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México vive tiempos interesantes

26/01/2017 07:22 CET | Actualizado 26/01/2017 07:22 CET

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Foto: EFE

Hace ya un par de décadas que una amiga me enseñó que, supuestamente, los chinos, en sus deseos de año nuevo, piden para sus seres queridos "que vivan en tiempos interesantes". No sé si mi amiga, una renombrada inventora de mentiras ingeniosas, me tomó el pelo o no, pero la idea se me quedo en la piel desde entonces. Vivir tiempos interesantes puede ser sinónimo de aventuras, crecimiento y aprendizaje o, en su versión siniestra, nos habla de los riesgos que hay que correr, la supervivencia y las amenazas en el camino, que no dejarán que nos aburramos fácilmente.

Y vivir tiempos interesantes, en cualquiera de sus interpretaciones, es lo que le sucede a México en este arranque de 2017 y seguramente continuará en el siguiente año. Lo interesante de estos tiempos que se avecinan se sustenta en la complejidad del escenario que enfrenta el país, tanto al interior como allende sus fronteras.

En el escenario interno, México se enfrenta a una desbocada carrera por la presidencia, a pesar de que las leyes y tiempo oficiales marcan que esto no debería iniciarse hasta finales de año, culminando con la elección presidencial a celebrarse el primer domingo de junio, 2018.

Durante más de 70 años, los tiempos político-electorales del país eran controlados por la dupla partido hegemónico-estado autoritario cuya cabeza indiscutible era una presidencia imperial. Sin embargo, desde 2000, el país ha vivido lo que se ha dado en llamar "la alternancia en el poder": los últimos cuatro presidentes son dos del mayor partido de derecha (PAN) y dos del PRI, partido que se identifica con la revolución de 1910, al gobernar el país casi todo el siglo XX. Sin embargo, ya no es el caso.

Lo que una vez fue el monolítico poder presidencial es un recuerdo y el paso seguido de tres presidentes mediocres en lo político, cuya visión de estadistas brilla por su ausencia y que además han sido francamente nefastos en aspectos como seguridad interna, crecimiento económico y educación, ha hecho que el poder se pulverice, lo que se traduce en falta de gobernabilidad de un país acostumbrado a una mano fuerte que lo controle.

Los próximos 24 meses serán determinantes para el futuro del país, quizá como nunca antes en la historia.

La fragmentación de la clase política y la falta de liderazgo, exceptuando un casi mesiánico líder de izquierda que va por su tercera intentona para ganar la presidencia, no generan más que inseguridad generalizada entre ciudadanos, organizaciones de la sociedad civil y empresas.

Por si fuera poco, al mirar el escenario externo, las cosas se ponen aún más interesantes para los mexicanos. El principal factor de enrarecimiento lo constituye el empresario metido a político de copete de pelos de maíz y piel naranja, el cual tomará posesión como 45º presidente de los Estados Unidos de América.

La victoria electoral de Trump ha sumido a casi todos los mexicanos en la zozobra y el temor, y no es para menos. Lo que a muchos nos parecía solamente una retórica de campaña cuyo fin era atraer los votos antisistema de los norteamericanos resentidos, se ha transformado en una amenaza real y peligrosa.

Trump ha demostrado lo serio de sus intenciones y ha reiterado con sus primeras decisiones como presidente y los nombramientos de su Gabinete que sus promesa de levantar un muro, romper el TLCAN y obligar a las empresas de su país a regresar sus plantas productoras a territorio nacional son ya políticas de su Gobierno.

La gran dependencia mexicana del mercado de su vecino anglosajón, aproximadamente del 80%, nos hace blancos fáciles en caso de que el nuevo presidente de Estados Unidos se decida a romper con todas las reglas que se han establecido durante los últimos 25 años para hacer las cosas a su modo. Y si algo nos enseñó la carrera presidencial es que Trump es especialista en romper todas las reglas y lograr triunfos dudosos, éticamente cuestionables y desagradables por sus planteamientos, pero triunfos al fin.

Con un presidente acostumbrado a estas acciones, se puede esperar cualquier cosa de la nueva Casa Blanca, en especial por tener un debilitado Gobierno mexicano que ha perdido el impulso que parecía tener los dos primeros años de gobierno en gran medida por sus desatinos constantes y la manía de improvisar sus acciones.

Y como prueba de lo anterior podemos apuntar el nombramiento del nuevo canciller, Luis Videgaray, responsable de darle impulso a la campaña de Trump al convencer al Gobierno mexicano de invitarlo y darle trato de Jefe de Estado, justo cuando su campaña se desinflaba. En el acto de toma de posesión, el flamante encargado de las relaciones exteriores declaró "No soy diplomático, vengo a aprender". Más sinceridad no se puede pedir.

Los próximos 24 meses serán determinantes para el futuro del país, quizá como nunca antes en la historia. Los mexicanos viviremos tiempos turbulentos, activos, militantes, sorprendentes, pero sobre todo, tiempos interesantes.

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