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04/04/2015 10:03 CEST | Actualizado 04/06/2015 11:12 CEST

Violencia, machismo y tradición

EFE

Este texto también está disponible en catalán

Estos días en que no hay un partido de fútbol cada dos minutos, lejos del próximo clásico, es un buen momento para hablar de la violencia machista que no cesa. En efecto, los insultos y agresiones machistas, las incitaciones a la violencia, son frecuentes en el fútbol y en otros deportes. Últimamente, ha habido también un caso sonado en el bádminton.

Hace muchos años, en agosto de 1988, en una estancia del FC Barcelona en Holanda -la sombra de Cruyff era alargada-, se acusó a uno de sus jugadores, el vasco Alexanco, de violar a una empleada del hotel donde se alojaba la expedición. Lo recuerdo nebulosamente, pero me da la impresión de que el Barça ya no pudo volver más a Holanda para preparar sus temporadas, aunque el caso quedó en nada, porque no se dio por probado el crimen. Tanto la mujer del acusado como el club -suele ocurrir, con o sin razón- le dieron un apoyo sin fisuras, y la prensa pasó de puntillas por encima del caso. A pesar del mucho tiempo transcurrido, recuerdo -porque el detalle me dejó horrorizada- que un periódico explicaba que a la práctica de joder (no creo que se pueda hablar de hacer el amor) durante las concentraciones, los jugadores la denominaban «quitarse la cera de las orejas», cito de memoria. Eran otros tiempos.

Muchos años después, un futbolista holandés, Edgard Davids, jugó la temporada del 2004 en el Barcelona. Dos años antes, había sido denunciado por su expareja por malos tratos continuados y tuvo que responder de ellos ante la justicia holandesa e italiana. Las escasísimas noticias sobre el caso se relegaron a la sección deportiva de los diarios, y la prensa del entorno barcelonista prefirió, más que pasar de puntillas, no hablar de ello. Eran otros tiempos.

En 2003, el Barça rescindió el contrato que vinculaba a la jugadora de baloncesto bosnia Razija Brcaninovic al equipo azulgrana. El energúmeno de su marido -que le zumbaba sistemáticamente con ferocidad- agredió también a una jugadora de un equipo contrario al final de un partido. A raíz del caso, Brcaninovic faltó a entrenamientos y a un partido; por tanto, el club tenía motivos para despedirla. Lo sorprendente es que un club que cuida de sus jugadores enfermos -incluso a uno de ellos, en un bello gesto, le renovó el contrato mientras estaba de baja-, se quite de encima a una jugadora que sufría algo muy parecido a una enfermedad. Lo coherente hubiera sido que la apoyara en el calvario que estaba pasando y la ayudara a buscar soluciones al maltrato que recibía.

Contrasta con la actitud de un entrenador de fútbol, Pepe Mel, que dijo de un jugador reiteradamente acusado de maltratar a su pareja y pendiente de juicio: «Rubén Castro sabe que en mí tiene a un padre». Jugador canario defendido, como es bien sabido, por fanáticos seguidores de su equipo con cánticos de una misoginia y de un odio aberrantes e insoportables y de una manifiesta incitación a la violencia machista. Es decir, una maltratada abandonada a su suerte y un presunto maltratador comprendido, defendido e incluso mimado. Parecen otros tiempos.

El presidente del club bético parece que en un primer momento no se apercibió de los putrefactos cánticos. Cuando se los hicieron notar, los condenó enérgicamente, pero cuando supo la posible sanción, la encontró totalmente desmedida e injusta. Un clásico. Parecen otros tiempos.

Recientemente en un partido de fútbol de segunda división andaluza, se insultó de forma reiterada, fascista, machista y abyecta a una linier. El castigo consistió en imponer al club una multa de cincuenta euros. Supongo que al presidente del Betis le habrá parecido la mar de proporcionada y razonable. Parecen otros tiempos.

De todos estos casos (me refiero a los actuales), se ha dejado de hablar en seco. En consonancia a como se habla de los jugadores que, en el transcurso del partido y con insultante machismo, se palpan el pene (la palabra precisa y correcta acostumbra a poner la cuestión en su lugar y a restituirle su minúscula dimensión). Primero, un alud -casi una diarrea- de comentarios desafortunados y eufemismos sacados de quicio, casi nunca ninguna sanción y al cabo de unos días, nada de nada.

Y así nos va.

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