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Menores: los más vulnerables

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En la sesión plenaria del Parlamento Europeo celebrada en Estrasburgo la semana del 24 de octubre, hemos vuelto a debatir la emergencia humanitaria que ha dado en ser conocida como "crisis de los refugiados", penúltimo stress test de voluntad para reflotar la UE en las aguas del Mediterráneo. En todas las lenguas oficiales, los intervinientes en ese debate incidimos en la estampa trágica de los miles y miles de niños y niñas que se hacinan en barcazas hacia la frontera europea, acompañados de mayores (padre, madre o cuidador) o completamente solos, forzados a hacerlo "ilegalmente" (sin identificación ni título de viaje válido) por la imposibilidad de hacerlo por vías regulares, cada vez más restringidas y prácticamente inaccesibles para los más desesperados en sus países de origen.

En efecto, los menores de edad son las personas más vulnerables en el dramático contexto de esta crisis migratoria --mal llamada de los refugiados-- y en su dimensión más terrible, que es la que afecta al colectivo de los más desamparados y expuestos a la explotación, así como al riesgo de perecer el intento de escapar a su destino. Porque, innegablemente, los niños -y aún más, los no acompañados (unaccompanied minors, UAM, en la jerga)- son los más vulnerables en la cadena del Gran Éxodo.

Con todo, lo más estremecedor es que, en cualquier análisis, y desde cualquier perspectiva, crecen en número de forma exponencial: 350.000 llegaron en los últimos dos años (2015 y lo que va de 2016); 96. 000 de ellos, no acompañados, es decir, sin ningún padre o madre ni persona que asegure su guardia, su custodia o su tutela; un 40 % lo hicieron entrando irregularmente por los puntos más calientes de la porosa frontera marítima exterior de la UE --Italia y Grecia--; estimativamente, al menos 1.500 de ellos perecieron ahogados en el Mediterráneo: no solamente el niño Aylan, que, como fue mundialmente conocido por aquella foto espeluznante de su carita acariciada por las aguas en la playa, rompió un día trágicamente la barrera de la comunicación, sino muchos otros días, muchos otros «Aylanes» desconocidos, ignorados, desaparecidos para siempre en la oscuridad y en la furia de las olas.

Para hacer frente a esta situación con la voluntad de cambiarla, no basta sencillamente con que, cada vez que confrontamos las cifras escalofriantes de pérdida de vidas humanas y el potencial de un futuro malogrado en los más jóvenes, invoquemos rutinariamente la Agenda Europea para la Migración 2010-2014; ni la Resolución del Parlamento Europeo sobre una Enfoque Integral (holístico) para las Migraciones y para los Refugiados adoptada en abril de este año 2016; nuestro propio Derecho -acervo de Asilo, Asylum Package, y Acervo Schengen, Schengen Package- tan vigente como a menudo incumplido o infringido por los Estados Miembros (EE.MM); ni las Conclusiones del Consejo tras cada Cumbre incumplidas (como las de La Valetta de diciembre de 2015); ni siquiera la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989 y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE (art.24), en vigor junto al Tratado de Lisboa y vinculante para todos los EE.MM desde diciembre de 2009.

Urge la acción. Acción concreta. Acciones desarrolladas y ejecutadas por los EE.MM, en materia de reunificación familiar, de cumplimiento de las reglas ya actualmente establecidas en cuanto a los procedimientos de acogida y recepción (Directivas del Parlamento Europeo y del Consejo vigentes desde 2013); en la prohibición estricta de detenciones arbitrarias de menores y, en su caso, garantía de su asistencia jurídica y de su acceso a la Justicia y la tutela judicial especializada en menores; de apoyo a sus necesidades especiales de salud, educación, formación y asistencia al desarrollo psicológico de los menores. Y, por supuesto, es exigible la observancia de los clamorosamente incumplidos programas de reubicación y de reasentamiento con instrumentos adecuados para asegurar la guardia y custodia de los menores no acompañados en todas las operaciones de transferencia entre EE.MM (realojamiento o reubicación) o con terceros Estados (programas de reasentamiento auspiciados por ACNUR).

Porque si Europa ha sido, y debe continuar siendo, una civilización fundada en el Derecho, esta civilización retrata exactamente la medida de su estatura en el modo en que trata a las personas más vulnerables: los menores en el contexto de la crisis migratoria.

Por último, el Debate del Pleno del Parlamento Europeo dedicó especial atención al capítulo de emigración discutido en el Consejo Europeo celebrado en Bratislava (junto al debate del Brexit y de la implicación de Rusia en la interminable masacre de la Guerra Civil Siria). Y me llamó poderosamente la atención la valoración positiva que mereció, a la vista del decremento notable de la presión migratoria sobre la frontera este de la UE, el a mi juicio infame deal acordado con Turquía. ¿Es aceptable que el Consejo no haya dedicado siquiera una reflexión a la valoración extremadamente negativa que ese deal mereció del Parlamento Europeo? ¿Es entendible que el Consejo no haya abordado siquiera una revisión de sus términos a la vista de la preocupante escalada de retrocesos autoritarios desatada por Erdogan tras el frustrado golpe militar, con miles de periodistas y miles de jueces encarcelados?

¿Cómo es posible el Consejo Europeo aún no haya reflexionado sobre la mirada negativa que perpetra hacia la inmigración, los refugiados o sobre los desafíos que nos impone la llegada a Europa de las personas más vulnerables, mujeres y niños que se arriesgan o ahogan en el Mediterráneo?

Y sobre todo, ¿cómo es posible que no hayamos escuchado del Consejo una reflexión acerca de la mirada negativa -marcadamente refractaria, sesgada por el rechazo- que continúa perpetrando sobre la inmigración, sobre la extranjería, sobre los propios refugiados y, particularmente, sobre los desafíos (morales, entre otros de variada índole) que continúa imponiéndonos la llegada a suelo europeo de personas extremadamente vulnerables: mujeres, niños indefensos, que se hacinan, arriesgan la vida o se ahogan en el Mediterráneo como consecuencia directa de la desviación hacia ese mar de la presión migratoria que ha sido contenida en el este merced al deal con Turquía? ¿Cabe esperar, todavía a estas alturas, que el Consejo asuma y cumpla un compromiso de refuerzo de la solidaridad (art.80 TFUE) con Italia y con Grecia --no solamente por medio de la recién establecida Guardia Europea de Fronteras (en vigor desde octubre de este año 2016)? Y, sobre todo, ¿ha dedicado el Consejo una palabra de crítica o al menos toma de conciencia de la gravedad de ese infame y rabiosamente antieuropeo referéndum contra los refugiados y contra la responsabilidad compartida en la crisis migratoria que fue perpetrado en Hungría por el Gobierno de Orban el pasado 2 de octubre?

En un panorama tan sombrío, veo todavía una ventaja en la designación de un último Comisario británico como responsable de la cartera de Seguridad en la UE (a la espera de la activación del brexit vía art.50 TUE) --habiendo ya, como hay, un responsable de inmigración, el Comisario Avramopoulos. Y esta ventaja no es otra que la de decir con toda claridad que es falsa y profundamente perniciosa para la integración europea esa identificación falaz que pretende que la causa de la inseguridad es la inmigración.

Porque esos discursos que se escuchan tristemente a menudo en el Parlamento Europeo se aproximan a los que escuchamos, horrorizados, en el debate constitucional y político de los Estados Unidos ante las elecciones presidenciales del 8 de noviembre. En efecto la retórica reaccionaria y populista que propala Donald Trump pretende que elevar una frontera o una valla o una barrera contra la inmigración equivaldría a una garantía contra la inseguridad; y ello mientras el mismo Trump defiende encendidamente esa Segunda Enmienda de la constitución de EEUU (el derecho a portar armas) que ocasiona 30.000 muertos al año por armas de fuego en su país.

Porque es evidente que no. Que la causa del terrorismo en Europa no proviene de la inmigración. Habrá que recordar muchas veces que el terrorismo que más nos ha golpeado en Europa fue perpetrado por ciudadanos europeos -no por refugiados provenientes de Siria-, que llevaban pasaporte europeo, que residían desde hacía tiempo (incluso por generaciones) en capitales europeas, que habitaban entre nosotros y acendraban su delirio destructivo desde su amenazador malestar entre nosotros. Razón de más para entender que la estrategia de seguridad debe de estar perfectamente delineada y distinguida respecto de una estrategia de inmigración en la que urge, hoy más que nunca, un cambio de mirada europea, más sensible que nunca también ante los más vulnerables.