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11/11/2018 11:29 CET | Actualizado 11/11/2018 11:29 CET

Lo segundo fue el mote

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Robledillo, Toledo.

Transcurrían los menesterosos años cincuenta y teníamos la vida por delante, por más que deseáramos tenerla alrededor (gracias, Fernán Gómez).

En Robledillo, la cola de desharrapados que nos amontonábamos para recibir la comestible caridad americana en los duros días del Plan Marshall, se formaba con las primeras luces.

Hasta allí, y desde el pueblo grande, llegaba el alijo, supervisado por el cura (que, es de suponer, ya habría apartado la maquila para su reata de "sobrinos"), en el que no faltaba la leche en polvo (más de uno malició que para fabricarla rallaban la vaca), un queso color zanahoria, que nadie llamó Cheddar, e incluso un arco iris de pequeñas pastas que las mozas ensartaban en juncos, para que en largos collares brincaran sobre sus tetas.

-¡Faustino López!

-¡Presente!

Y una mano calluda se elevaba a las alturas.

-¡Anastasio Aceituno!

-¡Aquí estoy! –decía el manco.

-¡Manuel Molina! ¡Manuel Molina! Por Dios ¿No está Manolo? –inquiría la impaciente sombra del cura.

-¡Arrea bolo, que te están llamando, Jarramantas!

-Disculpe, Padre –farfulló con voz genuflexa- es que a mí "naide" me llama por el nombre, ¿sabe usted?

Luego, por más que los motes vinieran de antiguo, frecuentemente heredados, había quien los llevaba tan mal que sólo tenían vigencia a sus espaldas.

Mentarles el mote de frente suponía una gresca de tres cojones, en la que, incluso, podían brillar las hoces o elevarse las azadas

Los había peligrosos. Recuerdo a "Cagalindes", que pasaba las noches removiendo albos mojones para apropiarse algún que otro alcornoque del vecino.

Y a "Pisacharcos", que conseguía desviar hacia sus tierras sedientas parte del riego comunal que no le correspondía.

Mentarles el mote de frente suponía una gresca de tres cojones, en la que, incluso, podían brillar las hoces o elevarse las azadas. Pero la sangre jamás llegaba al río, y la víbora de la navaja permanecía aletargada en su guarida de pana.

Claro que, puestos a especular, y reculando por la linde del tiempo, todo induce a pensar que en el origen de los motes algo tendrá que ver el árabe que nos habita y esa supersticiosa manía de escamotear el nombre, como si al divulgarlo entregáramos al otro algo más de nosotros.

De lo contrario, no habría Dios callado el suyo, ni se habría conformado con señalar lo obvio: Yo soy el que soy.

Los motes pueden ser claros y rotundos como los que aluden a los bolingas, desde el clásico y elocuente "Abrazafarolas" al tierno "Copitas" que recogió Cortázar, o ese magnífico hallazgo que el ilustre José Mota ha convertido en popular: "Cierrabares".

Para este parroquiano que sestea en las barras, nació el cuarteto disuasorio que aún orla la puerta de algunas tabernas:

Abrimos cuando venimos

Cerramos cuando nos vamos

Y si vienes y no estamos

Es porque no coincidimos

Por cierto, mi abrazo melancólico para los valientes que bautizaron a sus sastrería de la calle Atocha 20, hoy desaparecida, "Bobo y Pequeño". No se trataba de disuadir a jugadores de baloncesto, sino de inmortalizar los apellidos de sus fundadores.

Sé de cierta empresa en la que "Atocha 20" era el mote del jefe de personal. El infeliz jamás llegó a enterarse de lo que encerraba tal precisión de callejero.

Al patizambo tío Venancio, desde chico, ya le llamaban "Las diez y diez" porque caminaba como un ganso despistado. Y de adulto se lo siguieron llamando, aunque atrasaba.

Algunos motes se elevan a las lápidas. Sin embargo, no todos perduran: El padre de un buen amigo era conocido en Las Vistillas como "Veneno", porque pelearse con él era, en cualquier caso, una mala idea. Sin embargo, su hijo, retraído y poco dado al coraje, tardó escasos meses en perder la marca del linaje.

Gregorio Enamorado, "El de Goro" tuvo a bien elaborar un callejero y listín telefónico de Villanueva del Trabuco en el que a cada vecino se le dispara por su mote

No en vano, va hoy diciendo sus poemas a los pocos que aceptan escucharlos. A él se atribuye la defectuosa rima: "una mierda como una olla".

Y vaya desde aquí mi aplauso para Gregorio Enamorado, "El de Goro" por señalar, que a principios de este milenio tuvo a bien elaborar un callejero y listín telefónico de Villanueva del Trabuco en el que a cada vecino se le dispara por su mote, facilitando la labor de carteros, funcionarios del censo y agentes comerciales.

Entre nombre y mote, me quedaré siempre con éste.

El primero es mero registro civil, vana burocracia; el segundo, ingenio y vida arrancados a sonrisas.

O a hostias.

***

Me importa un comino

El tío Sotero, un pastor sabio por más que firmara con el dedo, con el que compartí en mis días agraces rebaño, migas e intemperie sesteando junto a la fuente de la Teja, siempre recién naciendo, en la que abrevábamos hombres y bestias, me narró esta broma, que juró verídica.

Aclararé que en mis Montes de Toledo, "comino", obviamente por similitud con "chumino", era uno de los mil nombres con que se aludía al sexo femenino y, por ende, vedado.

«Niña, ¿tú de quién eres, que no te saco por la pinta?» «¿No me reconoce? Soy Dorita, la menor del tío Polla Negra»

Antes de la matanza, la zagala aparejó la burra con su mejor serón (sujetador de lona) y, por senderos de cabras, se encaminó a Espinoso del Rey (único pueblo medianamente importante de la zona en cuya plaza se alza desde el siglo XVI un siniestro «rollo» para ejecutar, que allí la civilización llegó pronto) para comprar sal, tripas por varas, pimentón, comino... y otros avíos.

Y como la palabra "comino" la ruborizaba, mirándose las albarcas, acertó a decir carraspeando: «Póngame también... cuarto y mitad de... "especias reservadas".»

El tío Mariano, que conocía el paño, y mientras formaba un cucurucho de papel de estraza como el capirote de un penitente, inquirió mirándole a la cara: «Niña, ¿tú de quién eres, que no te saco por la pinta?» «¿No me reconoce? Soy Dorita, la menor del tío Polla Negra».

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