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25/09/2018 07:13 CEST | Actualizado 25/09/2018 12:10 CEST

Del currículum al 'ridículum'

Pedro Sánchez.
Juan Medina / Reuters
Pedro Sánchez.

La ciudadanía, harta de la corrupción, el cinismo, el manejo inmoral o simplemente incompetente de la crisis económica por una clase política endogámica, inepta y burocratizada, en gran parte enchufada, se cabreó e impulsó un cambio. Consecuencia de los nuevos equilibrios, de los sondeos y de las 'técnicas parlamentarias' ha sido el estado de duda y sospecha que ha dado lugar a dos procesos paralelos: un relevo generacional y la aparición de dos nuevos partidos, uno de derechas, que le ha quitado clientela al PP, y otro de izquierda populista, Podemos, que le ha arañado votos al PSOE.

Y emergieron en el ir y el venir los nuevos dirigentes; algunos, forjados en la estéril y casi siempre trágica lucha contra el sistema democrático 'burgués', como Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Pablo Echenique, Juan Carlos Monedero, que encandilaron a los desencantados con su mensaje de abajo los de arriba y arriba los de abajo y la casta para su casa. Venía 'la gente'. Viva la gente. Como si los que estaban fueran marcianos.

Otros, amamantados en el 'aparato' de los partidos clásicos, Pedro Sánchez, en el seno de la siempre efervescente Federación Socialista Madrileña (FSM), que es como nadar en las aguas de Australia del sur, entre orcas y tiburones resabiados; y Pablo Casado, del PP, que desde Nuevas Generaciones fue subiendo en el escalafón peldaño a peldaño hasta el liderazgo.

Todos estos nuevos líderes tienen un punto en común: lo han sido tras diversas catarsis

En Cataluña se templó Albert Rivera y su formación Ciudadanos, otro nombre para 'la gente', en desigual combate con las huestes independentistas, y que empezó con un tinte liberal y progresista. Tanto que principió definiéndose como socialdemócrata.

Un buen día, sin embargo, el tinte fue sustituido por el pelo natural: una derecha 'demasiado' liberal que se dedicó a pescar en las aguas de un Partido Popular a punto de ahogarse por la riada de escándalos de corrupción.

Con todo, la principal seña de identidad de Rivera ha sido, y es, su enfrentamiento a pecho descubierto contra los golpistas catalanes que se han apoderado de las instituciones de la Autonomía para destruirla desde dentro, anulando la Constitución y el mismo Estatut. Cataluña, pues, ha actuado como su gran palanca, emulando a la de Arquímedes: "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo".

Javier Barbancho / Reuters
Pablo Casado junto a Mariano Rajoy.

Todos estos nuevos líderes tienen un punto en común: lo han sido tras diversas catarsis. Albert Rivera hizo un primer intento de aliarse con Rosa Díez y su UPyD, pero la exsocialista estaba subida a la parra. No fue posible y se fue con la caña al río. A partir de ahí, el diamante en bruto se ha ido puliendo, con algún que otro rasguño en alguna de sus caras. Pedro Sánchez, que parecía condenado a sustituir interinamente como secundario a los que le precedían en las candidaturas, encontró su gran oportunidad tras la caída electoral del PSOE tras la crisis y la gestión de Zapatero, a quien se le endosaron muchos pasivos que no eran suyos. No obstante Sánchez no logró enrumbar la situación, y el socialismo fue precipitándose, elecciones tras elecciones, generales o regionales, por el pozo. El Comité Federal consideró suicida su política, y fuerza su destitución. Llora como lloró Cristiano Ronaldo cuando el árbitro lo expulsó del Mestalla. Pero renace. Gana las primarias. Y de repente se encuentra con una absurda oportunidad: Rajoy se enroca, se niega a precocinar un relevo tranquilo ante la dura sentencia que condena al PP en el primer sumario de la trama Gürtel, y toda la oposición se pone de acuerdo para apoyar a Sánchez en la moción de censura 'suicida' que había presentado por olfato y sin atender a la lógica. Contra pronosticadores y augures, la ganó, y fue presidente.

Cristina Cifuentes fue amortizada sobre la marcha; y olvidada. Enviada al ostracismo, como hacían los griegos. A la invisibilidad

En su fuero interno, como se ha ido comprobando, no fue al envite sólo para quitar a Rajoy y convocar elecciones, sino para hacer campaña electoral desde el poder, agotar la legislatura y aprovechar la oportunidad para promover una imagen de estadista, de líder eficiente, sensible y preparado, que generara confianza al elector tras las frustraciones espirituales que el votante de izquierda ha tenido con el PSOE.

El PP entra en modo crisis con la dimisión repentina y traumática de Mariano Rajoy, incapaz de comprender lo que pasaba, que no pasó solamente por la sentencia, sino porque coincidió también con el 'caso Cifuentes', la punta del iceberg de dos 'piezas separadas': primero, la 'vendetta' interna, con la complicidad necesaria de algunos rejos mediáticos, que sacó las vergüenzas de la presidenta de la Comunidad, que no había respetado la ley de la omertá. Un vídeo de un siseo en un centro comercial, que alguien guardó para sacarle partido – y pocas veces mejor dicho- y el asunto del 'master' regalado.

Cristina Cifuentes fue amortizada sobre la marcha; y olvidada. Enviada al ostracismo, como hacían los griegos. A la invisibilidad. Harto Rajoy, acosado dentro – por la quinta columna aznarista - y fuera, por el interminable rosario de misterios dolorosos, da el portazo. Se celebran las primeras primarias que no transcurren nada amigablemente; son en realidad una lucha encarnizada, con puñales regados como pelos de gato. La poderosa vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría gana la primera vuelta pero sin mayoría absoluta; y contra todo pronóstico, y hasta contra los principios 'sagrados' de que en las elecciones de fuera, ayuntamientos, autonomías, cortes, gobierne la lista más votada, no es así. Pablo Casado le gana a la ganadora con el concurso de María Dolores de Cospedal, su íntima enemiga, y de otros barones que siguieron las señales enviadas desde el faro de FAES.

De repente resulta que los nuevos no lo son tanto; sí en la apariencia, pero no en las obras.

Se completa pues a nueva escudería política, con nuevos pilotos salidos de las pistas de 'karting': Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera, Pablo Iglesias.

Era la gran oportunidad. Nuevas caras. Nuevos modos. Pero, como mucho, las elecciones son en 2019 y se desatan los nervios por la 'pole', no sea que les pase como a Fernando Alonso. La consigna del PP es que Sánchez es un 'okupa' al que hay de desalojar; la de Ciudadanos es que hay que ir a elecciones ya, que el voto era solamente para que se fuera Rajoy a su registro de la propiedad en Santa Pola.

Pero Sánchez, claro, con el apoyo parlamentario de Podemos, y con un Pablo Iglesias 'carantoñoso' – de carantoñas- necesita tiempo. Pablo Casado recibe las infusiones de 'trementina' directamente de José María Aznar, y se dedica al degüello. Vuelve la derecha sin complejos. Rivera ve como le vuelan los votos prestados de nuevo hacia el PP, y endurece su discurso hasta emparentar con el de Aznar.

De repente resulta que los nuevos no lo son tanto; sí en la apariencia, pero no en las obras. Pablo Iglesias e Irene Montero y compañía, se muestran como unos maestros de la casta, que dominan el arte tradicional de la política con todo su panel de politiquerías; resulta además que Iglesias no habla el inglés del que presume por una estancia en Estados Unidos (un amigo de mi padre que recibía fruta en Londres llegó cinco años después a Canarias hablando turco y diciendo okey mackey), y encima, se compra, con Montero, la mansión de 600.000 euros después de haber insultado a los que habían hecho lo mismo. Monedero y Errejón tuvieron problemas en la universidad, uno con unos trabajos para Maduro, el otro con una beca.

Juan Medina / Reuters
La tesis doctoral de Pedro Sánchez.

A Pedro Sánchez le dimiten dos ministros, Màxim Huerta, de Cultura, periodista, escritor, presentador de televisión, -por unos desencuentros con Hacienda a cuenta de una sociedad para pagar menos impuestos; y la ministra de Sanidad, Carmen Montón, porque su máster era un auténtico 'Cifuentes'. Mismo director, misma universidad, la Rey Juan Carlos, mismos procedimientos. Pero también Pablo Casado comienza a ser investigado por los jueces por presuntas irregularidades en su máster, con el mismo director, la misma URJC y lo mismo casi todo. Metidos en este 'fregado' todas las escopetas de caza apuntan al presidente del Gobierno: a él se le acusa de plagio, o de no haber puesto suficientes comillas, e incluso de haberse plagiado a sí mismo... en su tesis. Aunque no fue en la misma universidad, sino en la privada Camilo José Cela, en el totum revolutum ha entrado hasta la calidad del trabajo y el ADN del equipo examinador.

El enemigo de las universidades está dentro; y su caldo de cultivo es una autonomía que algunos entienden como la entienden Puigdemont, Torra y compañía

Pero detrás del 'caso currículum' hay muchas lecturas. Una, la importancia que se da a la apariencia y la moda del máster sólo a efectos de marketing social y político (para lo que, por lo visto, como en los aeropuertos hay salas VIP). Otra, y muy grave, el descontrol, el desgobierno, y el demoledor efecto paralizante de las distintas formas chantajistas de la endogamia universitaria. El enemigo de las universidades está dentro; y su caldo de cultivo es una autonomía que algunos entienden como la entienden Puigdemont, Torra y compañía.

Como nos reconocía en amena charla Manuel López, rector de Zaragoza (2008-2016) y de la CRUE, próximo entonces a la condición de pensionista: "Lo malo es que no podemos hablar claro de esto hasta que nos jubilamos".

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