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Venezuela en la encrucijada: de conspiraciones y represión en una economía dolarizada

25/03/2015 07:12 CET | Actualizado 25/05/2015 11:12 CEST
EFE

Siempre me tuve como una persona de izquierdas y para nada en el entorno de Aznar, los Bush o Uribe, pero debo ser (¡y yo sin saberlo!) uno de esos conspiradores de la guerra imperialista que patrocina el eje Bogotá-Miami-Madrid, y que Maduro, intentando mantener prietas sus filas cada vez más menguadas y resquebrajadas, elucubra que está detrás de las colas en los supermercados para comprar algo de azúcar para endulzar el también ausente café. O quizá los conspiradores estaban detrás de la frustración de una ciudadanía que no pudo adquirir preservativos durante el pasado Carnaval porque, puesto que sus importadores (quizá porque no engrasaron suficientemente al compañero-funcionario encargado de asignarlas) no consiguieron divisas subvencionadas, costaban lo mismo que un teléfono inteligente (no es una exageración) en un país en el que son frecuentes los casos de violencia callejera para robar ese tipo de teléfonos.

Ambos ejemplos ilustran la cruda realidad de un modelo económico que hace aguas por todas partes y en todos los aspectos, hasta en los más nimios de la vida cotidiana. En el caso del azúcar y el café, por el dogmatismo de pensar que acabando con los empresarios se acaba con la burguesía, y lo que consiguieron fue vaciar el mercado incluso de bienes básicos para los que el país caribeño presenta condiciones naturales óptimas. En el caso de los preservativos, porque los pseudotecnócratas del régimen -ilustrados, entre otros, por nuestros compatriotas pupilos del experto en economía monetaria Monedero- tuvieron a bien decidir que ante la escasez de divisas, y con una cotización del dólar libre desbocada, que hoy es casi 50 veces superior al oficial, los preservativos (si no son chinos, en cuyo caso se importan subvencionados) no son un artículo de primera necesidad en un país felizmente casquivano, pero que por razones de diverso tipo es renuente a usar los profilácticos asiáticos. La cosa no pasaría de ser una de tantas contradicciones del mal llamado socialismo del siglo XXI si no fuera por sus efectos a largo plazo en los contagios de enfermedades de transmisión sexual, o por el altísimo número de embarazos no deseados que existen en el país.

La paradójica realidad es que el país está prácticamente dolarizado. El oficialmente denominado "Bolívar Fuerte" ha perdido todo su valor, y la moneda nacional sólo se usa para fijar los precios de la energía para consumo interno, que casi se regala con un inmenso coste fiscal, y para los servicios básicos y los poquísimos bienes de primerísima necesidad que los ciudadanos adquieren tras interminables colas. El resto de los bienes, desde piezas de repuesto para automóviles y maquinaria, a inmuebles, insumos para las pocas empresas manufactureras que sobreviven en el país, electrodomésticos o una consumición en un restaurante, se pagan en bolívares referenciados a la cotización del imperialista billete verde en el mercado paralelo. Y mientras tanto, en un ejemplo de cinismo económico y político, el billete de curso legal de mayor denominación (100 bolívares) equivale en el mercado a menos de 40 céntimos de dólar, ajeno a la inflación desbocada (aunque el Banco Central de Venezuela ha dejado de publicar estadísticas oficiales, se estima que muy superior al 15% en los dos primeros meses de este año) y a su propia depreciación. Las expectativas de futuro son, aún, más negativas. La caída de los precios del crudo, de cuya exportación en 2014 dependió el 96% del ingreso de divisas, se traducirá en 2015 en entradas de divisas inferiores en un 50% a las del año anterior. Y las escaseces y colas serán, consecuentemente, mucho mayores.

Como en el caso de Cuba con el bloqueo yankee, para el Gobierno venezolano, la causa de que la Arcadia feliz que soñó el "Comandante Eterno Hugo Rafael Chavez Frias" (es frecuente el uso de esta retórica ampulosa en los discursos de Maduro) se haya convertido en un infierno es externa: la conspiración imperialista con sus traidores aliados internos. Y la respuesta, la misma en ambos casos: represión y censura. Represión y censura permanentes que se intensifican en los momentos críticos. Y así, contraviniendo el art. 68 de la Constitución Bolivariana, el Ministerio de la Defensa aprobó hace no mucho el uso por parte de las Fuerzas Armadas de "fuerza potencialmente mortal" durante las manifestaciones cuando la situación lo requiera. En lo que va de año, 6 personas han muerto en las protestas, y crecen las denuncias de tortura y encarcelamiento de políticos de la oposición. Hace algo más de un mes, la policía política bolivariana allanó y detuvo violentamente al alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, con cargos tan indefinidos y faltos de sustancia como los que desde hace más de un año mantienen privado de libertad y humillado a Leopoldo López. María Corina Machado ha sido despojada de sus credenciales de representante en la Asamblea Nacional, y no sería de extrañar que si la zozobra del régimen no mejora, fuera la tercera (de los líderes carismáticos de la oposición) en dar con sus huesos en el penal. Y el gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles sufre el permanente escarnio del régimen. Los medios de comunicación independientes son silenciados (tras el cierre a finales del pasado mes de enero de la versión impresa del diario Tal Cual por negarle el Gobierno el acceso a divisas para importar papel sólo subsiste y a duras penas el diario El Nacional) para, por ejemplo, pasar de puntillas sobre los escandalosos casos de corrupción que trufan el poder bolivariano desde las más altas instancias.

El futuro es tremendamente incierto, y está abierto a situaciones en las que el oficialismo intentará ganar tiempo con la esperanza de que, por arte de birlibirloque, se recuperen los precios del crudo y el modelo pueda tomar resuello, los anaqueles de los supermercados estén algo menos vacíos, y así proseguir el business as usual de repartir (y repartirse) una parte de la renta petrolera sin tener que recurrir al impago de los compromisos externos. En este sentido, y coherente con el incremento de la verborrea nacionalista/antiimperialista (que, por ejemplo, amplifica con tintes belicistas las sanciones de la administración Obama) y la represión del creciente descontento, no es descartable que el pueblo venezolano esté sufriendo un autogolpe de estado en diferido cuyo objetivo a medio plazo sea, en paralelo al deterioro de las condiciones de subsistencia, crear el contexto para acabar justificando una intervención de mayor calado como sería la cancelación de las elecciones parlamentarias previstas para la segunda mitad del año. Obviamente, el régimen preferiría no tener que recurrir a cancelar las elecciones y mantener una fachada electoral más o menos democrática con el control absoluto, como hasta ahora, de los resortes políticos, mediáticos y electorales, metiendo en ese caso una cuña en la unidad de la oposición, que se encontraría ante el dilema de concurrir a unas elecciones con algunos de sus líderes encarcelados y sin que el proceso electoral sea mínimamente neutral -por ejemplo, con la CNE (Comisión Nacional Electoral) totalmente controlada por el Gobierno.

El temple de la oposición está, pues, a prueba, y debe ser capaz de mantenerse unida a pesar de las provocaciones, aparcando los personalismos, para que el clamor de la población sea capaz de llenar las urnas con un grito de descontento frente a un modelo de gestión política y económica dogmático, incompetente y corrupto. A su favor juega el que pareciera que el apoyo actual del régimen no llega a un tercio del electorado, y sigue menguando aceleradamente. En este clima convulso no sería de extrañar que un reto en el próximo futuro para la oposición sea el de desoír las eventuales llamadas de los salvadores de la patria para que sea alguna facción militar, quizá con algún apoyo civil del régimen, la que apadrine una salida cívico-militar en la que, como casi siempre en la historia, los mayores beneficiados serían las fuerzas armadas que, hasta ahora, son cómplices y se benefician desproporcionadamente del régimen autoritario.

Son tiempos de alta Política interna y externa. De política con mayúsculas. En el campo externo, de solidaridad internacional en la que, muy especialmente, la Organización de Estados Americanos (OEA) y su secretario general, Insulza, han de dejar de realizar llamadas insulsas (no es un juego de palabras) al diálogo, y asumir un liderazgo decidido y comprometido con los derechos humanos y la democracia en la región. También, y muy especialmente, de que las izquierdas y fuerzas progresistas de América Latina y otros países -la iniciativa de Felipe González y otros miembros del Club de Madrid de inmiscuirse en la defensa de los "políticos presos por ser políticos" es un ejemplo encomiable- asuman su compromiso inequívoco con la libertad, la democracia y el bienestar más allá de la demagogia de los liderazgos de verborrea populista. En el campo interno es preciso mantener a toda costa la unidad de la oposición y ampliarla con aquellos sectores éticos que alguna vez apoyaron al régimen y que hoy estarían en condiciones de mancharse las manos con el empeño de superar la quiebra económica y moral en la que el bolivarianismo ha sumido al país. Hay que propiciar una salida en la que, en cualquier caso, sus actores tendrán que tener grabado en el frontispicio de su acción tanto que el chavismo no fue un mal sobrevenido sino que encarnaba cuando llegó al poder el anhelo de esperanza de un pueblo que no se sentía incluido en el proyecto nacional de entonces, como que las salidas populistas, caudillistas y mesiánicas sólo acaban en miseria, dictadura y más corrupción.

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