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Colombia: sin guerra, sin paz

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Foto: EFE

Para hacer la paz, se necesita sobre todo voluntad. Durante estos cuatro años de conversaciones en La Habana quedó demostrado que si algo les sobraba tanto al Gobierno como a las FARC era eso: voluntad de paz. En el camino se transformaron, superaron distintas crisis y terminaron por encontrar puntos en común en medio de las más profundas diferencias.

Tras los acuerdos de paz firmados el pasado lunes por el presidente Santos y el líder de las FARC Rodrigo Londoño Timochenko, el país votó este domingo en referéndum si quería poner punto y final a una guerra de 52 años y más de 267.000 fallecidos, 6.7 millones de desplazados y miles de secuestros y desparecidos.

Pero el resultado del referéndum del domingo nos sorprendió a todos.

Causas de la victoria del 'no'

Juan Manuel Santos se la jugó y convirtió el proceso de paz en su principal caballo de batalla, y ha dedicado sus mayores esfuerzos a conseguirlo. Pero su Gobierno es impopular y su coalición política se encuentra fragmentada, lo que puso en bandeja una derrota en un referéndum que no tenía obligación de convocar.

Otro punto que destacar es la gran brecha territorial en el país: las zonas urbanas y la élite agraria votaron por el 'no', mientras que las clases más populares y las zonas más golpeadas por el conflicto votaron a favor del 'sí'.

Los efectos del huracán Matthew también deben tenerse en cuenta, no es un fenómeno anecdótico. El huracán causó estragos en el Caribe colombiano, en especial en el Departamento de La Guajira. El resultado: la abstención fue del 81% en esta región del país.

Y finalmente, la campaña del 'no', que para bien o para mal, fue exitosa. Liderada por el expresidente Uribe, esta facción de la derecha colombiana logró sembrar en una buena proporción del electorado sentimientos de miedo hacia el proceso. Acusando al acuerdo de atentar en contra de los valores más profundos de la familia, alimentando la desinformación y prometiendo renegociar el acuerdo para obtener mejoras, aunque supiera de antemano que eso no es posible. Y argumentando, con especial dureza, que había impunidad.

¿Y ahora, qué?

El anuncio del presidente Santos de mantener el cese del fuego y de hostilidades, bilateral y definitivo, produce alivio, pues da un respiro para encontrar salidas a la crisis política y jurídica. Por otro lado, también tranquiliza la reacción de Timochenko al resultado: "Solo usaremos la palabra en el futuro". La pregunta ahora es: ¿por cuánto tiempo se puede sostener si no hay soluciones a la vista?

En primer lugar, la ONU queda en una situación difícil. El Consejo de Seguridad difícilmente podrá mantener una misión de 500 personas sin un horizonte claro del desarme. Si la verificación se resquebraja, el cese sería insostenible y la consecuencia probable sería volver a la confrontación.

También se plantea el dilema de cómo se sostendrán los combatientes de las FARC comprometidos como están a no cometer extorsiones ni incurrir más en el narcotráfico. Y si bien las FARC han estado muy cohesionadas hasta ahora, esta derrota política también lesiona los liderazgos en sus filas y la confianza de muchas de sus bases en el proceso. Un limbo prolongado puede llevar a una erosión interna de la guerrilla.

Finalmente, también hay que considerar que este rechazo al acuerdo con las FARC tendrá un fuerte impacto en las posibilidades de un proceso de paz con el ELN (Ejercito de Liberación Nacional). Ese grupo había dado por fin muestras de sensatez al anunciar un cese del fuego unilateral para facilitar el plebiscito, pero este resultado aleja la posibilidad de abrir una fase pública con ellos.

Colombia está frente a un periodo sin guerra y sin paz, en un cese del fuego que es frágil, en medio de una campaña electoral polarizada, una crisis fiscal profunda y sin certidumbres de que se pueda llegar a un mejor acuerdo de paz.

La Unión Europea y toda la comunidad internacional seguiremos apoyando el proceso de paz enérgicamente, pero depende de los propios colombianos que la paz llegue finalmente a su país. Está en sus manos cerrar el capítulo más violento de su historia reciente y abrir una nueva etapa de Paz. Colombia se lo merece.