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Apuntes electorales

27/05/2015 07:17 CEST | Actualizado 27/05/2016 11:12 CEST
EFE

Este texto también está disponible en catalán

Al día siguiente de las elecciones --y más de unas tan apasionantes como las que hubo el pasado domingo; parecía que volvíamos a estrenar democracia--, todo son recuentos de ganancias y pérdidas, declaraciones varias y también excusas de todos los colores; destacan las muy extemporáneas que intentan presentar derrotas como victorias. Casi enternece ver el partidismo descarado de muchas formaciones políticas y de muchas cadenas de radio y televisión constituidas como auténticos aparatos de propaganda.

En cuanto a la lengua, se sigue constatando el desprecio por el principio de economía y el prestigio que tienen palabras estrafalarias aunque sean incorrectas. Se ha oído, por ejemplo, hablar «de la intencionalidad del voto» o «del sumatorio de los votos de distintas formaciones». Tan fácil, comprensible y correcto como es decir: «intención del voto» o «suma de los votos». O la aparición de tacos; por ejemplo, un sonoro «coño», en boca de un político de orden como Artur Mas asustado por el avance de Ada Colau.

Es evidente que de los resultados electorales se pueden hacer lecturas que te tranquilicen y te satisfagan, pero no puedo dejar de dar vueltas al hecho de que el PP ha ganado globalmente ambas elecciones. Sí, ya sé que ha perdido unos dos millones y medio de votos, pero me pregunto si seguiría teniendo votos a pesar que se demostrara que tal o cual dirigente ha cometido asesinatos en serie.

¿Qué más tiene que hacer, por ejemplo, Esperanza Aguirre antes de perder definitivamente unas elecciones? Ha ganado las últimas a pesar de todas las malas artes desplegadas durante la campaña. Parece que a quien la vota (y son mayoría) no les importa su dedicación a cazar talentos especialmente hábiles para la corrupción en la vida pública; que desobedezca y atropelle motos de municipales; tampoco la diferencia de criterio según si la declaración de renta que sale a la luz es la suya o la de un enemigo político; o los bajos ataques a Manuela Carmena, su rival más cercana.

Si lo desean, vean este pequeño vídeo que muestra la mala educación, el insulto a una política rival, Mònica Oltra, y el desprecio por la democracia de un diputado que goza de la complicidad corporativa de una correligionaria que, encima, es la encargada de poner orden.

¿Qué más tiene que hacer un político del PP en Valencia para ser apartado por el electorado? Si no les basta, aquí tienen otro que retrata la misoginia de un ex vicepresidente del País Valenciano.

Otros motivos de preocupación y tristeza son la ausencia unánime y transversal de dimisiones, y la elección de cargos imputados o condenados (unos cuarenta). Mientras tanto Mariano Rajoy, atrincherado en la sede de su partido, se mira al espejo para comprobar cómo va de sentido común (persona normal como es) y si es un hombre como Dios manda.

Y es que a veces el comportamiento de buena parte del electorado premia la mala educación, las mentiras, la demagogia, el desfalco continuado, la corrupción... Salvando las distancias, recuerda lo ocurrido después del espeluznante acoso que sufrió Nevenka Fernández cuando era concejal de Hacienda de Ponferrada. A pesar de que el alcalde de la ciudad, Ismael Álvarez, tuvo que dimitir al ser declarado culpable de las agresiones, gran parte de la sociedad le aplaudió. O el de un caso reciente: el del apoyo casi unánime al jugador del Betis, Rubén Castro, reiteradamente acusado de maltratar a su pareja. Tanto en un caso como en el otro, la víctima perseguida y escarnecida.

Dejo de lado las pesadillas y me alegro con victorias que animan y consuelan. Al margen de partidos que hinchados de aire y de la nada como las burbujas, la constante progresión de pequeñas candidaturas a base de esfuerzo y trabajo callado, a pesar de que lo tienen todo en contra. Pienso en Compromís, en la CUP. La irrupción de Ada Colau en la política municipal. Parece mentira, pero nunca antes ha habido una alcaldesa en Barcelona; la sombra de Pujol desafiando toda lógica es alargada y en este rincón del mundo más bien están por la «natural» incorporación (signifique lo que signifique eso) de las mujeres en cualquier ámbito político y ciertos partidos abogan por algo tan sospechoso como «el gobierno de los mejores».

A mitad de camino entre la Ben Plantada y la escritora y política Maria Aurèlia Capmany, le deseo toda la suerte y el temple del mundo. Le harán falta: en una cadena de televisión ya le dijeron que era gorda y fea. Al día siguiente de las elecciones, Xavier Trias, exalcalde de Barcelona, ya la ha tildado de «mandona». ¿Habría usado el mismo epíteto para referirse a un futuro alcalde? Que se prepare. El mismo temple que necesitará Manuela Carmena, política que desmiente que el cambio es puramente generacional. El que ya ha mostrado sobradamente la antes mencionada Mònica Oltra. Se necesitará en muchos lugares, especialmente en el País Valenciano o en las Islas Baleares, para arrebatar, por ejemplo, algo tan importante como la lengua de las garras de la politiquería que la ha encarcelada e intentado envilecer desde hace años pero con un ensañamiento especialmente feroz durante la última legislatura.