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01/04/2013 08:28 CEST | Actualizado 31/05/2013 11:12 CEST

Japón dos años después: La soledad

2013-02-25-cintillojapon.jpgPuesto que la percepción vital pasa por el campo de las relaciones humanas y éstas están fuertemente ligadas al lugar que uno habita, el suicidio también está ligado a la práctica arquitectónica y a la vivienda en relación a su entorno.

El suicidio como una salida drástica ante una situación de desesperación absoluta es un viejo conocido de Japón. Hasta hace poco, el país contaba con 30.000 suicidios anuales y uno de cada cuatro jóvenes afirmaba haber barajado esta posibilidad por problemas como la presión social, la falta de trabajo, la soledad o la pérdida humana y material.

Los sociólogos apuntan a que la soledad, la frivolidad con que se trata la muerte en la cultura del videojuego y el rechazo generalizado a las enfermedades mentales han sido los mayores incentivos de este problema en la sociedad nipona. El damero socio-cultural rígido al que se ciñe Japón en términos laborales, sociales y económicos no deja libertad para los que no encajan en este sistema y la presión y el dolor, unidos a la falta de relación social y a la vida en espacios mínimos llevan a adolescentes, adultos y mayores a preferir morir con honor antes que vivir de manera indigna.

La práctica histórica tradicional del Harakiri o Sepukku como medio para poner fin a la vida propia por honor fue prohibida en 1873 por el Gobierno japonés, aunque varias figuras de gran renombre nacional como el político Toshikatsu Matsuoka, el premio Nobel de literatura, Yasunari Kawabata o el cineasta Itami Juzo hicieron uso de esta práctica para acabar con sus vidas frente al público. Sumado a otros factores, la emulación de este modelo social heroico ha hecho que el número de suicidas supere el ratio de 25 personas por cada 100.000 habitantes en Japón y sea la tercera causa de muerte natural del país.

Ancianos en la ciudad de Onagawa, Tohoku (2011). Foto: AG.

Los estudios sobre la afección de los desastres naturales en el índice de suicidios en Japón son inciertos, si bien existen innumerables informes del ratio de suicios postcatástrofe que en la mayoría de los casos muestran una curva ascendente pasado un tiempo tras la desgracia. Después de dos o tres años, la población que se sitúa en un camino de desesperanza y sin salida comienza a tomar medidas trágicas.

Aunque el tsunami de 2011 no ha dejado un número excepcional de muertes por voluntad propia de manera inmediata, la estadística señala que los años 2013 y 2014 son los más peligrosos en cuanto a la estabilidad de las familias e individuales evacuados a los que el Gobierno ha proporcionado el mismo tipo de vivienda que ya cediera a los refugiados del terremoto de Hanshin hace 18 años. El caso de aquellas viviendas supuso un problema de aislamiento grave que no hizo sino empeorar la situación de muchos de los supervivientes que se encontraron durante meses en la más absoluta soledad y en el anonimato de casas alineadas en hileras que no contaban con espacios comunes de interacción social.

Desde mi experiencia como arquitecto de la reconstrucción he podido comprobar la suerte que han corrido varios de los habitantes más ancianos cuya muerte voluntaria ha levantado una alarma general entre los profesionales de la construcción que hoy en día están trabajando en la recuperación de la zona. Puesto que la percepción vital pasa por el campo de las relaciones humanas y éstas están fuertemente ligadas al lugar que uno habita, el suicidio también está ligado a la práctica arquitectónica y a la cualidad del espacio de comunicación con otros, o lo que es lo mismo, los lugares comunes y la vivienda en relación a su entorno.

Viviendas temporales tras terremoto de Tohoku. Foto: AG.

Tras el Gran terremoto del Este de Japón en 2011, arquitectos como Riken Yamamoto rehusaron emplear la vivienda tipo ofrecida por el Gobierno que imitaba la tipología empleada durante la reconstrucción de Hanshin y optaron por la construcción de un espacio de vivienda abierta a la comunidad con hogares enfrentados unos a otros, grandes ventanas y estructuras de madera que empleaban el material tradicional de construcción japonesa.

Desafortunadamente, la situación de emergencia económica y la urgencia con la que se hizo frente al Gran Terremoto del Este en 2011 no previó un proyecto de mejora ni un replanteamiento del espacio urbano con respecto al modelo de refugio utilizado en Kobe y es ahora cuando el peligro de la soledad y el suicidio acecha a la población desplazada de manera más severa.

La falta de tiempo y de planificación para el Gobierno japonés ha dejado de lado el problema menor de la soledad y ha dado lugar a una solución inmediata, tomando un modelo arquitectónico de entonces que resultó ser obsoleto para la sociedad aislada de refugiados.

Ante el futuro próximo, solo cabe esperar que la conciencia social, las medidas estatales y la generosidad humana de los voluntarios y desplazados hagan de la soledad en los próximos años en Tohoku un campo flexible y susceptible de cambio bajo espacios de interacción, mejorados por una arquitectura que cada vez sea más humana.

Viviendas temporales de Tohoku. Foto: AG.

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