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20/10/2017 07:31 CEST | Actualizado 20/10/2017 07:31 CEST

El inepto en la cocina

Getty Images

Los xennials frente a los fogones.

Una generación de palurdos dándoselas de cocinillas

Me aterra la cocina y eso dice muy poco de mi autonomía personal. He leído decenas de libros de cocina y ninguno me ha servido de mucho (colaboraba con una editorial tragona como lector de originales y me pagaban por redactar informes). El único consuelo lo encontré en una pequeña joya de Julian Barnes: El perfeccionista en la cocina. Barnes nunca tenía claro qué tamaño debía tener una cebolla de tamaño medio o una patata grande y vivía intranquilo con expresiones tan imprecisas como "varias cucharaditas". Un perfeccionista en la cocina sufre ante la falta de detalles. A diferencia de este gran escritor, un inepto en la cocina como yo recibe demasiadainformación. Me sobran mogollón de ingredientes porque solo consiguen que me olvide de echar algo tan básico como la sal. Padezco un "retraso culinario" irreversible. No busco una paguita de por vida, pero sí me lo tengo que mirar.

Hice un curso de cocina donde solo me dejaban observar, lo que aumentó la sensación de inutilidad de quien solo cocina "lo justo y necesario". Mi indigencia en la cocina se agrava cuando oigo a los cocinillas y artistas que dicen hacer cabriolas delante de los fogones. Conozco a varios genios que preparan pucheros de la abuela riquísimos, solo que cuando me invitan a comer toca pasta con tomate (eso no cuenta como cocinar); hay talentos que comen rico y sano, pero conmigo preparan pizza de Casa Tarradellas; campechanos que hacen tortillas de patatas sin cebolla (para no entrar en el eterno debate, ya saben), si es que no las compran directamente en Mercadona; por último, tenemos reposteros de postín cuyo último pastel fue aquel que presentaron a concurso en el instituto con ayuda de sus madres.

Ni perfeccionistas ni ineptos: mentirosos en almíbar. Alguien debería escribir para ellosEl fantasma en la cocina.

Podemos revestir todos los platos de salubridad y sensualidad, pero la cocina sigue destacando como elemento de sociabilidad.

Cocinas del mundo

Leer con glotonería te hace perder el contacto con la realidad, así que no sé nada de cocina, pero sí podría escribir un libro sobre antropología culinaria en la línea del exquisito Bueno para comer de Marvin Harris. Elegiría como tema el cosmopolitismo culinario. Y ahí sí que he hecho prácticas: he preparado sushi varias veces con resultados más que aceptables, mi antiguo compañero de piso musulmán me enseñó a hacer cuscús y un amigo cocinillas (el único que no va fardando de platos que degusta solo en su imaginación) me envió una receta maravillosa de carrot cake. Además, mi novia me enseñó a hacer pascualina y canelones de espinacas y una amiga me animó a hacermuhammara. Estoy pegado en comida local, y mi gazpachuelo jamás me saldrá como el de mi madre (aunque mi hermano dice haber encontrado dignos rivales a su receta), pero al menos lo poco que hago suena exótico. Mejor así: no querría alimentar ningún tipo de nacionalismo culinario.

Para terminar, os paso una receta personal bastante sencilla sobre el mundillo de la cocina:

1. Ingredientes: Karlos Arguiñano es el hijo de Dios de la cocina española. Todos aprenden con sus recetas y ríen con sus chistes malos. Yo, en cambio, me estomago con el papel que desempeña Ainhoa en su programa. Ojalá algún día veamos o leamos La feminista en la cocina.

2. Preparación: Jamie Oliver intenta convencernos de que una paella puede ser cualquier cosa (pregunta para los filósofos culinarios: si la referencia determina el sentido, ¿qué hacemos cuando la referencia de la paella es esquiva?) y Michael Pollan nos advierte de que si algo no parece comida, lo más probable es que no lo sea (aquí hay cierta confianza en los sentidos: si tu amigo parece un cocinillas de tres al cuarto, lo más probable es que lo sea).

3. Presentación: podemos revestir todos los platos de salubridad y sensualidad, pero la cocina sigue destacando como elemento de sociabilidad. A los perfeccionistas, ineptos y fantasmas de los fogones: ¡quedemos para comer y no sean tan caros de ver! (Beberemos Lambrusco, que es el vino barato y azucarado que compraría un auténtico inútil en la cocina).

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