POLÍTICA
02/09/2018 13:11 CEST | Actualizado 02/09/2018 13:15 CEST

El verano en el que en España sólo se habló de un dictador muerto hace 43 años

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Visto desde fuera de España, puede resultar desconcertante que el gran tema de discusión este verano haya sido Francisco Franco. Ni la inmigración, ni la elevada tasa de desempleo ni el eterno problema de la independencia de Cataluña. No, la gran polémica, la que ha abierto informativos, webs, programas de radio y ha dominado las conversaciones en redes sociales han sido la exhumación del cuerpo de un dictador muerto hace casi 43 años.

Hagamos un poco de historia: Francisco Franco fue un dictador que dirigió España entre 1939 y 1975 tras ganar una Guerra Civil de tres años. En la década de los 50 mandó construir un gigantesco mausoleo a 55 kilómetros de Madrid, para lo que utilizó como mano de obra a cientos de presos del bando vencido en el conflicto. Con el edificio se pretendía glorificar a los caídos en la Guerra, aunque como suele ocurrir en este tipo de situaciones, la gloria estaba pensada sólo para los del bando que había apoyado a Franco. Antes de que se abriera el mausoleo el dictador se encontró con un problema: la oferta de espacio era mayor que la demanda. Sin mucho tiempo que perder se vio obligado a rellenar huecos vacíos. Los completó con las víctimas del bando contrario. Por eso hay enterradas 35.000 víctimas de ambos bandos.

Franco murió en 1975 y su cuerpo yace en ese mismo lugar, el Valle de los Caídos, en una fosa junto a la de José Antonio Primo de Rivera, fundador del partido ultraderechista Falange Española y uno de los guías espirituales del que se hizo llamar Caudillo de España. Desde que fue enterrado, en la lápida de Franco siempre hay flores frescas y el edificio se ha convertido en lugar de peregrinaje para los nostálgicos del franquismo.

Es decir, desde 1975 cualquier español ha podido visitar tranquilamente la tumba del dictador que gobernó con puño de hierro el país —durante el Gobierno de Franco, entre 1939 y 1975, 50.000 personas fueron fusiladas— y, aunque no hayan querido acercarse al edificio, es muy difícil no verlo alguna vez, aunque sea desde lejos. Entre otros aspectos, porque el Valle de los Caídos cuenta con la cruz más grande del mundo, de 150 metros de altura y visible a decenas de kilómetros de distancia.

Al mismo tiempo que el Valle de los Caídos ha sido un lugar de culto para los ultraderechistas, ha supuesto una humillación y una afrenta para los críticos de la dictadura. Para muchos españoles, seguir viendo el Valle de los Caídos implica necesariamente recordar a Franco. Al dictador. Toneladas de piedra que han impedido cerrar la herida abierta con la Guerra Civil.

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Desde la llegada de la Democracia ningún Gobierno, sea de izquierdas o de derechas, se había atrevido a plantear la posibilidad de exhumar el cuerpo de Franco. Bien porque no había pasado el tiempo suficiente para acometer una decisión con tanto impacto sentimental entre los españoles o bien porque no era una cuestión prioritaria, han ido pasando los años y la tumba de Franco seguía accesible para todo el mundo.

La llegada de Pedro Sánchez ha dado un vuelco a la situación. Consciente de que la decisión de exhumar a Franco sería bien recibida entre su electorado, el presidente del Gobierno anunció a las pocas semanas de hacerse con el poder que una de sus prioridades sería cerrar la herida de la Guerra Civil sacando el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos.

Desde entonces, España ha entrado en conflicto (intenso, a veces demasiado acalorado y repleto de apuntes históricos) con tres tipos de posturas:

  • Los que apoyan al Gobierno, fundamentalmente votantes de izquierda, al entender que no se puede seguir glorificando ni un año más a un dictador.

  • Los que consideran que es una polémica innecesaria y defienden que reabrir el debate sobre el cadáver de Franco no contribuye en absoluto a pasar página. La mejor forma de olvidar a Franco, apuntan, es ignorándolo.

  • Los que rechazan de forma frontal la exhumación y quieren que todo siga igual.

España está dividida, otra vez, por Franco. Según una encuesta para El HuffPost realizada por YouGov, el 41% de los españoles es partidario de que exhumar a Franco del Valle de los Caídos, mientras que al 25% le parece mal la idea. Al 31% le resulta indiferente lo que se haga con el cuerpo del dictador, mientras el 3% ni siquiera tiene una opinión al respecto. Más significativo es que el 57% de los encuestados considera que exhumar a Franco no va a contribuir a cerrar las heridas de la Guerra Civil.

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha tomado una decisión que los seis presidentes anteriores eludieron. Primero, porque eran conscientes de que todo lo relacionado con la dictadura suponía meter el dedo en una herida que no se ha cerrado. Y, segundo, porque consideraban que la sociedad aún necesitaba más años (madurez democrática, lo llamamos en España) para cerrar de forma definitiva una etapa gris en la la historia contemporánea del país.

Pese a todo Sánchez no ha dudado un segundo. Y no lo ha tenido fácil. El principal partido de la oposición, el PP, es consciente de que no todos sus votantes son nostálgicos del franquismo, pero sí que la gran mayoría de los nostálgicos del franquismo les votan. Por eso se ha opuesto a la exhumación del cuerpo. Albert Rivera, líder del partido Ciudadanos (centro derecha), también ha criticado la decisión defendiendo que hay que mirar al futuro, no al pasado. Sólo Podemos (izquierda) ha aplaudido la exhumación.

Ante la falta de consenso, Sánchez se ha valido de un resquicio legal para aprobar la exhumación sin necesidad de contar con la aprobación del Parlamento por mayoría absoluta, lo que le ha valido también las críticas de los partidos de derechas, a los que no les gusta ni el fondo (la exhumación) ni, sobre todo, las formas.

Al margen de la polémica política y social, lo que ya saben todos los españoles es que el cuerpo de Francisco Franco —que fue embalsamado cuando murió, el 20 de noviembre de 1975— dejará de estar, 43 años después, reposando en el Valle de los Caídos. Son los familiares del dictador los que disponen de un plazo, que concluye el 15 de septiembre, para decidir la ubicación del militar. En caso de que no ofrezcan una alternativa, será el propio Gobierno el que decida dónde trasladar el cadáver. Será, aclaró el Ejecutivo, en un sitio "digno y respetuoso". Es el primer paso de otros muchos procesos legales que se deben dar antes de que se levante la lápida de la tumba. El deseo del Gobierno es que "antes de que concluya el año" Franco ya esté enterrado en otro sitio. "Trataremos de hacerlo lo más rápido posible, aunque cumpliendo todas las garantías legales", puntualizó la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo.

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Una vez que Franco sea de verdad algo del pasado, se reabrirá otra cuestión que, de forma puntual, ha dominado los debates en España: qué hacer con El Valle de los Caídos. Ni siquiera sobre el destino de este edificio colosal hay consenso y las posturas son, otra vez, tres: la primera, y más conservadora, defiende dejarlo como está. La segunda aboga por la reconciliación, lo que pasaría por convertirlo en un centro de la Memoria y Homenaje para las víctimas del a Guerra Civil y el Franquismo. La tercera opción es, sin duda, la más tajante: volar todo el complejo —que incluye una escalinata, una explanada, una basílica y una abadía— y pasar página por la vía rápida. Pedro Sánchez es partidario de convertirlo en un cementerio civil.

Las dos Españas, la de los vencedores y vencidos en la Guerra, han vuelto a resurgir este verano. Con una diferencia: el conflicto actual no pasa de un cruce de opiniones más o menos intenso. Es lo habitual en democracia. Hace sesenta años, discrepar podría acarrear la muerte.

Por eso, y pese a la intensidad de las discusiones, pocos pueden dudar de que las cosas en España han cambiado. Para bien.