidarla, y no hay mejor manera que los pasos dados. La semana pasada me acerqué a Les Corts, un barrio de Barcelona donde viví casi cinco años, trabajé y me reí mucho. Tiene aire de pueblo pequeño, con placitas y mercado y niños que chillan a pleno pulmón, como es su deber, mientras juegan por las calles. Sí, sí. En Les Corts los niños aún juegan en plena calle. Habrá que sacar fotos de la estampa, porque está en vías de extinción. Me llamaron la atención unas pintadas en las paredes de un jardín precioso, «No hotel». Levanté la vista y vi que de la gran mayoría de balcones cercanos al jardín colgaba el mismo cartel, «No hotel». Me crucé con mis antiguos vecinos, y les pregunté. «¿Qué es eso del hotel?». Y me contaron.

En mitad de las dos plazas de Les Corts, la de Concordia y la de Comas, hay una residencia para religiosos jubilados. Está en un lugar privilegiado, a dos minutos de grandes almacenes, del metro, de la Avenida Diagonal, pero respira tranquilidad porque cuenta con dos jardines, uno interior y otro exterior. Me cuentan, decía, que el solar donde está situado el exterior, en el que hay una vieja edificación que es patrimonio arquitectónico de la ciudad, van a construir un hotel con ciento quince habitaciones, estudios o boutique apartments, como dicen ahora. Que el barrio entero está en pie de guerra (ocho asociaciones de vecinos no son pocos), que llevan hablando con el Ayuntamiento de Ada Colau durante meses, y que no se puede hacer nada, les dicen. ¿Cómo que no?, pregunto yo. Resulta que el solar es propiedad del Arzobispado de Barcelona y en el Ayuntamiento dicen que esto lo pactó el anterior gobierno, y que no se puede hacer nada. Es decir, que no quieren problemas. El arzobispado tiene previsto entregar la gestión del hotel (al que llaman residencia de estudiantes y jubilados, para esquivar problemas) a una concesionaria durante cincuenta años. Se trata de un grupo de inversión llamado Azora, cuyo negocio es la gestión de alquileres a quien sea y mientras paguen, a tenor de lo que hace con sus demás propiedades. Es decir, que se van a limitar a cobrar de una construcción que no tiene nada que ver con la tarea religiosa (y eso que el terreno fue legado bajo la condición de que se dedicara a obra pía, ¡habrá que explicarles al gremio de hoteleros que sus labores son pías!), y que perjudicará el centro neurálgico de Les Corts irremisiblemente. Si alguna vez tienen curiosidad por fijar la fecha en la que Les Corts pasó a ser un barrio más devorado por el depredador turístico, marquen el inicio de la construcción del hotel del arzobispo en el solar de la calle Galileu. Así empiezan los procesos de gentrificación.

Porque, vamos a ver: ¿de verdad el arzobispado de Barcelona necesita construir una residencia (eufemismo flagrante) de ciento quince plazas? ¿El arzobispado de Barcelona no tiene ningún reparo en ejecutar una obra que gentrificará (otra vez la desagradable palabra) todo un barrio, todo para lucrarse con una operación inmobiliaria? ¿Es que la crisis no nos ha enseñado nada? Y finalmente, ¿hay que dar las gracias cuando se destruye un jardín porque aceptan rebajar la altura de la edificación, más de cuatro pisos por encima de la actual? Pues eso parece, a tenor de las declaraciones del ayuntamiento más izquierdista que ha tenido la ciudad. Barcelona «sí se puede», menos cuando topamos con la Iglesia.

Vuelvo paseando hasta mi actual barrio, donde es cada vez más difícil cuando salgo a comprar que no me pregunten dónde está la Sagrada Família. Ejerzo con resignación mi función de guía turístico ocasional, consciente de que el futuro de Barcelona es ser la Venecia ibérica, y pienso que ya no podemos echar a los mercaderes del templo: mientras no mirábamos, lo han vendido al mejor postor.

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