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05/11/2018 07:18 CET | Actualizado 06/11/2018 10:23 CET

Lo primero fue el nombre

Una prostituta, en una imagen de archivo.

Una jornada de carreras en San Siro no está a la altura de tan magnífico hipódromo (después de saber la mediocridad que sirven en sus barras) si no la acompaña un bocadillo de cualquiera de esos maravillosos embutidos con que los italianos logran elevar la chacina a la altura del mármol de Carrara.

En la siempre concurrida tienda milanesa (Peck por más señas) un público variopinto asediaba el mostrador.

Pedí salami, sin precisar, y el charcutero, curvado sobre su hermosa máquina de manivela -sabroso art decó- alargó el brazo para laminarme de un salame felino, cuyo nombre es el gentilicio de su cuna.

-¡De ése no! –importuné- ¡Finnociona! ¡Finnociona! –y elevé la voz.

En el taxi, camino del hipódromo, maquiné sobre el orgullo y profesionalidad del dependiente, que se había ruborizado como un hierro candente por la nimiedad de confundirse.

Años más tarde supe que finnocciona (con semillas de hinojo) es la manera más despectiva de aludir a los homosexuales. "Mariconaza", para entendernos.

Quizás porque los condenados por sodomía ("pecado nefando" lo llamaban los esbirros de la Inquisición) eran purificados en una hoguera a la que, crueldad sobre crueldad, se le añadían gavillas de esta hierba que, exornada de clorofila, arde mal y despacio.

¿Por qué en este frailuno país siempre se ha dicho "zorritas" para aludir a las abnegadas, adorables concubinas, cuando "lupanar" viene de lobo?

De antiguo viene la inquina de la Iglesia, en constante guerra contra cualquier forma de libertad, contra el otro, contra lo distinto... contra la pared.

Y algo influiría, me pongo en lo peor, el hecho de que el hinojo sea hermafrodita.

Persigo las palabras. Siento que el diccionario es un zoco en el que escojo los ingredientes que luego sazonaré en la sartén de papel.

No me conformo con encontrarlas y saborearlas. De las palabras quiero su historia y su geografía, su pasado y su paisaje. Cuando me adentro en el bosque de las etimologías y los dialectos me pongo a hozar con la ansiedad de un perro que intuye las trufas.

Muchas, demasiadas, se me pierden. Ovejas descarriadas que busco con denuedo en la arrasada dehesa de mi memoria, y que, al recuperarlas, paladeo de nuevo hasta que las desgasto.

Hasta que las pierdo.

¡Qué delicia "tamo", ese polvillo que levantaban las mieses bajo las herraduras y la dentadura de los trillos. "Tamo", que gira y gira en mi boca como la yunta en la era.

La hipocresía francesa, y hasta la abolición de las casas de putas en los felices 30, obligaba a los macarras a exhibir un diferenciador chaleco a rayas verdinegras

Antonia, querida vecina de mi pueblo (nueve habitantes en invierno, ciento cincuenta en agosto), ya con escarcha sobre las sienes, y tras un largo tiempo sin vernos, me espetó:

-¡Ven pacá, cacho bolo! Espero que hayas escarmentao. Mira que eras zalagardero.

Y al despedirse, me premió:

-¡Y no engordes más, jodío, que te veo muy avejentoso!

¿Y qué me dicen de "lupanar", tan hermosa como contradictoria? ¿Por qué en este frailuno país siempre se ha dicho "zorritas" para aludir a las abnegadas, adorables concubinas, cuando "lupanar" viene de lobo?

Y ya metidos en harina, bueno será recordar la curiosísima etimología de la caballa. Pescado sabroso, barato, y tan abundante en ciertas zonas mediterráneas que a los habitantes de Ceuta así se les nombra, "caballas".

Preguntando al señor Google, que come de todo, descubro que en 1899 se capturaron en aquella costa más de sesenta mil piezas de caballa en dos días.

En un El País reciente, he visto una foto que me ha helado la sopa: una docena de negritos con harapos a juego luchan contra la alta, sangrante alambrada. A su sombra, y de impoluto blanco, una pareja juega al golf en un campo de jade.

Cabe suponer que lo que cuesta mantenerlo verde durante el estío hubiera bastado para alimentar a esta bandada de infelices y a sus familias durante varios años.

También en los sórdidos burdeles españoles, y a decir de Cela, la hipocresía era moneda común

Ingleses y franceses nombran a la caballa mackerel. Es decir, "macarra". ¿Por qué?, se preguntarán. Yo lo hice por ustedes, y he aquí la respuesta:

La hipocresía francesa, y hasta la abolición de las casas de putas en los felices 30, obligaba a los macarras a exhibir un diferenciador chaleco a rayas verdinegras, como la indumentaria del pescado que nos ocupa.

Súmenle a esto que las hembras de la caballa empujan los bancos de pequeños peces hacia las fauces de los machos.

Díganme si este pez podía llamarse de otra y más precisa manera que mackerel; es decir, "chuloputas".

Como ven, el lenguaje nunca es gratuito.

También en los sórdidos burdeles españoles, y a decir de Cela, la hipocresía era moneda común. Junto al "Dios bendiga cada rincón de esta casa", había otro cartel que rezaba: "Aquí no practicamos el francés". Pero todas lo hacían, precisó don Camilo, "porque era más fácil escupir que lavarse".

Ninguna palabra está vacía. Hasta la más sencilla alberga la memoria de miles de vidas. En cada una de ellas queda el rastro de siglos de sufrimiento y gozo.

¿Quién no ha sentido el latigazo de la etimología al cruzar la puerta del calabozo en que consume sus días laborables?

No quiero olvidar el nombre de tantas gitanas (la sangre que me honra) y su llamada a lo lejano: "Saray", eco interminable de Sarajevo, la ciudad de la sal, que en un ayer cercano lo fue de las bombas.

Y en una de mis felices estancias en Chile, averigüé que su constante latiguillo "al tiro" es herencia de un bárbaro pasado en el que para anunciar el inicio de la jornada en el campo, se disparaba al aire. También para llamar al rancho.

Los días que, a destiempo, se escuchaban tres tiros, no es que jugara el eco ni que se comiera tres veces. Era que alguien se había enfrentado al capataz o pretendido huir.

Y ya no comía.

Fatiga saber que "trabajo", viene del latín trepalium, nombre de un instrumento de tortura. ¿Quién no ha sentido el latigazo de la etimología al cruzar la puerta del calabozo en que consume sus días laborables?

El jínjol, esa pequeña manzana cobriza, poco más grande que una nuez, que encierra el verano, también es llamado "azufaifa". Ambas palabras vienen del griego "zizyphon", sonidos que evocan el viaje de los esquejes desde Asia hasta las orillas por las que aún pasea Ausias March.

Tal que ayer, contradije al frutero chino del mercado, que me provocó afirmando que las azufaifas, popularísimas en China, habían llegado a España apenas hace tres décadas.

-No me jodas, Azofaifo.

Se notó que el chino no había leído La venganza de don Mendo.

Aquel, un viejo boxeador gastado por la vida y las hostias, permanece en el lecho

En Cuba, durante el trayecto del aeropuerto a la ciudad, me preguntó el taxista a qué hotel me dirigía.

-¡Qué hotel ni qué leches! Yo lo que quiero es comerme ya una buena papaya.

- Conozco a las mejores jineteras –dijo girándose eufórico.

- Entonces, lléveme al hipódromo.

(Después de cinco rones, me hubiera resultado más fácil subirme a un toro mecánico)

Y me equivoqué, lo sé ahora. Las prostitutas no son llamadas "jineteras" porque monten al ansioso cliente. Su apelativo arribó desde Quebec, donde las mujeres de la vida (¿Acaso las demás son de la muerte? ¿O del limbo?) eran conocidas como "ginettes". No en vano, las primeras oleadas de turistas que asolaron la isla tras la Revolución eran quebecois.

También llegó de lejos el término "ballú", uno más de la ristra que en Cuba reciben los burdeles, y que alude a los pantanos que rodean Nueva Orleans, donde encontraron acomodo los prostíbulos.

Me gustaría creer que lo de hacerse el sueco viene del magistral relato de Hemingway Los asesinos. Para mí, uno de los mejores de don Ernesto y aún de la literatura.

¿Lo recuerdan?

Un bar a media tarde en el que un camarero limpia vasos mientras el cocinero trajina en el fogón. Los dos hombres que huelen a gánster (o a policía) entran bruscamente y, mientras curiosean la carta, preguntan si el Sueco llegará a las seis, como es su costumbre.

El vuelo de sus impacientes gabardinas no disimula el hierro. Su lenguaje es aún más rígido. El camarero, impasible, reza para que esa tarde el Sueco no aparezca.

Y así ocurre.

Resopla cuando se van los matones y anticipa al cocinero que irá a ver al Sueco de inmediato.

-Ni se te ocurra. Te traerá problemas –insiste el calzonazos.

-Iré. Tengo que hacerlo.

Aquel, un viejo boxeador gastado por la vida y las hostias, permanece en el lecho.

-Señor Andreson –dice sin aliento- unos hombres le están buscando para matarlo. Tiene que huir. Y rápido.

-Ya no tiene remedio. Nada se puede hacer –responde con estoicismo el boxeador, que sabe que la inexorable cuenta atrás ha comenzado y que no hay campana que lo salve.

Y, girándose contra la pared, se hace el sueco.

El camarero vuelve a recoger el mostrador, a meter las bebidas en la cámara, a cerrar la caja... y a decir al bragas del cocinero:

-Ahora tendré que cambiarme de ciudad. O de patria.

Puede que las palabras sean la mía. Quizá porque ellas no tienen, en realidad, ninguna.

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