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25/12/2018 10:02 CET | Actualizado 25/12/2018 10:02 CET

De estadistas a petimetres

Getty Images
Una manifestación en Barcelona para pedir la liberación de los políticos catalanes encarcelados.

1978 fue un año muy duro para España. Una diabólica alineación de sucesos estuvo a punto de convertir la nave en un pecio. ETA hizo todo lo que pudo por impedir que la transición desde la dictadura a la democracia fuera un éxito. Concentró toda su maldad criminal, nacida de un fanatismo talibán envuelto en odio, en boicotear el proceso democrático. ¿Democracia? Puafff, dijeron sus dirigentes.

Por sus obras, ya se sabe, los conoceréis, no por sus argumentos. Casi todos los días la banda asesinaba a alguna persona, indiscriminadamente. Puso al país al borde del colapso; incitando a una respuesta dura, brutal, militar, que nunca llegó aunque muchos, todo el franquismo escondido, estaban dispuestos a saltar. Militares de alta graduación hacían declaraciones que incitaban al golpe.

Además, estaba el Grapo, los grupos de ultraderecha, como los que cometieron los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha, el Batallón Vasco Español y la Triple A, aquella Alianza Apostólica Anticomunista, abuelos o tíos abuelos de los GAL, y estaban también los atentados del MPAIAC de Antonio Cubillo, el 'mencey loco', un títere en manos de la Argelia del coronel Bumedián, que quería con sus bombas, cuyos estallidos eran marketing para convencer a la OUA de que los canarios éramos un pueblo colonizado, africano, sometido a la esclavitud, abrir la puerta a un acuerdo de la Organización de la Unidad Africana que iniciara el trámite para la descolonización del Archipiélago en la ONU.

Fueron días en que España bordeó el precipicio, enferma la razón en un ataque repentino de locura y rencor. Todo eso en medio de las fuerzas de la oscuridad desatadas ante el cambio que se estaba produciendo. Aquél aquelarre coincidía con una grave crisis económica, que depreciaba sin parar a la peseta, en medio de un gigantesco esfuerzo de modernización en plena crisis. Fernández Ordóñez en Hacienda iniciaba el establecimiento del IRPF, que los funcionarios de las delegaciones listaban lápiz, sí, lápiz, en mano; se aprobaba la ley que abría las puertas al divorcio y el Gobierno, y las Cortes, iniciaban el reconocimiento a los militares de la República y a las víctimas del franquismo.

En aquellos decisivos momentos la clase política dio una muestra de madurez, responsabilidad y sentido de Estado, que no debería olvidarse.

Era un terremoto diario. Los periódicos estaban abonados al titular a toda página, con letras enormes. Parecía que los cielos se desplomaban sobre nosotros.

En aquellos decisivos momentos la clase política dio una muestra de madurez, responsabilidad y sentido de Estado, que no debería olvidarse. Frente a ETA, al BVE, la Triple A, el GRAPO, el MPAIAC, los golpistas que ya ensayaban el 23F en la Operación Galaxia se respondió con unos instrumentos que aún siguen asombrando al mundo y siguen siendo objeto de estudio y de admiración.

La Transición desde la dictadura franquista a una monarquía parlamentaria que enganchó a España a la Europa democrática, pasando desde el anacronismo histórico a la modernidad, fue posible gracias al consenso y al sentido de Estado de los principales dirigentes y de sus partidos, que los siguieron con disciplina, porque no a todos les alcanzaba el convencimiento.

Así, el consenso, que fue en síntesis un acuerdo entre la UCD y el PSOE con el apoyo extra muros del PCE, y que fue concebido para sacar adelante la Constitución, permitió avanzar en los debates de las Cortes constituyentes, que lo eran aunque al principio sus protagonistas no lo sabían. Los 'padres' de la Constitución, todos los diputados y senadores, aún no 'conocían' su paternidad cuando empezaron los trabajos. Poco a poco el resultado fue apuntando hacia una Ley Fundamental homologable con las de los otros estados europeos, y en especial con la de la RFA. Fue la búsqueda de puntos de encuentro. De un mínimo común divisor. Perdiendo todos un poco, todos ganaban 'un mucho'.

Pero hay un caso concreto incardinado en la 'guerra fría', la intentona de Argelia, respaldada por la URSS en esta maniobra, de 'africanizar' las Islas Canarias. En 1978 pareció que Bumedián iba a conseguir su objetivo, con la ayuda de Antonio Cubillo y su emisora La Voz de Canarias Libre, un manicomio inalámbrico mantenido por Argel, desde donde emitía, y sus bombas caseras, y sus recortes de prensa que engañaban a los gobiernos africanos que sólo conocían a Canarias cuando miraban los mapas y veían como unas cagaditas de moscas al lado del Sáhara Occidental. "Si hay moscas es que hay mierda", debieron de pensar, y dieron pábulo a la propuesta argelina de la autodeterminación.

No hubo ni una sola voz disonante entre las fuerzas de la oposición. Ni una. Canarias no era una estampita con la que jugar, fue un asunto de Estado.

La reacción del Estado español, que tenía que atender tantos frentes a la vez, fue de unidad ante el peligro. Aviones Mystere de la Fuerza Aérea llevaron a bordo a diputados y senadores de la UCD, el PSOE, el PCE, AP, y aterrizaron en aeropuertos de todo el continente africano. Argelia, consciente de esta contraofensiva, desplegó también sus jets para neutralizar el impacto que la acción española pudiera tener en sus 'electores'. Mientras los aviones volaban y aterrizaban, y despegaban y volvían a aterrizar en las naciones africanas, tanto el Gobierno y la UCD, como la oposición, el PSOE y el PCE, y AP, desplegaban todos sus esfuerzos en un contraataque internacional conjunto. No había matices, porque entre 8 y 80, el cero no es un matiz.

El PSOE ayudó al Gobierno allí donde tenía influencia política, por ejemplo, con la cancillería de la RFA, gobernada por el SPD; o con los socialdemócratas suecos, o con los más ortodoxos franceses de Mitterrand, o con los austriacos de Bruno Kreisky, que estuvo en el cargo entre 1970 y 1983, y en general con la Internacional Socialista, que poco antes, en diciembre de 1976, habían acudido al XXVII Congreso Federal del PSOE en Madrid para respaldar al que hasta hacía bien poco, en la clandestinidad, era Isidoro, el joven sevillano que se hizo con las riendas del partido en Suresnes.

El PCE tuvo asimismo un papel clave de cara a los gobiernos marxistas y revolucionarios de África. Un memorándum elaborado en Las Palmas fue determinante para convencer a muchas delegaciones 'de marxista a marxista' y quebrar la argamasa argelina. Adolfo Suárez improvisó un viaje a La Habana, donde se iba a reunir la cumbre de los Países no Alienados, para pedir la mediación de Fidel Castro, que tenía isleños entre sus antepasados y se entregó rendido a la nueva causa. La idea surgió de una conversación en el Hotel Iberia de la capital grancanaria, con el entonces joven secretario general del PCE en el archipiélago.

Hubo más. Ese año, ante la gravedad del problema, aunque los independentistas fueran más ruido que nueces, el Gobierno, o mejor, el Estado, creyó necesario dar un golpe de efecto: el presidente Adolfo Suárez, acompañado del vicepresidente y ministro de Defensa Manuel Gutiérrez Mellado, y de varios ministros, se desplazó a Canarias acompañado por unidades de la flota encabezadas por el portaaviones Dédalo, que era un retal de la II Guerra Mundial adquirido a EE UU y que hasta había recibido el impacto de un kamizake japonés el 25 de noviembre de 1944, pero era lo que había, y varios destructores. Visitó todas las islas y la mayoría de sus municipios, en barco, automóvil o helicóptero. No hubo ni una sola voz disonante entre las fuerzas de la oposición. Ni una. Canarias no era una estampita con la que jugar, fue un asunto de Estado.

Todo en el paisaje es postureo, astracanada, sensacionalismo, intoxicación, mentiras, exageraciones, noticias falsas...

El enésimo estallido del conflicto catalán permite las comparaciones. Durante la Transición había temas de Estado en los que se hacía causa común, alejándolos del mercado político y sus cambalaches. La unidad de España, o la política antiterrorista, estaban blindados por gruesas capas de responsabilidad. Aznar comenzó a romper este pacto implícito cuando llamó a Corcuera, entonces ministro de Interior, para decirle que eso se había acabado, que el terrorismo entraba con él en la agenda política.

El terrorismo, y todo lo demás, como Cataluña. Hasta llegar al momento actual en que, por contagio, porque la locura y la estupidez son contagiosas, el sentido de Estado, los estadistas, han sido poco a poco relevados por petimetres, figurantes y alegantines con la misma limitada capacidad intelectual de un tuit, un flash y una ocurrencia en titular o prime time.

Y esto no hay espíritu navideño que lo cure. Ni magos que obren un milagro. El único milagro está en los votos, y los votos también son humanos y parecen afectados por la ola de idiotez que sacude al mundo civilizado. Todo en el paisaje es postureo, astracanada, sensacionalismo, intoxicación, mentiras, exageraciones, noticias falsas... Unos por ingenuos y ambiciosos, y otros por sacar rédito del miedo, no tienen en cuenta la moraleja de la burra del gitano, que entre todos la mataron y ella sola se murió.

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