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20/11/2018 07:03 CET | Actualizado 20/11/2018 07:21 CET

Impresentables

Pixabay
Una mesa reservada en un restaurante.

"Nunca olvido una cara, pero en su caso, estaré encantado de hacer una excepción", espetó el implacable Groucho al ridículo de turno.

Muchas veces me hubiera gustado soltarles la frase a los insensibles individuos que arruinan un servicio por su mala educación.

Pero nunca he podido por la sencilla razón de que no llegué a verles la jeta.

Ni se presentaron, ni se les ocurrió pensar que una llamada cancelando su reserva nos hubiera permitido acomodar a los muchos clientes a los que no pudimos acoger porque ese sábado nuestro cuaderno tenía anotaciones hasta en los márgenes.

Hablo, y blasfemo, contra los depredadores que tienen la perversa costumbre de reservar en dos o tres sitios para la misma noche

Y no me refiero al infortunado a quien un incidente de última hora (menos grave que el que impidió entregar una tarta en Vidas Cruzadas de Robert Altman ¿lo recuerdan?) le veda la entrada al restaurante. Él, y eso le honra, avisa, aunque sea un cuarto de hora antes.

Hablo, y blasfemo (bajito, que la vecindad con la COPE me coarta), contra los depredadores que tienen la perversa costumbre de reservar en dos o tres sitios para la misma noche. Luego acuden al que más cerca les pilla, al que les peta, al que decide la novia, propia o alquilada.

O a ninguno, porque con las tapas de las cañas ya van servidos y el gin-tonic no espera.

Impresentables que piensan que un restaurante es poco menos que un almacén de comida.

Y no es así.

No dudo que la mayoría de mis lectores (y todos mis comensales) saben del esfuerzo que cuesta llevar el mejor plato a una mesa. Trabajo de Hércules que empieza al filo del alba en el mercado, y continúa durante toda la jornada domando la bravura de los pescados que rezuman salitre, de las verduras que gotean savia o de la carne que a veces tenemos que estoquear para que se quede quieta.

El mayor desafuero lo perpetran algunos recepcionistas de hotel, con ética de peristas, que se amunicionan de reservas a la mañana para luego repartirlas entre sus clientes en aras de su propio beneficio

Quienes no paramos somos nosotros. Que se lo pregunten a mi compinche Dabiz, que llegó a tener un jergón pegado a los fogones.

Jornadas matadoras en las que, en muchas madrugadas, me rindo a mis pies.

Y no es sólo la cocina la que suda. En la sala se afanan desde muy temprano para que el espacio de cada comensal resulte idóneo, para que en el cristal de las copas se reflejen sonrisas y flores; para que el champagne y otros blancos estornuden; para que la arruga (sólo bella para Adolfo Domínguez) no surque el lino.

Y para que no se nos pasen por alto alergias, dificultades de movilidad o deseos largamente soñados.

Y doy fe de que mis explotados se lo curran. No engordan por más que les dé de comer (Y les doy. Vaya si les doy).

Pero, y me duele decirlo, el mayor desafuero lo perpetran algunos recepcionistas de hotel, con ética de peristas, que se amunicionan de reservas a primera hora de la mañana para luego repartirlas entre sus clientes en aras de su propio beneficio. Salvas de fogueo para ellos, pero disparos a la caja de quienes los padecemos.

Obvio es señalar que tal conducta no es, ni con mucho, general. Pero urge que los directores pongan en su sitio (la puta calle) a semejantes carroñeros que venden su alma por un puñado de euros.

Por fortuna, los impresentables son muy pocos. Pero causan, no lo duden, un daño desmedido

No puedo olvidar, y eso que lo intento, al hampón con corbata que repartía clientes desde el mostrador de cierto hotel de lujo. La ristra de comensales que nos remitía cesó por no querer atender sus peticiones de "regalos".

Y esto es peor si cabe: dos veces en lo que va de año he vivido esta experiencia, cuyos protagonistas fueron un cliente brasileño y un venezolano.

El primero me inspiró ternura (bastante tienen con leer a Paulo Coelho y lo que presagia Bolsonaro). En la sobremesa de Viridiana, me mostró, perplejo, la nota en la que el recepcionista le había anotado tres restaurantes (excelentes, por cierto, los otros dos) para que eligiera.

-Ya es tarde, pero llámelos de inmediato–le indiqué- y discúlpese. O, si lo prefiere, lo hago yo.

El venezolano, sincerándose, me ratificó lo que yo sabía: que no sólo le habían sugerido visitar a otros colegas, sino que, para disuadirle, le habían comentado que Viridiana estaba a la baja.

To er mundo me da de lao,

Porque me ve en decadensia

Pero yo me he echao la cuenta

Que er mundo no se ha acabao

Y puede dar otra vuerta.

(Gracias, Morente)

Obviamente, también a éste le brindaron la opción de elegir entre la timba de locales de moda.

Por fortuna, los impresentables son muy pocos. Pero, como la lamprea que sangra a los salmones o el muérdago que parasita a los manzanos, causan, no lo duden, un daño desmedido al animal del que viven.

A la hostelería, en suma.

Aunque, por más que les pese a tan necios fantasmas (a los que ni vemos ni oímos), Viridiana ha cumplido ya sus primeros cuarenta años, y esta noche, otra más, he de colgar el cartel de "no hay billetes".

En la puerta y en mi cartera.

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