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18/04/2014 09:37 CEST | Actualizado 18/04/2014 14:54 CEST

Muerte de García Márquez: Gabo, en palabras de Gabo

GTRESONLINE

“Con tal de que alguien se acuerde de una frase mía, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Eso dijo hace unos años el Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, que ha muerto este 17 de abril a los 87 años. Basta echar un vistazo a redes sociales para ver con qué devoción algunos de sus lectores comparten sus citas preferidas, sus frases más famosas, alguno de sus adictivos comienzos...

"Lo único malo de la muerte es que es para siempre. Lo demás, todo es manejable. Pero esta sí que es una trampa, habernos metido en esto tan difícil y después...Yo jamás pensé en mi muerte. Empecé a pensar en eso hacia los 60. (...) Fue una noche, estaba leyendo un libro y de repente pensé: 'Caray, me va a pasar, es inevitable, es as' ”. Antes no había tenido tiempo de pensar en eso. Y de pronto ¡paf!, caray, que no hay escapatoria...", recordaba.

Dejó contada su vida en sus entrevistas, en sus discursos y en su obra, especialmente en sus memorias Vivir para contarla. Y también dejó contada muchas vidas ajenas en su faceta periodística. "La crónica es la novela de la realidad", afirmaba. Sin embargo, años antes de la era actual de periodismo en internet, ya se mostraba crítico con las tendencias: "La calidad de la noticia se ha perdido por culpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia. (...) A veces se olvida que la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor", señaló en 1997.

No había entrevista en la que no tuviera que hablar de algo que era tan cotidiano para él como el realismo mágico: "El gran reto de la novela es que te la creas línea por línea, pero lo que descubre uno es que ya en América Latina, la literatura, la ficción, la novela, es más fácil de hacer creer que la realidad". La magia empezaba por la realidad, insistía: "La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico".

"ESCRIBO PARA QUE MIS AMIGOS ME QUIERAN MÁS"

"Tengo la impresión de que empecé a ser escritor cuando me di cuenta de que no servía para nada", dijo a finales de los 60, en una charla con Mario Vargas Llosa cuando los dos futuros premios Nobel aún eran amigos. "Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más", afirmó en otra ocasión.

Gabo creía que "tanto en el poder como en el amor el ingrediente mágico es la soledad". Más aún: "En realidad no conozco a nadie que en cierta medida no se sienta solo. Este es el significado de la soledad que a mí me interesa. Temo que esto sea metafísico y que sea reaccionario y que parezca todo lo contrario de lo que yo soy, de lo que yo quiero ser en realidad, pero creo que el hombre está completamente solo. Creo que es parte esencial de la naturaleza".

De niño, "dicen que era pálido y ensimismado, y que sólo hablaba para contar disparates, pero mis relatos eran en gran parte episodios simples de la vida diaria, que yo hacía más atractivos con detalles fantásticos para que los adultos me hicieran caso”, escribió en sus memorias. Así hablaba de su infancia al cuidado de sus abuelos en Aracataca, donde nació su fantasía. Un lugar en el que se acostumbraba a dialogar con los muertos y donde la superstición se acababa convirtiendo en un dogma incuestionable. Era la infancia de un Gabriel García Márquez que escuchaba atónito las historias bélicas que le contaba su abuelo, Nicolás Márquez que fue coronel en la Guerra Civil de los Mil Días.

BATALLA CONTRA LA ORTOGRAFÍA

“Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así. Por fin, cuando llegué al Montessori la maestra no me enseñó los nombres sino los sonidos de las consonantes. Así pude leer el primer libro que encontré en un arcón”, apuntó en sus memorias. Ya como Nobel dejó bocas abiertas en el Discurso de inauguración del I Congreso Internacional de la Lengua Española, Zacatecas (México), en 1997: "Hay que jubilar la ortografía, terror del ser humano desde la cuna. Simplificar la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros".

Tambien decía que no le gustaba releer su obra. "Una vez que hago en mis novelas la última lectura ya no me interesan, el libro es como un león muerto", sostenía. De aquí que unas veces dijera que, entre su novelas, su preferida era El amor en los tiempos del cólera, otras El otoño del patriarca, en otra ocasión Noticia de un secuestro... Entre sus pasiones, la música: "La música me ha gustado más que la literatura".

Otro frente por el que se le solía preguntar a Gabo en las entrevistas era por la política y por su amistad con Fidel Castro. En el 77 dijo: "Es el hombre más tierno que he conocido. Y es también el crítico más duro de la revolución y un autocrítico implacable". En el 88: "'Ningún dirigente político, ningún jefe de Estado oye absolutamente a nadie. De manera que tener influencia en un jefe de Estado es lo más difícil que hay en este mundo, y finalmente ellos terminan teniendo mucha influencia sobre uno". En el 92, en pleno "periodo especial" de la isla tras la caída de la URSS: "Todos saben de mi amistad personal con Fidel Castro y que yo apoyo a la revolución cubana".

Sobre los premios estaba má que satisfecho con el Nobel. "Todos los premios son muy interesantes pero si ya tuve el premio que se considera máximo en Literatura, es mejor dejar los otros galardones para los que vienen detrás o delante", dijo en 1994 en Oviedo, tras la polémica generada tras decir que no quería recibir el premio Cervantes, al que fue candidato.

En su discurso al recoger el Premio Nobel en 1982, que cerró parafraseando el final de Cien años de soledad, acaba con una oda al optimismo vital:

Los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Como dijo en Vivir para contarla: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. La ocasión nos lleva a añadir que la vida también es lo que uno lee y aquellos libros y autores que recuerda para siempre.

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