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De Jeremie a Puerto Príncipe: diferencias sustanciales en Haití

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©UNICEF

El viaje de vuelta desde Jeremie hasta la capital dura siete horas por un camino lleno de baches que a duras penas merece llamarse carretera. Siete horas, varios cientos de kilómetros que separan el día de la noche. Es el tránsito desde la destrucción total de la zona oeste a la realidad de Puerto Príncipe donde la vida casi ha vuelto a la normalidad.

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©UNICEF

Antes, las diferencias entre las condiciones de vida de los niños nacidos en áreas urbanas y las de aquellos que viven en zonas rurales ya eran tremendas. La gran mayoría de los niños haitianos que no tienen acceso a educación de calidad, servicios de salud y agua limpia se encuentran en áreas rurales remotas. Esta situación ya se daba antes del huracán Matthew, e incluso antes del terremoto del año 2010, ya que tiene que ver con decisiones estructurales en materia de inversión en servicios sociales e infraestructuras. De hecho, los indicadores de desarrollo de la infancia reflejan que los progresos se han llevado cabo durante la última década, tiempo insuficiente todavía para que cada niño y cada niña se hayan podido ver beneficiados.

Pero más allá de la brecha demográfica, el sentimiento de que existen dos mundos diferenciados se percibe mientras se conduce desde el oeste hasta la capital. Cada kilómetro pesa como si nos estuviésemos mudando de una existencia a otra. Desde un lugar donde los hogares de las familias permanecen destrozados, a una ciudad vibrante en la que la mayor parte de la gente ya está inmersa de nuevo en la rutina.

Me siento agradecida por tener la oportunidad de ver y sentir la realidad que hay tras las estadísticas que circulan entre los círculos humanitarios desde el paso de Matthew. Hay mucho que aprender. De hecho, es difícil poner en palabras la mezcla de desesperación y valentía que colorean el ambiente en las dos áreas más afectadas del país. Las madres, los padres y la gente joven con la que he tenido la oportunidad de charlar, aceptan lo que ha ocurrido; no se autocompadecen de su situacion, sino que canalizan su energía hacia maneras más pragmáticas de seguir viviendo en estas nuevas circunstancias.

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La gente utiliza techos caídos de hojalata, plásticos y otros objetos para crear ingeniosas soluciones habitacionales en una gran muestra de resiliencia. Algunos van incluso más allá: "Mi casa está destruida, ahora vivo con mi hermano y su familia. Somos siete en una habitación y media. Volver a construirme una casa es importante para mí, pero también quiero plantar árboles, muchos árboles. La destrucción de la naturaleza aquí en Grand Anse tendrá un impacto muy negativo en el cambio climático", me cuenta Tamar, un estudiante de Economía. Milagrosamente las semillas de berenjena que plantó antes de Matthew han sobrevivido a las tormentas, ¿será el comienzo de algo nuevo?

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